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Margalit y el pasado hebreo de León

Margalit y el pasado hebreo de León

LNC VERANO IR

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Rubén G. Robles | 07/08/2020 A A
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Margalit y el pasado hebreo de León
La corona de Heinrich (X) Jean Louis se reunirá con la profesora sefardí Margalit, quien le desvelará qué objetos desaparecieron de San Isidoro de León en 1836
Jean Louis sabía que el motivo de que él estuviera en aquella sala era de nuevo el recipiente de vidrio. Pensaba que le estaban alejando de su objetivo, acceder a la lista de objetos que Enrique Gil y Carrasco había llevado a la corte de Federico Guillermo IV en su misión diplomática a Prusia. Pero debía obedecer a los intereses de la Organización si quería avanzar en la investigación sobre los restos de su escritor y la colección de raros y desconocidos objetos llevados a Prusia.

–Bien, amigos, por el momento eso es todo –dijo Cinthia.

Las luces se encendieron y se subieron las persianas.

La lección había sido muy breve, apenas unas pinceladas que abrían un océano de posibilidades en las mentes privilegiadas de todo aquel heterogéneo grupo de estudiosos.
Mientras el resto de profesores parecían despedirse de la directora del Museo, él esperó a que terminara de despedirse de algunos de los asistentes y la siguió hasta la salida.

–¿Puedo acompañarle? –le preguntó Jean Louis.
–Sí, por supuesto, como he dicho hace unos instantes tengo mi puerta abierta a cualquier consulta académica.
Siguieron caminando e intercambiando impresiones.
–Usted vino con la señorita Marie, ¿no es cierto?
–Sí.
–Lo cierto es que no me gustan los métodos de la Organización para la que trabaja –dijo la directora del museo-, pero la necesidad de financiación nos exige relajar nuestros estándares con ellos. La empresa privada entrega fondos a cambio de que adaptemos nuestros estudios a sus intereses.
–Entiendo.
–Usted es el profesor de la Sorbona del que me ha hablado Marie ¿verdad?
–Así es. El Departamento de Literatura Comparada de la Facultad también necesita financiación.
–En nuestro caso llegaron cuando más les necesitábamos y no parecían exigirnos nada a cambio. Pero desde su desembarco nuestra línea de investigación ha venido, digámoslo así, recomendada. Hemos tenido, además, que contratar a personal de su confianza. Personal que supervisa en todo momento nuestras investigaciones y orienta nuestros trabajos. Realizaron una donación de obras de arte y objetos de la Guerra de la Independencia de Estados Unidos y una aportación económica que permitió la apertura de nuevas salas en el Museo. Al poco tiempo nos obligaron a contratar a su personal y hoy, aunque siga siendo la directora, no puedo tomar una decisión sin realizar un par de llamadas y siempre bajo la supervisión de la gente de la Organización.

Cinthia miraba al resto de componentes del grupo deambular por entre las piezas de la sala principal del Museo. Jean Louis permaneció en silencio.

–A partir de este momento, aunque no lo crea, todo lo que haga estará controlado por ellos. Desde mi ordenador, a mi teléfono móvil, conexiones telefónicas desde cualquier terminal, etc... Ellos pueden decidir a voluntad hacer una selección de todo lo que tecnológicamente produzca esa persona, su huella digital, seleccionarlo y almacenarlo para no solo saber cuál será su próximo movimiento, sino provocarlo, para que el resultado de sus acciones sea el más conveniente a la Organización.
–¿Me está diciendo que ya no solo estudian posibles escenarios sino que los provocan?

En ese momento apareció Marie por la puerta.
–Le estaba buscando señor Lecomte.
Cinthia sonrió.
Jean estrechó la mano de la directora y se despidieron.

Salieron caminando del edificio. Jean Louis iba unos pasos por detrás de Marie, metió una de las manos en el bolsillo del abrigo y encontró una hoja manuscrita, casi ilegible:
«Pregunte a Margalit por la relación entre Ethan Allen y William Miller. Charlesgate, Yacht Club, mañana, a partir de las 15:00».

