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Los equilibristas de Auschwitz-Birkenau

Los equilibristas de Auschwitz-Birkenau

OPINIóN IR

28/03/2019 A A
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Los equilibristas de Auschwitz-Birkenau
No es mi objetivo hoy poner en la balanza si las redes sociales aportan más beneficios o desventajas al desarrollo y evolución de nuestra sociedad. Para este propósito necesitaríamos muchos kilos de papel y litros de tinta, sin garantizar que al poner el punto final tengamos ante nosotros una solución exacta y certera que nos resuelva este enigma. Por esta razón, prefiero poner el objetivo de mi cámara opinadora sobre un hecho, que si bien, no deja de ser anecdótico, es muy clarificador sobre el tipo de principios y valores que empiezan a ganar espacio en nuestra vida cotidiana.

El acontecimiento que quiero compartir con ustedes es el referido a las quejas públicas manifestadas por los gestores del Museo de Auschwitz-Birkenau ante la proliferación en redes sociales de fotos de algunos visitantes en posturas y situaciones no acordes con el paisaje, por decirlo artísticamente, y lo más importante, con el pasado no tan lejano que aconteció entre esas alambradas y que sin duda son el mayor exponente de la barbarie de la raza humana. Faltaría a la verdad si dijera que es mayoritaria esta práctica tan frívola e inhumana, pero el hecho de que a algunas mentes pensantes se les ocurra por ejemplo hacer equilibrio en las vías por las que pasaron trenes con más de un millón de viajeros con sólo billete de ida, sólo con la idea de inmortalizar ese momento, ya es para preocuparse. Y cuidado, no es ya sólo hacerse la instantánea en sí, lo peor es que a los pocos segundos es compartida en las redes sociales para enseñar al mundo lo original de su pose ferroviaria o lo llamativo que es hacerse un ‘selfie’ con un fondo lleno de miles de zapatos de unos seres humanos que desnudos y descalzos fueron convertidos en ceniza.

Estas situaciones esperpénticas son un claro ejemplo de la frivolidad, cada vez más habitual por desgracia, que poco a poco ha ido impregnando muchas de las acciones de individuos, sean famosos o anónimos, que conforman nuestra supuesta sociedad civilizada. Pero, ¿cuál es el origen de este despropósito? ¿Las redes sociales y el enfermizo trastorno de compartir con conocidos y desconocidos las aventuras y desventuras de uno nos llevan a hacernos fotografías, que deberían estar prohibidas, o esa frivolidad extrema que emana de esas imágenes siempre ha estado dentro de nosotros, independientemente de la aparición y plaga de las redes sociales? O formulado de otra manera y de un modo más gráfico. ¿Creen ustedes que los visitantes de hace dos décadas del Museo de Auschwitz-Birkenau, cuando todavía no existían ‘smartphone’ ni redes sociales, inmortalizarían con su cámara con carrete una de las escenas inmorales mencionadas anteriormente? Puedo estar equivocado, pero yo no lo creo por dos razones. La primera, hace no muchos años los símbolos, en todas sus dimensiones, eran más respetados que en la actualidad. Y en segundo lugar, la democratización de la tecnología ha acarreado un ansia sin límites por captar imágenes de todo lo que sucede a nuestro alrededor, ya sea para consumo propio o como sucede en la mayoría de los casos para compartir con todo bicho virtual viviente.

¿Cómo se puede explicar que un testigo de una pelea o de un accidente de tráfico, en vez de intervenir para detener o auxiliar a los heridos, la primera reacción que tenga es desbloquear el móvil y hacer fotografías o grabar lo sucedido? ¿Quién puede explicar cómo unos desalmados que están acosando a un compañero de colegio o instituto además lo graben en vídeo? ¿Qué hemos hecho mal para que unos animales, con perdón del reino animal, mientras violan a una mujer decidan además grabarlo? Las posibles respuestas a estas preguntas nos llevan a la misma disyuntiva que las fotos de los impresentables equilibristas de Auschwtiz-Birkenau. ¿La frivolidad enfermiza es innata a las personas y siempre ha estado ahí o las nuevas tecnologías e Internet se han convertido en la llave de la caja fuerte donde teníamos guardadas y olvidadas actitudes impropias de los seres humanos? Y si la segunda opción fuera cierta, ¿existiría alguna posibilidad, aunque fuera remota, de volver a introducir esa frivolidad bajo llave para que no condicione nuestras acciones? Complicado lo veo, así que como mal menor no nos quedará más remedio que estar ojo avizor y cuando veamos a un equilibrista de Auschwtiz-Birkenau empujarle al vacío virtual, esperando que no haya red.
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