Publicidad
Marisa no está

Marisa no está

LNC CULTURAS IR

Ampliar imagen
Héctor Rodríguez | 23/08/2020 A A
Imprimir
Marisa no está
Taller de relatos Con este relato breve e intenso, construido como un monólogo interior, el autor logra adentrarnos en la mente de su protagonista, que nos conmueve con sus palabras
Me despierto por la mañana y Marisa no está aquí. Algo habré hecho. Mi Marisa tiene dos modos de ser, si está contenta es Marisina, sonríe cuando hace la comida, canta cuando riega las plantas, hasta se me amarra al brazo cuando vamos a pasear al parque. Pero cuando hago algo que le molesta, entonces se convierte en Marisona, y despídete de cariñitos. Hasta que no le pido perdón sigue enfurruñada durante todo el día.

Me voy a la cocina y Marisa no está, solo está Marcos, mi hijo. ¡Qué mayor que está y qué guapo! Aunque tenga ojos de cansado. Le pregunto dónde está su madre y me dice serio que mamá murió hace ya cinco años…

Ahora recuerdo, Marisa me dejó un martes, uno de esos martes en los que solíamos ir juntos al mercado, y estábamos comprando todo para la cena, que el martes era nuestro día especial, y me tocaba cocinar a mí. ¡Cómo le gustaba verme de cocinillas! El próximo martes voy a preparar su plato favorito, y volveré a hacer la tarta esa de almendras, seguro que a Marisa le encanta.

Es cerca del mediodía y estoy viendo la ésta… la cosa del mando a distancia, coñe, que se me van las cosas de la cabeza. ¡Uf! Qué gente más rara sale, y no sé por qué no dejan de discutir, con lo sencillo que es hablar las cosas. El chico este que tengo al lado me pregunta si quiero ver otra cosa. No sé qué hace en mi casa, ¿me cuida?, ¿es esta mi casa?
Miro a mi alrededor pero no reconozco nada. No, esta no es mi casa, yo vivo en mi casa. Junto con padre, con madre, y con mi hermano José Miguel… entonces este chico tiene que ser mi hermano. Pues que rápido le han crecido las barbas, pero de la noche a la mañana.

A la tarde, Marquitos me ayuda a pasear al perro, los dos caminamos por el parque y saludamos a la gente que nos cruzamos. Alguno de ellos me llama por el nombre y me preguntan que qué tal estoy, pero yo no los conozco. Deben ser clientes de la empresa. Eso sí, yo devuelvo el saludo y digo que bien, que no es motivo de perder la educación.
Ya es entrada la tarde y Miguel, el pequeño, prepara la cena para los dos. Menos mal que me acompaña, que en esta casa todavía me siento un poco solo. Le digo que está muy rico, y que otro día tenemos que invitar a Marcos. Él me dice que él es Marcos. ¡Ay qué cabeza! Es verdad, el mayor, cuando se divorció de la mujer, me llevó a vivir con él porque no se me puede dejar solo, o eso dijo el médico.

Me voy a la habitación y le pregunto a Marquitos dónde está su madre, que ya es hora de irse a la cama. Él me dice que ahora viene, que me vaya acostando. Me ayuda a ponerme el pijama, que uno ya no puede doblarse mucho. Marcos parece triste, no sé qué estará pensando, a lo mejor se ha vuelto a pelear con la mujer. Le digo que no se preocupe, que todo va a ir bien. Que los problemas muchas veces no son tan graves como creemos, y que al final siempre salimos adelante. Marcos me sonríe, y me dice que qué razón tengo. Pues claro que tengo razón, coñe, le digo riendo, que para eso soy tu padre.

Me acuesto en la cama y le pregunto a Marcos antes de que se vaya que dónde está su madre. Me contesta que no me preocupe, que ahora viene. Le digo que vale, pero espero que mi Marisa no tarde demasiado, porque sabe que me cuesta mucho dormir sin ella.
Volver arriba

Newsletter