La volvió a colocar en el bolso del abrigo y siguió caminando, el aire marítimo golpeó la frente del profesor de París sin la violencia que les había recibido a su llegada al aeropuerto. Se encogió, levantó el cuello de su elegante abrigo de paño azul y se escondió hasta los ojos tras su bufanda de lana escocesa. Marie se quitó el pelo de los ojos y a Jean Louis le pareció que sonreía.

–Parece que nuestra botella de cristal vino en barco desde Europa hasta las costas de Norteamérica, pero ¿cómo llegó aquí y cómo fue de nuevo a parar a manos del mariscal alemán, de Hitler primero y de Rommel al poco tiempo? –se preguntó Marie.

Jean Louis entendía que el objeto del que se hablaba en la documentación que había compartido Cinthia con ellos era la botella de cristal con propiedades de oráculo que aparecía en el relato de Enrique Gil y Carrasco y en las cartas de Rommel también. Pero ahora mismo tan solo pensaba en que tenía que quedarse como fuera a conocer a Margalit.

–Me gustaría quedarme unos días en la ciudad –dijo Jean Louis de pronto-. Quiero ir a la Universidad de Harvard.
Marie pareció sorprendida.
–Llamaré a Hermann.
–He accedido a venir porque me prometieron una lista de objetos desaparecidos de un museo español. También me ha prometido que lo que iba a encontrarme guardaba relación con mi investigación. De momento sólo he encontrado referencias a un objeto cuya existencia, cuanto menos, es más que dudosa y que podría ser un objeto inventado de un relato, o de un cuento, quizás de una narración.
–Todo cuanto hemos escuchado en la ciudad guarda relación con su escritor, aunque no lo parezca de momento –le dijo Marie, sonaba auténtica.
–Eso espero.
–Por cierto, ¿cómo un hombre como usted se ha fijado en un escritor periférico, cuya obra no ha tenido ninguna repercusión, y su trascendencia es mínima dentro del mundo literario?

Jean Louis no podía ocultar que aquella opinión sin fundamento sobre Enrique Gil y Carrasco le había molestado.

–He leído algunos de sus poemas y no hace falta ser un experto en literatura para ver su escaso valor formal y su pequeña aportación al mundo de la literatura.
–Necesitaría mucho tiempo y no quiero desperdiciarlo de ningún modo, para hacer que abandone esas ideas. Pero tan solo será necesario decirle que algunos hombres alcanzan su gloria no por la obra que nos han dejado a nosotros, quienes no hemos tenido la fortuna de compartir con ellos ni sus pasiones, ni sus vidas, sino que trascienden por la honestidad de su obra y su forma de vivir.
Se le notaba al profesor molesto. Marie comprendía que había herido al profesor francés. La experta en documentación se mantuvo en silencio.
–Tendría que esforzarme mucho para hacerle comprender el origen de su atractivo –continuó Jean Louis.
–No es…
–Pensé de usted que tendría la sensibilidad suficiente para apreciarlo.
–Quédese si es eso lo que desea, pasaré el informe de nuestra visita al señor Feder.

Ella hizo que desapareciera de golpe la confianza e intimidad que parecía habían alcanzado. Cruzó la calle, subió a la furgoneta y salieron en dirección al aeropuerto. Jean Louis salió del Dorchester Heights Thomas Park andando, relajado, con una ligera idea de lo que iba a hacer a continuación. Bajó Pacific Street rodeado de las pequeñas casas unifamiliares del barrio y tuvo que llegar hasta el cementerio de Saint Augustine para encontrar un taxi. Abrió la puerta, arrojó lo que llevaba encima sobre el otro lado y se dejó caer sobre el asiento. Pidió que le llevara a un hotel cerca del Charlesgate Yacht Club. Llevaba una bandera de Georgia colgada del espejo retrovisor del cristal delantero. Recordó la nota, la hora y el lugar de su cita y se relajó al circular por las calles de Boston en el interior del vehículo. Tan solo quería descansar en algún hotel y preparar su encuentro con Margalit.

Se instaló en su habitación y se conectó a la red wifi con su teléfono. Vio en unos segundos varias imágenes de la escritora. Era una mujer de unas facciones serenas, señaladas de dulzura y bellamente respetada por la edad. Era autora de varias obras en poesía y prosa y contaba con cierta fama y reconocimiento en el mundo de la cultura sefardí. En su haber había varias publicaciones de poesía en arameo, hebreo y la lengua de Sefarad.

