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Mariano Rajoy, el niño que amaba el butano

Mariano Rajoy, el niño que amaba el butano

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Fulgencio Fernández | 28/01/2018 A A
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Mariano Rajoy, el niño que amaba el butano
LNC Domingo Mariano Rajoy Brey era Marianín en León, para diferenciarlo de su padre. Aquí vivió diez años y los recuerdos le salieron al encuentro en su última visita por más que en vez de butano bebiera Ribera
Nada nos hacía sospechar que fuera a derivar en esto». La frase, llena de la ironía cazurra que tiene quien la pronuncia, es de un compañero de clase —en las Discípulas y en los Jesuitas— de Mariano Rajoy. Su autor, el fotógrafo Agustín (Gus) Berrueta, es de los pocos ex-compañeros que acompañó en los dos colegios a Marianín, «como se hacía en todas las casas para diferenciar al hijo de su padre», y que le recuerda con cariño: «Era buen rapaz, demasiado formal para la fauna que andábamos por aquel León de inicios de los 60 y de humor es cierto que no iba sobrado».

- Y era buen estudiante, muy bueno, menos en gimnasia. Se picaba con Marcelino Elosúa por ver quién sacaba más dieces; añade su ex compañero desmontando aquel «burdo montaje» que circuló por las redes convirtiéndolo en un mediocre estudiante.

Marianín —con perdón, parece irreverente hablando del presidente pero más cursi sería llamar don Mariano a un niño— vivió León desde los 5 a los 15 años, de 1960 a 1970, cuando su padre fue destinado como juez en León y la familia vivía en el edificio de la Audiencia. Los seis, Mariano padre, Olga Brey, la madre, y los cuatro hermanos: Mariano, Luis, Enrique y Mercedes.

No nos dejó la reciente visita de aquel Marianín que hoy es el presidente Rajoy ningún momento de esos que le han convertido en un guiñol de sí mismo, no se lió con alcaldes y vecinos, no tuvo que tirar en exceso de «ese asunto del que usted me habla», pero tampoco le sacó partido a la fibra sensible de los leoneses poniéndose sentimental con su estancia en la ciudad. Tan solo una pequeña referencia en su discurso y, dicen las crónicas, unas emotivas palabras en el libro de firmas de San Isidoro, a unos metros de su casa. Bien es cierto que en su libro de memorias también despacha esos años con unas lineas sin demasiado alma: «Yo estudié primero en un colegio privado, el de los Jesuitas en León, y luego ya en Pontevedra en un colegio público, el instituto Sánchez Cantón. Y en ambos estuve a gusto».

Pero, como bien sabe él, ‘La vida sale al encuentro’. El presidente Rajoy se ha reconocido muchas veces como buen lector... de Marca. Pero cualquiera de su generación —sé de lo que hablo y más en los Jesuitas— tuvo como primera lectura la novela del jesuita (después se salió) José Luis Martín Vigil titulada ‘La vida sale al encuentro’. Y al presidente le abordó en cada esquina.

"Aquí viví yo"

La mayoría de los actos públicos, si así se pueden llamar, de su visita tuvieron lugar en San Isidoro, en cuya plaza se hizo la foto más leonesa del futuro presidente, cuando él ya tenía 13 años (1968) y en la que el comentario más repetido al verla es que «ya miraba para otro lado», cierto es que así aparece (ver foto) y cierto fue que en aquel asunto del que nadie le habló pero para el que oficialmente venía a la ciudad de su infancia, disculparse por un error, realmente miró para otro lado.

Caminó después la comitiva a tomar unos vinos por El Cid y atravesaron por delante de su casa. «Aquí viví yo», parece que les dijo a la privilegiada escolta —Herrera, Mañueco (sí), Silván y su primo Agustín— explayándose en los recuerdos: «Aquí al lado había un colegio y el jardín era un cuartel». Vivía en la Audiencia pues era la residencia oficial de su padre y, curiosamente, allí trabajaba —era el calefactor— el padre de nuestro compañero Mauricio Peña, ni se lo imagina el presidente mientras le hace fotos. Peña padre recuerda a don Mariano padre como todos, «un buen señor, muy serio» y suelen añadir que su madre, Olga, «era discreta y guapa».

Otro que lo cuenta es el arqueólogo gallego Felipe Senén, vecino suyo en O Carballino, donde al futuro presidente le llamaban siempre ‘Marianito’. Viene a colación pues éste habla de dos nuevos rasgos del presidente, «de buen diente y muy goloso», e ingenuo. «Le encantaban los chocolates Matías López, de Sarria, que compraba mi padre. Tal era el gusto de Marianito por los cacaos que mi madre solía tirarle chocolatinas desde el tercer piso al patio de luces. Y el niño, en su ingenuidad infantil, creía que los dulces llovían del cielo». Y recuerda el que fuera director del Museo Arqueológico de A Coruña que «mi padre seguía enviando puntualmente a los Rajoy el chocolate cuando se trasladaron a vivir a Oviedo y León».

De lo que sí habló, no miró para otro lado, fue de la Capital Española de la Gastronomía, aunque las crónicas y los cotilleos de su estancia en los bares apuntan a que no anduvo muy fino en la elección del vino, un ribera del Duero. Nadie me cuenta cómo miraron Mañueco, Silván o Herrera e, incluso, que un cliente ‘disidente’ se atrevió a pronosticar: «A que dice ¡Viva Honduras!», para que le matizaran: «Mientras no diga ¡Viva Valladolid!».

