¿Y cómo titulo yo esto?

Por José Ignacio García

José Ignacio García
21/05/2022
 Actualizado a 21/05/2022
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‘Una historia ridícula’
Luis Landero Tusquets Editores
Novela
288 páginas  19,00 euros




Desconozco si alguien se habrá percatado de mi retraso, si alguien me habrá echado en falta el pasado sábado en este confortable rinconcito cultural que cada quincena La Nueva Crónica de León me brinda con proverbial hospitalidad.

En cualquier caso, estaba yo enredado a finales de la semana pasada con la lectura de la última novela de Luis Landero, y me sentía incluso reflejado en algunos aspectos con el protagonista –porque una joven ególatra, con ínfulas literatas y desconocedora de mi biografía cultural, me había tratado con cierto desdén– cuando empecé a sentirme mal. Y pensé que era porque no había sabido digerir lo que aquella muchacha me había dicho.

Conque me llevaron al hospital, enseguida comprendieron en Urgencias la gravedad de lo que yo creía un empacho emocional y, cuando quise darme cuenta, me habían deshinchado la vanidad y la vejiga con un diabólico latiguillo de plástico, goma o silicona, que desde entonces, además de haber arruinado mi autoestima masculina, me ha hecho adquirir cierto complejo de tonel cervecero con la espita siempre alerta.

Por eso ando mal, y con retraso, en la vida y en este compromiso con el que siempre quiero cumplir a tiempo. Porque, como Marcial, el protagonista de ‘Una historia ridícula’, nunca me gusta faltar a mi palabra ni a mis compromisos.

Coincidirán conmigo en que leer a Landero es un placer que incluso mitiga los escozores que una sonda maldita provoca en una entrepierna, y que no hace falta escribir sobre sus libros, porque bastaría con decir que Landero, como el otro Marcial (no su protagonista, sino el del pasodoble), es el más grande en su género. Las reseñas de Landero se escriben solas. Él mismo las revela entre las páginas de sus libros. Aunque no siempre lo haga conforme a un orden establecido. Sin ir más lejos, en ‘Una historia ridícula’, se acuerda –una vez consumidas más de doscientas veinte páginas de la novela– de aclararnos que «lo primero que tenía que haber dicho mucho antes, incluso en la primera página, es que las historias que se cuentan hoy ya no están hechas con materiales nobles, con grandes y magníficos temas y episodios, como las de otros tiempos, sino que se inspiran en insignificancias y tontunas, porque así es esta época, donde ya no hay altos ideales y ambiciosos empeños, y todo es pueril, plebeyo, ridículo y absurdo».

¿Se puede ser más preciso y clarividente a la hora de definir el panorama cultural que nos rodea?

Landero, lo aviso, es un ventajista (me atrevería a decir, sin conocerlo en persona, que indecente). Le sobra categoría literaria para manejar una esgrima argumental que solo está al alcance de unos pocos elegidos, y –con todos los respetos– le sobran años y méritos para decir lo que le dé la gana sin que nadie pueda censurarle ni cambiar una coma de su discurso. Y encima, como ocurre esta vez, solapa con una presunta historia de amor, alicatada de humor y de ironía, un tratado novelístico-filosófico incontestable, que refleja casi con tanta precisión la sociedad actual como el cuento aquel del niño sincero y del rey desnudo.

Les voy a contar una cosa más, aprovechando que Landero y el nolotil me tienen entre sedado y bobalicón. Cuando empecé a leer la novela, acababa de comprar en un bazar chino un paquetito de etiquetas multicolores y fosforescentes, que me vienen la mar de bien para dejar marcadas en un libro las páginas que contienen frases o descripciones o metáforas o perífrasis u otros artilugios literarios que me parecen destacables, y que –normalmente– me sirve para mancillar alguna que otra página de unos cuantos libros. Este paquetito de tiritas fosforitas en cuestión tenía 120, y eran rosas, amarillas, azules y verdes, como las casillas del parchís, y cuando me faltaban unas pocas páginas para terminar la novela me puse a rezar (a mi manera) para que no se me agotaran antes de llegar al final y de que Landero me descubriera que, en realidad, «con un cuenco de gazpacho, una ráfaga de viento, un gato, una navajilla de juguete, un trozo de cristal y un pequeño equívoco» había construido una novela magistral, propia de un escritor que vive en permanente estado de gracia creativa.

Si quisiera hablarles del argumento, y partiendo de que toda la novela se cimenta sobre una narración en primera persona de hechos esperpénticos, protagonizados por un personaje exagerado que se define con cada reflexión y cada comportamiento, tendría que hablarles de los amores de Marcial por sus dos novias primeras, Natalia y Merche, eclipsadas por el descubrimiento de Pepita en una degustación de vinos y embutidos extremeños (porque, como se demuestra más de una vez a lo largo de la novela, a Landero le tira la tierra), que se convertirá en el amor de su vida, en su musa y en la razón de su declive. Tendría que hablarles también de su amistad con Cordero, de su vecindad con Ibáñez y de sus duelos silenciosos con la mesonera de su barrio.

Pero todo eso es innecesario. Leer a Landero es una fiesta continúa. Parece que escribe con batín y pantuflas, que su prosa es campechana y coloquial, y sin embargo no hay un desliz criticable, un calificativo impreciso o una conjunción innecesaria. Landero convierte (y lo advierte) lo fundamental en trivial y lo mundano y habitual en trascendente. Y así, una tapa de huevo relleno o una bandeja de pasteles pueden protagonizar momentos de una tensión literaria que solo están a la altura de un genio de la pluma.
Y eso sin entrar en otras zarandajas, o en su capacidad descriptiva, como cuando habla del aspecto caballuno y no carente de atractivos de una figuranta intrascendente en la trama, o consigue que se nos excite el olfato con los olores de una barra de bar y nos pique la nariz con el pimentón o se nos haga la boca agua con el sabor a comino que desprende una cazuela de callos.

En teoría esta es una historia ridícula, protagonizada por un hombre sobreactuado y paradójico, que es matarife, pero ama los animales; que administra un poder sobrenatural que provoca hecatombes, que tiene un extraño concepto del amor, de la amistad, del destino y de la vida, y que en su juventud escribió un cuento que le dará mucho juego llegado su momento, aunque no cree que «escribir un libro narrativo, o contarlo de viva voz, tenga mucha ciencia, y más si es un libro sobre tu propia vida y tu filosofía, es decir, confesional, donde todo está ya inventado de antemano».

Así que ahora, que he terminado de embelesarme con la lectura y que el nolotil está dejando de hacerme efecto, vuelvo afligido y desconcertado a la realidad y no encuentro manera, como (aparentemente) le ocurre a Landero en la novela, de organizar esta reseña. Y mucho menos se me ocurre cómo titularla.

José Ignacio García es escritor, crítico literario y coordinador del proyecto cultural ‘Contamos la Navidad’.
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