Ya vienen los Reyes Magos

Por Gregorio Fernández Castañón

04/01/2026
 Actualizado a 04/01/2026
Mosaico en la basílica de San Apolinar el Nuevo, en Rávena, con los tres Reyes Magos’. | Universal History Archive/UIG
Mosaico en la basílica de San Apolinar el Nuevo, en Rávena, con los tres Reyes Magos’. | Universal History Archive/UIG

La historia de los Reyes Magos es tan minúscula que se resume en cuarenta y dos palabras y un pequeño suspiro. Estas palabras del evangelista Mateo –capítulo 2, versículos 1 y 2–: «Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle». Es cierto, no lo voy a negar, que el propio Mateo insiste varias veces sobre la estrella que les guía –que, al verla, «se regocijaron con muy grande gozo»–, confirma además la adoración al Niño y también la entrega de los presentes –oro, incienso y mirra–, para inmediatamente después terminar con la siguiente frase: «Pero siendo avisados por revelación en sueños que no volvieran a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino». 

Por «magos» (del griego «magoi» que designa «hombres de clases educadas») se ha de entender «hombres sabios». Los Reyes Magos, según la tradición, eran tres como las razas conocidas en aquel momento (y hasta la Edad Media): jafetitas (europeos), semitas (asiáticos) y camitas (africanos). Tres reyes sin nombre, hasta que… Un artista anónimo, en el siglo VI d. C., los «bautizó» como Melchor (Melchior), Gaspar (Gaspar) y Baltasar (Balthassar), haciéndolo en un bello mosaico que se conserva en la basílica de San Apolinar el Nuevo (Rávena, Italia). En este mosaico aparecen tres hombres de raza blanca. Y así continuaron representándolos hasta el siglo XIV, coincidiendo con la expansión de la cristiandad. Reforzando el poder universal de esta, se decidió entonces que el representante del continente africano (Baltasar) fuera de tez morena.

Belén Concejil de Villaverde de Sandoval. Melchor viaja en camello y Gaspar en caballo. | HÉCTOR BAYÓN
Belén Concejil de Villaverde de Sandoval. Melchor viaja en camello y Gaspar en caballo. | HÉCTOR BAYÓN

¿Los Reyes Magos eran tres? La respuesta más idónea para no inclinar la balanza hacia el abismo más oscuro sería «depende». Para la Iglesia Ortodoxa Siria o para la Iglesia Apostólica Armenia, los Reyes Magos eran doce, como doce fueron los apóstoles o las tribus de Israel. La voz popular, sin embargo, nos dice que eran cuatro, pero –con cierta sorna, así lo considero– nos asegura que el cuarto no llegó a su destino porque… «se perdió». Y, si realmente se perdió, fue porque –aprovecho la circunstancia– no siguió fielmente la luz de «la estrella que –según dejó escrito Mateo– habían visto en el oriente (y que) iba delante de ellos, hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño». ¿Estrella? Realmente ¿era una estrella o era un cometa? Cometa, al parecer.

La leyenda de la «estrella de Belén», además de causar admiración, consiguió formar parte de diversos estudios durante un tiempo no muy lejano al nuestro. Los investigadores, utilizando diversas teorías y/o registros astronómicos chinos, consiguieron dar por seguro que, entre marzo y abril del año 5 a. C. y durante aproximadamente 70 días, un cometa se hizo visible en aquellos cielos. Mark Matney, astrónomo y físico estadounidense, lo aclara aún más: aquel cometa pudo experimentar un «movimiento geosincrónico temporal». Y añade, para su aclaración: se «igualaría y contrarrestaría momentáneamente la velocidad de rotación de la Tierra». Es decir, el movimiento del cometa, al coincidir con la rotación de la Tierra y ser visto desde una perspectiva muy determinada, daría la sensación de encontrarse «detenido» en el cielo…, justo «¿encima del portal de Belén?». ¡Qué curioso!

En un escaparate de la ciudad podemos ver estos Reyes Magos en tres monturas diferentes. | GREGORIO F. CASTAÑÓN
En un escaparate de la ciudad podemos ver estos Reyes Magos en tres monturas diferentes. | GREGORIO F. CASTAÑÓN

Otro de los temas relacionado con los Reyes Magos y que causa un cierto grado de controversia es cómo llegaron a Belén. ¿Los tres lo hicieron montando cada cual un camello? Pues al parecer no. Poco a poco, son muchos los estudiosos que se inclinan por tres tipos de animales diferentes: camello para Melchor, caballo para Gaspar y elefante para Baltasar. Animales de gran utilidad en el laboreo cotidiano, especialmente en el transporte y en la labranza, procedentes del lugar de origen de cada uno de los Reyes Mayos.

Lo cierto es que, con determinadas variantes, son cada vez más los belenes que, tímidamente o no tanto, optan por proceder al supuesto «cambio real». Un claro ejemplo de ello lo encontramos en el interesantísimo y aclamado Belén Concejil de Villaverde de Sandoval que cumple en un 67% con esta singularidad: Melchor llega al portal en camello y Gaspar lo hace a lomos de un caballo negro, de raza árabe. Sorprendente. Casi una excepción.

Adoración de los Reyes Magos de una capilla de Padua (Italia). | EUROPA PRESS
Adoración de los Reyes Magos de una capilla de Padua (Italia). | EUROPA PRESS

Lo que no ha variado desde el principio de la historia fue el regalo que cada Rey Mago, en señal de adoración, ofreció al pequeño Jesusín. Melchor –bien lo sabemos– le llevaba oro (objeto muy valioso, utilizado como moneda, capaz de amortizar los gastos que habrían de tener Jesús y María como padres primerizos). Gaspar le ofreció incienso (resina que se utilizaba en la adoración, según consta en el Éxodo 30, 34, y que, además, servía para la confección de perfumes y aceites) y Baltasar le entregó mirra (una especia que se utilizaba con fines medicinales, cosméticos y, sobre todo, para embalsamar)
Oro, incienso y mirra. Tres productos alegóricos a los que, con el tiempo, los más doctos les han encontrado una explicación relativamente más convincente, aprovechando, eso sí, el conocimiento total de la historia: el oro formaba parte del símbolo de la divinidad de Jesús, así se le reconoce como Dios en forma humana; el incienso llevaba consigo «su voluntad de convertirse en sacrificio», y la mirra representaba la amargura y el sufrimiento que el niño Dios habría de padecer de adulto hasta el extremo de morir crucificado; la mirra con la mezcla de vino se le ofreció a Jesús en la cruz. Tres regalos especiales dignos de unos «hombres sabios»; propios, bien se entiende, de unos Reyes Magos.
 

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