28/05/2022
 Actualizado a 28/05/2022
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Quizás me esté volviendo viejo. Quizás viviera en una ilusión y el paso del tiempo me esté reconduciendo por el camino de la lógica. Quizás esté cayendo en un error y el único culpable de mi hastío sea yo mismo. Quizás exija más de lo que debiera al de enfrente. Quizás me autoimponga unas metas que no me corresponden. Fuera de una u otra manera, cada vez se aleja más de mi pensamiento esa idea romántica de que la unión hace la fuerza y de que las personas estamos comprometidas con dejar al lado intereses personales por el bien común.

No se confundan, no me refiero exclusivamente al mundo de la política, por el que transito con regularidad en esta columna. No sería honesto si sólo pusiera el foco en ese ámbito, para así tapar las miserias de otros colectivos o sectores.

Sería un loco si negara que la mejor manera de cambiar y mejorar las cosas pasa por la colaboración y por sinergias desinteresadas, que dejen a un lado ‘lo mío’ y piensen en ‘lo de todos’. De cara al postureo es muy productivo vender ese trabajo en equipo, pensando sólo en el bien común, pero seamos sinceros durante unos instantes. Pongámonos delante del espejo en soledad y preguntémonos si nuestras acciones se rigen por la búsqueda del interés general o del personal y del de ‘los míos’.

Eso sí, luego vendemos como feriantes nuestra capacidad de llegar a acuerdos a través del diálogo, autoproclamándonos como los vigías y garantes del progreso. Qué burda mentira. La inmensa mayoría de esos acuerdos son de los que yo llamo de ‘chapa y pintura’, de los que de cara a la galería quedan muy fotogénicos, pero que carecen de valor real y no son los impulsos que hacen cambiar realmente el mundo a mejor. Donde se nos cae la careta es cuando nos enfrentamos a asuntos que realmente requieren dejar a un lado los intereses personales o de la entidad o colectivo que representas. Son esas situaciones en las que el aroma del romanticismo deja paso al olor pestilente de la hipocresía.

Quizás el confundido sea yo, pero el paso del tiempo y algunas experiencias vividas me animan a pensar que a lo mejor perdemos demasiados esfuerzos y energía en querer cambiar el mundo desde una supuesta unión. El problema no es sólo que no se consiga el objetivo perseguido, sino que la insatisfacción originada te obligue a protegerte en el individualismo más radical. Eso sí, seré un necio o un ingenuo, pero aunque sea como lobo solitario seguiré intentando mejorar mi entorno. Y a lo mejor, la suma del compromiso real de muchos lobos solitarios sí consiga cambiar las cosas.
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