La medida de que a las 22:00 horas los monumentos de nuestro país sean cubiertos por el velo negro de la oscuridad me toca la fibra sensible. Siempre he defendido que las ciudades tienen dos caras, la del día y la de la noche. No son gemelas, sino mellizas. Por esta razón, nuestras calles nocturnas ya no serán lo mismo. Que nuestros monumentos queden a oscuras tiene una fuerte carga simbólica. Espero que no sea premonitorio sobre el tono de nuestro futuro más cercano. Los más puristas dirán que este apagón servirá para trasladarnos a cómo se veían dichos monumentos cuando fueron construidos. Pero para qué engañarnos, León ya no será lo mismo cuando pases al lado de la Catedral o de San Isidoro y sólo atisbes una figura triste de tonos grisáceos y marrones.Lo mismo ocurrirá en Granada con la Alhambra, en Ávila con su muralla o en Segovia con el acueducto, por poner algunos ejemplos.
Lo que sí será necesario es que se comparta con la sociedad en base a qué criterios se toman las decisiones para dar al interruptor de apagado. Digo esto porque casualidades de la vida, nada más que se anunciaron estas medidas, en Vigo se comenzaron a instalar las luces navideñas. Su inigualable alcalde se justificó alegando que se reducirían las horas que estarán encendidas y recordó los puestos de trabajo y beneficios económicos vinculados a la apuesta de la iluminación navideña de la ciudad olívica. Abel Caballero no miente en sus justificaciones, pero lo mismo pueden alegar desde el sector de la hostelería, abocados a poner en sus termostatos unas temperaturas que pueden provocar la disminución de clientes. Lo dicho, lo verdaderamente difícil para un político es acertar en su diagnóstico de qué es superfluo. Esperemos que no tengan un apagón a la hora de detectarlo.
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