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Los hijos de Bergidum

Los hijos de Bergidum

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Portada el libro de varios autores bercianos con el que se homenajeó al Premio de la Crítica realizado en Villafranca en 2018. Ampliar imagen Portada el libro de varios autores bercianos con el que se homenajeó al Premio de la Crítica realizado en Villafranca en 2018.
Ruy Vega | 22/03/2020 A A
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Los hijos de Bergidum
Cartas a ninguna parte El premio que la Asociación Española de Críticos Literarios otorgó en Villafranca hace dos años reunió, en un único libro, a un buen grupo de escritores en una tirada limitada.
Escucho música, papá, mientras mis dedos se deslizan sobre el teclado. Golpean con suavidad cada letra que, mirándome directamente a los ojos, parecen juntarse por decisión propia. Crean palabras que luego componen frases, y frases que componen esta nueva carta a ninguna parte.

Estoy en el escritorio de siempre, en la habitación de siempre, con un café en un lateral y con la música de Hans Zimmer invadiendo el espacio, pero también el alma. ¿Sabes? Durante mucho tiempo pensé en escribirte sobre el libro que hoy te traigo, pero por unos motivos que jamás podría explicar, y quizá esos sean los mejores y más sinceros, no encontraba el instante preciso, el momento adecuado y, aunque confieso haber construido la mitad de una de las cartas para remitirte, luego fue destruida, y ahora ya solo es el recuerdo perecedero de un tiempo pasado. Y, sin embargo, hoy es el momento. No lo sé, puede que sea el sol que entra por mi ventana y que me empuja o puede que sean los sueños los que me han obligado a ello. Quién lo sabe, y a quién le importa, la verdad.

Papá, hoy vengo con algo único. Único por su valor, indiscutible, de coleccionista, y también único por lograr reunir a algunas de las mejores plumas de León. Solo a algunas, pues si de talento hablamos, se hubieran construido (sí, construido) tomos y tomos. Y es que fue allí por el año dos mil dieciocho cuando, como parte del acto del premio anual que la Asociación Española de Críticos Literarios otorga, en este caso en Villafranca (hermosa villa, hermoso lugar, cuántas veces paseamos tú y yo por allí…), el escritor y crítico literario Manuel Ángel Morales empujó, como solo él sabe hacer, para que el destino lograse, piedra a piedra, levantar un ejemplar único, en donde escritores y poetas, poetas y escritores, soñadores, al fin, remitieran parte de sí mismos, hasta el momento en el que un único libro fuera así creado. Maravilloso, ¿no? Papá, sé que amarías este ejemplar.

Es como sentarte con cada uno de ellos, mirarle a los ojos para que ellos te respondan con el corazón y muestren su alma, su sinceridad y arrojen los recuerdos que esconden, todavía en cajas de cristal con candados de plata. Porque eso era precisamente uno de los senderos comunes que todos debían tomar: ellos y el Bierzo, el Bierzo y ellos. Y así líneas y líneas de verdad rematadas por enormes nombres como Ángel Basanta, el propio Manuel A. Morales, Hernán Alonso, Amparo Carballo, Manuel Cuenya, Gregorio Estaban Lobato, Carlos Fidalgo, Ester Folgueral, Eduardo Fra Molinero, César Gavela, Raúl Guerra Garrido, Juan Carlos Mestre, José Antonio Robés, Noemí Sabugal, Elisa Vázquez, Pedro Villanueva y Raquel Villanueva. Enormes…

No puedo ni podré escribirte sobre todos ellos pues, además de ser más que de sobra conocidos y reconocidos, no tendría espacio suficiente como para llenar estas hojas en blanco y este corazón vacío. Y por ello pido disculpas, pues sé que te gustaría saber sobre cada uno de ellos. Te traigo simplemente una pequeña selección que, a buen seguro, te harán sentir como en casa en este tu Bierzo.
Nos dice Manuel Ángel Morales que ‘la literatura es esa indagación innata en pos de un lugar soñado’. Completamente de acuerdo y sé que tú también lo estarías. Lo sé.