De ascendencia española, su familia procedía de la aljama de una pequeña ciudad del norte de Península que después de la expulsión de los Reyes Católicos se había exiliado en la ciudad griega de Salónica para instalarse después en Tel-Aviv en cuya Universidad Margalit había desarrollado una interesante labor docente.

Salió a la calle y se sentó en uno de los bancos del Lechmere Canal Park. Observó los patos que había en el estanque. Pudo ver a un par de deportistas y a una pareja pasear bajo los árboles. Vio llegar una pequeña barcaza acristalada. Le llamó la atención. Dentro reconoció a Margalit. Estaba cerca de la salida de la embarcación y dialogaba con un joven que se disponía a abrir la puerta a los pasajeros. Vio cómo se despidió cordialmente. Decidió acercarse hasta ella.

–Disculpe.
–¿Sí? –dijo la mujer.
–¿Es usted Margalit?

Ella asintió.
–Mi nombre es Jean Louis Lecomte, profesor de Literatura Comparada en la Sorbona de París. La directora del museo Dorchester me dio su nombre y me dijo que…
–Cinthia Allister.
–Sí.
–Dígame.
–Dijo que podría ofrecerme algunos detalles sobre la vida de un escritor español del siglo XIX. Enrique Gil y Carrasco.
–Sí. El Zohar es uno de los objetos que llevó Enrique Gil y Carrasco a Berlín. Lo escribió en el siglo XIII Mosé sem Tob en la ciudad de León, cuya judería, por su tamaño e importancia, llegó a convertirse, junto a Jerusalem, en centro de escritura de la Torah.
–¿Los otros? –preguntó entusiasmado Jean Louis.
–En el año 1055 El Cairo sufrió una hambruna solo aliviada por el emir de Denia, una ciudad del Levante español. A cambio de su ayuda pidió recibir el cáliz de la Última Cena en manos de Saladino. Gracias al vasallaje islámico de los reinos taifas peninsulares, sometidos al rey Fernando I de León, el cáliz de Cristo llegó a la ciudad,  a las tierras de mis antepasados. Ese es otro de los objetos que su escritor llevó a Berlín.

Jean Louis permaneció en silencio. Fueron caminando y se sentaron en la terraza del Art Bar. La tarde había corrido a las orillas de la noche.

–En época de Carlomagno y coronado emperador -continuó Margalit-, se imponía a quien recibía el título de césar de los restos cristianos del Imperio Romano, un aro de hierro de apenas un centímetro de anchura y quince de diámetro que nunca se había oxidado. Y eso a pesar de tener ahora una edad de dos mil años. El aro se encontraba en esa corona de hierro a la que se fueron añadiendo oro y piedras preciosas.
–Pero si mal no recuerdo la corona de hierro está en Monza –dijo Jean Louis.
–Se equivoca. En una de las batallas de Carlomagno, los vascones se hicieron con ella. La tuvieron durante un tiempo, pero no supieron qué utilidad darle, no conocían sus facultades, una de las cuales era poner en contacto al poseedor por derecho del aro con Dios.
–Extraordinario –dijo el profesor
–El rey asturiano, Alfonso II, llamado el casto por su amor al recogimiento y la oración, fue rey de un pequeño reino del Norte de España  y consiguió  arrebatar a los vascones la corona de hierro en el transcurso de uno de sus numerosos enfrentamientos.
–Ya veo- Jean Louis escuchaba con enorme interés aquella historia.
–Mi misión era entregarle una lista, la de los objetos que su escritor llevó desde España a Prusia. Ahí la tiene: el Zohar, el famoso libro de la cábala, la corona de hierro y el cáliz de la Última Cena.

Las luces de la bahía se habían encendido. El Charlesgate Yacht Club, frente a la terraza del Art Bar donde se encontraban sentados, adquirió una bella intimidad nocturna.

–El cáliz, en realidad, son dos copas por las que bebieron Jesús y sus discípulos durante los momentos previos a la crucifixión.
–¿Dos copas? Siempre escuché que el Santo Grial era una.


En la próxima entrega el profesor recibirá información sobre El Zohar, el libro del esplendor, la Biblia de los cabalistas, escrita en la ciudad de León por un escritor judío en el siglo XIII
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