Una verdad incómoda: casi nadie es quien dice ser

Un nuevo capítulo del serial de relatos Senderos de inspiración, por Nuria Crespo y José Antonio Santocildes

Nuria Crespo y José Antonio Santocildes
01/02/2026
 Actualizado a 01/02/2026
Senderos de inspiración.
Senderos de inspiración.

Cada mañana, no solo nos levantamos de la cama y vestimos el cuerpo. También lo hacemos por dentro. Nos colocamos capas invisibles que muchas veces nos ayudan a enfrentarnos al mundo. Armaduras cuidadosamente pulidas, gestos imposibles ensayados frente al espejo del tiempo y poses que simulan una valentía de la que muchas veces carecemos. Ajustamos la sonrisa, medimos los silencios y preparamos todo aquello que se espera de nosotros. Salimos al mundo protegidos, no del frío, no de la lluvia, sino de la posibilidad de ser vistos tal como somos. Porque sí, ser uno mismo, en esta sociedad, sigue siendo un acto de valentía.

Fingimos. Fingimos todo el tiempo sin apenas darnos cuenta. Fingimos que estamos bien cuando por dentro todo parece desmoronarse. Fingimos felicidad constante porque la tristeza incomoda. Fingimos éxito porque el fracaso parece no tener lugar entre nosotros. Fingimos seguridad aunque el miedo nos acompañe de la mano. Y lo peor de todo es que no lo hacemos por maldad ni por falsedad gratuita, sino por mera supervivencia. Porque un día aprendimos que mostrarnos vulnerables tenía un precio demasiado alto. Que no cumplir con ciertos estándares nos colocaba al margen. Que ser demasiado sensible, demasiado lento, demasiado humano podía convertirnos en un individuo «no válido» dentro de una serie de prototipos mecánicos y robotizados engullidos por una mente colmena que apenas podemos alcanzar a comprender, ni siquiera imaginar. Y así, sin apenas darnos cuenta, en algún punto del camino, comenzamos a construir un personaje con vida propia. Uno con una vida que encaje dentro de un sistema corrompido por la apariencia y lo material. Uno que funcione y esté activo continuamente. Uno que sea productivo. Uno que sea aceptado por un mundo que rechaza lo que escapa al diseño aceptado por una ruidosa mayoría.

La sociedad nos ofrece un guion bastante claro: sé fuerte, sé productivo, sé feliz, sonríe, destaca, no te detengas. Y si no puedes con todo, al menos aparenta que sí. Porque no se premia la autenticidad, sino la imagen. No se premia el ser, sino el parecer. Y en ese escenario, muchos sentimos que no hay otra opción salvo ponerse una máscara y salir a escena, surgiendo un nuevo problema; el cuerpo y el alma no pueden ni saben fingir para siempre, y en medio de esa incoherencia, vivir representando un papel que no nos corresponde, agota, marca y duele. Vivir continuamente tras una rígida máscara cansa el alma, tensa el pecho, infecta la mente. Y así, poco a poco, muy lentamente, la distancia entre lo que somos y lo que mostramos se convierte en una grieta que nos separa de nosotros mismos. Grieta por la que suelen colarse la ansiedad, la tristeza y la sensación de vacío infinito. Porque no se puede sostener indefinidamente una función diaria sin pagar un alto precio emocional. No se puede negar la propia esencia sin que algo dentro comience a enfermar.

Sin embargo, para muchas personas, fingir ha sido la única forma de seguir adelante. El único modo que encontraron para levantarse cada día, para sentirse útiles, para no desaparecer o caer en el olvido colectivo. Muchas son las historias rotas escondidas detrás de brillantes sonrisas, detrás de muchos «todo va bien», detrás de vidas en apariencia perfectas. Y eso merece respeto y admiración, no juicio, porque en muchas ocasiones hay que hacer lo que se puede con lo que se tiene.

No cabe duda de que las redes sociales han llevado esta dinámica a otro nivel. Son el gran escaparate de personajes, en algunos casos, muy bien construidos: vidas impecables en las que no falta detalle, cuerpos de portada, éxitos constantes, amor eterno. Postureo emocional cuidadosamente editado y en grandes dosis. Pero cuando la cámara se apaga, muchas veces solamente queda el silencio, la soledad y una vida que en nada se parece a la exhibida frente a la pantalla.

Y así seguimos, día tras día acumulando armaduras: la del fuerte, la del exitoso, la del que siempre puede, la del que nunca se rompe. Sin pararnos a pensar que cada una de ellas nos aleja de los demás y, lo que es peor, de nosotros mismos. Hasta que de pronto un día, el cuerpo grita. O el alma. Quizá ambos. Y entonces... entonces ya no se puede seguir fingiendo, apareciendo en el horizonte la pregunta más incómoda y honesta: ¿quién soy yo en realidad bajo todas estas capas? ¿Quién soy yo tras este personaje que interpreto diariamente? Es en ese momento cuando nuestro mundo se rompe. Se rompe porque quitarse la armadura aterra. Se rompe porque abandonar el personaje da miedo. Se rompe porque deshacerse de todo lo que no somos implica mostrarnos imperfectos, frágiles, incompletos. Implica aceptar que no siempre estamos bien, que no siempre queremos sonreír, que no somos felices todo el tiempo. Implica reconocer que nos caemos, que dudamos, que fracasamos, que no siempre conseguimos lo que anhelamos, que no siempre tenemos éxito. Implica arriesgarse a no gustar, a no encajar, a no ser aplaudido. Sin embargo, también implica algo profundamente liberador: dejar de huir de nosotros mismos.

Hay algo milagroso en el momento en que dejamos de actuar. Cuando nos permitimos ser quienes somos, sin culpa ni vergüenza. Hay algo milagroso cuando por fin entendemos que no necesitamos demostrar nada a nadie para merecer existir. Algo mágico ocurre cuando bajamos los hombros, relajamos la mandíbula y, por fin, respiramos de verdad libres de caretas. Es en ese instante donde la vida empieza a sentirse auténtica.

Vivir sin armaduras no significa vivir sin dolor. Significa vivir con verdad. Significa conectar desde lo real, amar desde lo imperfecto, caminar desde lo propio. Significa descubrir que quien te ama por quien eres realmente vale infinitamente más que quien te aplaude por el personaje que interpretas. Porque no hemos venido a este mundo a encajar, sino a habitarnos, a valorarnos, a descubrirnos y a liberarnos. No hemos venido a fingir, sino a sentir. No a cumplir expectativas ajenas, sino a ser fieles a nuestra preciosa esencia. Tal vez, solo tal vez, el verdadero éxito sea ese momento íntimo con nosotros mismos en el que, al final del día, podamos mirarnos al espejo y decirnos: hoy fui yo. Sin máscaras, sin personajes, sin teatro, sin armaduras. Y eso, aunque no salga en ninguna foto con cientos de corazones y comentarios, es profundamente sanador.

www.nuriacrespo.com
 

Lo más leído