Viena ovaciona a Jonas Kaufmann y Asmik Grigorian en ‘Turandot’

Cines Van Gogh retransmite este jueves una producción de Claus Guth de la última obra maestra de Puccini, con el debut del tenor alemán y la soprano lituana en los papeles protagonistas

Javier Heras
09/04/2026
 Actualizado a 09/04/2026
Un instante del ‘Turandot’ de Claus Guth. | CINES VAN GOGH
Un instante del ‘Turandot’ de Claus Guth. | CINES VAN GOGH

En abril de 2026 se cumple un siglo del estreno de la última gran ópera italiana de la Historia: Turandot. Imposible conmemorarlo mejor que con esta producción de la Ópera de Viena, repleta de nombres de prestigio tanto sobre las tablas como en el foso. Se enfrentaba por primera vez al papel titular la prodigiosa Asmik Grigorian (1981), en un escenario donde había deslumbrado el año anterior como la Jenufa de Janácek. La camaleónica soprano lituana no tiene techo: si despegó de la mano de Salomé (alemán), Rusalka (checo) o Tatyana (ruso), en poco tiempo ha saltado a las heroínas de Verdi (Lady Macbeth) y de Puccini (Butterfly); precisamente venía de poner en pie el festival de Salzburgo con el triple reto de Il trittico, es decir, encarnar en una sola noche a Lauretta (Gianni Schicchi), a Giorgetta (Il tabarro) y a la monja Suor Angelica.

Ahora, como la gélida princesa del título, volvía a lucir su bello timbre, proyección, fraseo, amplio registro, lirismo desgarrador y seguridad vocal. Incluso conseguía lo más difícil: que resultase creíble, una mujer real y no una fantasía de cuento. Ese magnetismo escénico caracteriza también a la joven rusa Kristina Mkhitaryan (aquí Liù), soprano ganadora de Operalia en 2017 y ya aplaudida en Zúrich, París o Barcelona; y ha sido siempre una de las virtudes de su compañero de función en Viena, Jonas Kaufmann.

El alemán, con su voz maleable y su musicalidad exquisita, cantaba por primera vez el rol de Calaf en vivo, aunque sí lo había grabado en disco en 2022, en Roma, con Antonio Pappano y la Accademia Santa Cecilia. Aquella fue la primera ocasión que se registraba en un álbum (Warner Classics) la versión larga de Turandot: la que incluye el finale compuesto por Franco Alfano tras la muerte de Puccini, quien dejó incompleta la obra. También la Ópera de Viena se iba a ceñir a ese esquema (sin los cortes que Arturo Toscanini impuso en el estreno de 1926 en La Scala), con una orquesta que debía comandar el austriaco Franz Welser-Möst. Por problemas de salud, al final lo reemplazó Marco Armiliato, que conoce la partitura de memoria (literalmente). El genovés (1967), actual responsable musical de la Arena de Verona, aparte de un habitual del MET (500 funciones) o Berlín, potenció la riqueza y esplendor instrumental.

Cines Van Gogh retransmite este jueves (19:30 horas) una grabación de este Turandot de 2023 desde la Ópera Estatal de la capital austriaca, que se encomendaba a un nombre tan controvertido como mediático: Claus Guth. Al director de escena alemán (1964) se le recuerda por aquel brillante Don Giovanni en el bosque (2008, Salzburgo) o aquel Parsifal en un hospital de entreguerras (2016, Teatro Real), aunque también por alguna boutade, como cuando situó La bohème en una estación espacial (2017, París). Aquí, evita referencias a las leyendas chinas (a diferencia de todas las lecturas tradicionales), y da a la protagonista una dimensión menos épica y más íntima. Turandot es una mujer de carne y hueso, esquiva, con miedos y deseos humanos, rodeada por una rígida sociedad de autómatas, todos vestidos de uniforme militar. Licenciado en filosofía, Guth representa la fragilidad de la protagonista encerrándola en un dormitorio minimalista (con guiños a Freud en los decorados de Etienne Plus), casi una prisión interior, como ya hiciera en su Fidelio (Salzburgo, 2015). Por otra parte, Guth simboliza la desesperación de Liù -la esclava enamorada del príncipe Calaf- en varias clones que la acompañan y tratan de sujetar a su amado con cuerdas, para evitar que él se lance en brazos de la peligrosa Turandot.

Con semejante plantel vocal y escénico, no es de extrañar que esta producción de Turandot agotase todas las entradas en pocas horas. El público adora a Puccini, y su canto de cisne no ha dejado de representarse desde que vio la luz en Milán. Su sonoridad sigue resultando moderna, con esa armonía disonante influida por Stravinski, Schönberg y la bitonalidad. Sin embargo, al autor de Tosca o Manon Lescaut siempre lo caracterizó la melodía cantable, presente en arias célebres como Tu che di gel sei cinta (Liù) o, por supuesto, la insuperable Nessun Dorma (Calaf). Por si fuera poco, el maestro de Lucca (1858-1924) sumó a la tradición italiana un esfuerzo por construir atmósferas exóticas. Si ya había situado Butterfly en Japón y La Bohème en París, aquí describió a través de la orquesta el color y sonido de China, mediante canciones populares, escalas pentatónicas y percusiones locales.

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