En pocas horas, un par de días como mucho, llegará nuevamente a un puerto de montaña –el de Salamón– después de más de 500 kilómetros a pie, realizando su primera trashumancia. Lo lleva bien, lo dice en medio de una solana insoportable para los demás que Juan Carlos y sus compañeros soportan como solo saben hacer los pastores. Igual que prefirieron pasar la noche viendo el cielo aunque les ofrecían un techo. Y se mojaron, sin preocuparles en exceso, es parte de ese oficio que solo vas a ejercer si te gusta o lo has mamado, como Juan Carlos, que se ha apuntado a esta su primera trashumancia a pie sumándose al llamado Proyecto Ovinnova de la Fundación Monte Mediterráneo, con sede en Andalucía pero empeñados en recuperar la trashumancia, también en el norte y que mueven miles de ovejas cada año.
Ya están llegando y, pese a la ola de calor y otros días de temperaturas muy elevadas, no dan síntomas de cansancio. Es más, al joven Juan Carlos –e incluso a Iker, con solo 16 años– la experiencia les ha resultado dura pero positiva, no les importaría sumarse a otras posteriores. De hecho, su mayor preocupación no es por ellos, sino por el rebaño, por los kilómetros que tuvieron que hacer por el asfalto, "que destroza las patas a las ovejas".
Más les preocupan otros asuntos como el estos días casi manoseado asunto del lobo.
– ¿No dicen que habiendo buenos mastines no hay problema?
– Puede ser, pero los que lo dicen saben, por ejemplo, ¿cuánto cuesta mantener unos cuántos mastines?
– Mala solución veo.
– Es lo que hay. O criamos mastines o criamos lobos; pero al pastor los dos le salen caros.
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