¿Vives o solo respiras?

Por Nuria Crespo y José Antonio Santocildes

04/01/2026
 Actualizado a 04/01/2026
¿Vives o solo respiras?
¿Vives o solo respiras?

¿Respiramos? Sí, pero no siempre vivimos. Despertamos, cumplimos, respondemos, producimos, comemos, dormimos. Repetimos. Así, día tras día, semana tras semana, año tras año. No por una elección consciente, sino porque nuestro cuerpo aprendió la ruta establecida hace eones y la mente se rindió sin remedio. Por desgracia, somos autómatas bien programados desde la cuna. Somos eficientes, funcionales, pero también agotados. Muñecos rotos que se han consumido en las llamas de su propio fuego. Y lo más inquietante en muchos casos no es la rutina impuesta por un sistema en declive, sino la ausencia de preguntas por nuestra parte. Preguntas que nos llevarían a cuestionar la vida, la mente y el cuerpo. A mirarnos por dentro. Que nos confirmarían la ausencia de sentido en nuestra vida diaria. Preguntas, en definitiva, que nos llevarían a dejar de caminar por las calles en un perpetuo «modo zombi».

La mayoría de nosotros no vive una vida con significado porque nadie nos enseñó a detenernos. Vivimos perdidos en rutinas que se presentan como necesarias, inevitables y, lo mejor de todo, incuestionables. Trabajamos anhelando el fin de semana. Vivimos el fin de semana para olvidar la semana. Sufrimos el fin de semana por no poder evitar pensar en una nueva semana, mientras el temido lunes comienza a percibirse como una sombra silenciosa que avanza sin remedio. Y así una semana tras otra. Consumidos en un caos del que ya no sabemos cómo escapar mientras los años se siguen acumulando como papeles viejos en un cajón. Cajón que jamás volveremos a abrir por temor a contemplar un pasado desdibujado que nunca supimos disfrutar.

En este acelerado mundo, los valores que nos definen como humanos parecen haberse diluido en las arenas del tiempo. La empatía compite con la prisa. La escucha activa lucha a muerte con la distracción constante. La honestidad interior se desvanece ante las expectativas ajenas. Importa parecer, no ser. Importa mostrar más que sentir. Importa tener más que comprender. Importa aparentar más que amar. Y así, paso a paso, poco a poco, lo esencial se difumina hasta perderse del todo. Amar sin condiciones, conversar sin relojes, contemplar sin fotografiar, vivir el presente sin pensar en el pasado ni en el futuro, respirar profundo, sentir sin pensar. Todo eso parece no producir nada. Producir, producir, producir hasta la extenuación como una nueva moda, como una nueva droga. Como un siniestro mantra.

La tecnología, tan útil en algunos casos, se ha convertido también en una cruel barrera. Nos conecta con el mundo, con miles de personas, pero nos aleja del que está sentado frente a nosotros. Sustituye largas y sanadoras conversaciones con breves y en ocasiones secos mensajes. Silencios que gritan tras iluminadas pantallas. Sustituye experiencias profundas por estímulos rápidos. Y la culpable no es la tecnología, sino el uso indiscriminado que hacemos de ella, por elección tal vez, por imposición quizás, pero indiscriminado al fin y al cabo. La utilizamos para no sentir, para no pensar, para no enfrentarnos al vacío que surge desde su propia oscuridad cuando apagamos el ruido. Hemos cambiado actividades que nos llenan por dentro por otras que nos roban el alma.

Ya no vivimos para disfrutar, sino para sobrevivir. Cumplimos horarios, nos ahogamos en cuentas, tachamos pendientes, vivimos en automático, percibimos en «modo avión». Respiramos a medio gas, amamos lo justo y apenas recordamos la última vez que hicimos algo porque sí, por el mero disfrute de hacerlo, por el mero disfrute de sentirnos vivos. Dime, ¿cuándo fue la última vez que observaste el cielo sin prisa? ¿Cuándo fue la última vez que te reíste hasta olvidarte del tiempo? ¿Cuándo fue la última vez que escuchaste a alguien sin pensar en qué responder después?

Disfrutar de la vida no consiste en sucumbir permanentemente al placer, viajar constantemente ni acumular experiencias espectaculares en todo momento. No es ganar más, consumir más, gastar más. No. Disfrutar de la vida consiste en estar presente en todo momento. Consiste en habitar el instante con todo lo que somos. Consiste en permitirnos sentir, incluso si duele. Consiste en encontrar belleza en lo simple, sentido en lo pequeño, profundidad en lo llano y arte en lo cotidiano. Vivir realmente es salir del piloto automático, abrir los ojos y despertar de nuevo. Vivir es preguntarnos por qué hacemos lo que hacemos. Es cuestionar la rutina y los hábitos impuestos, aunque no podamos romperlos del todo. Es rescatar momentos auténticos en medio del caos. Es mirar a los ojos, escuchar con el cuerpo, hablar desde la verdad y sentir desde el SER. Es comprender que no todo lo valioso se puede medir, ni todo lo que importa se puede mostrar, porque hay riquezas que solo existen dentro. Somos más que nuestro estatus, más que nuestros logros, más que nuestras posesiones. Somos historias, emociones y preguntas sin respuesta. Somos la maravillosa y eterna capacidad de amar, de crear, de sentir compasión. Somos la posibilidad real de elegir una vida con magia y con sentido, incluso en un mundo de materia que ama el color gris.

Quizá, y solo quizá, el verdadero acto de rebeldía hoy sea detenerse. Detenerse para respirar conscientemente. Detenerse para cuestionar. No necesitamos cambiarlo todo de golpe; a veces basta con disfrutar de una conversación honesta, de un momento de calma, de una decisión auténtica nacida del corazón. Porque la vida no espera. La vida sucede ahora, en este mismo instante, en este preciso momento, en este precioso lugar.

Sal del piloto automático, recuerda que estás vivo, que mereces algo más. Date permiso para sentir, para pensar, para amar, para disfrutar de verdad. Porque vivir no consiste únicamente en respirar. Sentirse vivo es mucho, mucho más.

Lo más leído