Te decía, papá, que los escritores habían dejado en la piedra del sentimiento sus pensamientos más profundos para aportar escritos a este magnífico libro. Y buen ejemplo es Hernán Alonso, quien nos confiesa que «digo Ancares, no ‘en los Ancares’, porque yo crecí sabiendo que era mi valle, mi río y una sola tierra». Yo también, papá. Saltamos ahora hasta Amparo Carballo, quien nos confiesa algo que yo mismo podría suscribir: mucho antes de saber que deseaba ser escritora, sentía en mí la urgencia de capturar las palabras sobre el vacío del papel en blanco». Yo mismo recuerdo haber escrito un relato corto sobre el tormento de un escritor ante un papel en blanco.

Nos acompaña en este viaje el gran Manuel Cuenya quien, por las distintas cartas que sobre él y su obra te he remitido, ya puedes considerarlo un amigo tuyo. Qué grande, dos amigos sin haberse conocido. Pues nos grita, como solo él sabe hacerlo, con la sinceridad de sus textos, que «el Bierzo es mi latido, quizá mi latido de flauta y tamboril […], es el olor de mi infancia, el agua que me arrulla y las ranas que se columpian en los regueros y las reguinas» Poco después es Carlos Fidalgo quien nos confiesa, con certeza, que «esa niebla del Bierzo no se despeja fácilmente. Le acompaña a uno en los viajes que hace. Está al acecho de la pantalla en blanco del ordenador» (otra vez el hueco blanco temido).

Por su parte, Ester Folgueral, baluarte de la literatura berciana, deja escrito que «si hubiera nacido en otro lugar, no sería quien soy, ni hubiera escrito la poesía que escribí». Yo tampoco. Creo que todos somos un poco lo que somos por el lugar que nos rodea, con su magia, con sus encantos, pero también con su oscuridad y truenos internos. Te destaco de César Gavela un único verso, que sin embargo lo dice todo (qué difícil es decir tanto con algo tan pequeño como un verso, ¿verdad?): «un día viene la literatura». Puede que así nos llegase a todos, un día, llamando a nuestra realidad, a nuestra alma, a nuestro futuro.

Poco me queda ya para el final de esta nueva carta. Y no quiero despedirme sin resaltarte algunos de mis autores más preciados y los textos que han gritado. Noemí, la gran y talentosa Noemí, futuro de las letras leonesas, nos confiesa que «llegué a esta tierra por casualidad, que es como ocurren las cosas importantes de la vida».

Elisa Vázquez,
por su parte, resalta parte de esa imaginación desbordante que le empuja a todas las aventuras que es capaz de mostrar, y por ello escribe que «hay palabras que, sobre todo en la niñez, sugieren aventuras, como le ocurre a la palabra bosque. Y el Bierzo está lleno de bosque». Y de vida, añado yo.
Quedan dos escritores para el final.

El primero es Pedro Villanueva, quien confiesa que «el tiempo será nuestro mejor juez, tal y como Miguel de Unamuno expuso en su ensayo sobre El Quijote». Por su parte, de Raquel Villanueva te destaco su primera frase, sí la primera: «cojo el bolígrafo entre mis dedos, un papel en blanco esperando sobre la mesa, me inclino y deslizo esa punta azul sobre la blancura, hasta ahora intacta». De nuevo el escritor y el blanco. Tan temido, tan deseado, tan necesario.

Muchos me han quedado sin mencionar, pues no era posible. Pero presiento que, tras estas palabras, tras esta carta, tus sentimientos te empujan ya a la necesidad de esta nueva lectura que quizá algún día tú también puedas tener entre tus manos.

No lo sé, y la verdad poco importa, pero, al igual que tú, muchos de ellos serán por siempre recordados, y sus textos podrán ser leídos durante muchos años.
De algunos ya se habla, otros, como Mestre, son ya plumas vivas en los libros de los más grandes. Y fue Manuel, en aquel premio del dos mil dieciocho quien reunió a varios para construir algo hermoso, algo que durará, al igual que dura todavía tu recuerdo y que me lleva, una vez más, a acabar esta nueva carta confesando que no es inmortal el que nunca muere, que inmortal es el que nunca se olvida.
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