Un butano y unos calamares

Menudencias hablando de un estadista que prefirió León a Davos; pero la verdad es que en la elección del vino la vida no le salió al encuentro pues en sus recuerdos de infancia no está el Ribera del Duero sino algo muy leonés: «Me encantaba la tapa de calamares y patatas fritas con un butano», contaba en un programa de Ana Rosa Quintana con niños que le hacían preguntas, y les explicaba: «Un butano es un vaso pequeño de naranjada».

Si llega a pedir un butano se corona y, además, la vida le saldría al encuentro. Pero le dieron la revancha y se le apareció unos minutos más tarde cuando casualmente apareció su profesor de gimnasia en los Jesuitas, Leandro de la Sierra, con el que también se había encontrado en su visita de 2006. De la Sierra, ya jubilado hace muchos años, tiene un excelente concepto del presidente en su etapa escolar pese a que, según sus ex compañeros, era profesor de la materia en la que más flojeaba, Educación Física. «Yo creo que se la aprobaban porque era muy bueno y porque jugaba a baloncesto», dicen; sin embargo, su profesor no quiere entrar en pequeñeces: «Era un alumno excelente, en Educación Física y en el resto. Muy buen estudiante y una buena persona», aspecto que argumenta recordando su participación en «un grupo de estudiantes que visitaba asilos y hospitales». Sobre su paso por el equipo de baloncesto lo solventa con un «tenía su peso en el equipo». Que no es poco, aunque el propio presidente, en el mismo programa con los niños, se pone peor nota: «Me gustaba mucho el deporte y jugaba a baloncesto, con los años vi que no me iba a ganar la vida, era bastante malo y estudié otras cosas».

Curiosamente mantenía «una pugna deportiva» por ver quién sacaba mejores notas en los Jesuitas con Marcelino Elosúa, con el tiempo un nombre fundamental para la historia del baloncesto en León ya que el mejor equipo que tuvo esta ciudad fue precisamente... El Elosúa. Coincidió Rajoy en clase con otros nombres conocidos en los ambientes empresariales: El citado Elosúa; Antonio del Valle hijo, de la Hullera Vasco Leonesa; los hermanos Valmaseda, que jugaban a baloncesto, vinculados a Hulleras de Sabero; o Amancio López Seijas, director de la cadena hotelera Hotusa (NH Hoteles) que, curiosamente, o no, fue una de las primeras en cambiar su domicilio social fuera de Cataluña con ‘el procés’. «Con algunos de estos se siguió viendo en Madrid, hasta que fue elegido presidente. Con el resto celebró una comida, un cocido maragato, en Castrillo de los Polvazares, en 2004», con fotos que dan fe del que fue el último encuentro de los ex de Jesuitas.

Cada colegio privado tenía entonces su especialidad: Maristas, el balonmano; Agustinos y Leonés, el baloncesto; y Jesuitas, el hockey y tiro. El responsable de tiro, el padre Almunia, es otro de los que recuerda y habla de Mariano Rajoy. «Sacaba sobresaliente en todo y tenía madera de líder y dotes para el baloncesto. Más que memoria, tenía un memorión. Su talón de Aquiles era dibujo, que precisamente se lo daba yo y aunque me decía que le estropeaba las notas nunca se enfadó». El propio Mariano Rajoy se reconoce más seguidor que practicante cuando escribe: «Los grandes acontecimientos deportivos de mi niñez eran los éxitos del Real Madrid y las vueltas ciclistas. (...) En mi colegio había algunos compañeros que estaban internos y tenían ciertas limitaciones de horario para seguirlas. Así que a la mañana siguiente nos esperaban a los externos con auténtico interés para que les contáramos qué había ocurrido. Y he de decir que nos salían unas crónicas deportivas bastante atractivas».

Esta presencia pública del padre Almunia cuando su alumno llegó a presidente le acarreó un disgusto pues él (Manuel Almunia) era el firmante de aquel boletín de notas —de malas notas— que circuló por la Red, cierto es que más falso que un abrazo de Barcenas, por un decir.

De nuevo la vida le salió al encuentro a Rajoy cuando el alcalde Silván le habló de la León-Valladolid y sus retrasos, inevitablemente unidos a la histórica ciudad de Lancia. Tal vez no recordó lo que sí recuerdan sus compañeros en los Jesuitas, que «la gran afición de los domingos por la tarde —después de los butanos de la mañana—
- era ir en bicicleta hasta Lancia».

- ¿Era buen ciclista?
- Fue el primero que tuvo bici de carrera; ironiza nuevamente Berrueta.

La cantidad de cosas que nos habría podido contar aquel Marianito de Galicia y Marianín en León, y habríamos quedado tan contentos aunque no nos prometiera nada. Pero encima venir a hablarnos de Puigdemont y no tomar butano...

(Nota: Ando mirando la puerta de su casa, el número 15. Pasa una mujer: «¿Aquí vivió Rajoy?» No le debo gustar: «Sí, ¿qué hurgas? Había que besar por donde pisa». Pasa un hostelero de la zona: «Pues bese, señora, que ahí pisó»).
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