Los que hemos veraneado en La Vecilla, da igual que haya sido un verano que veinte, tenemos alguna aventura que contar, muy parecidas casi todas, cierto, pero ya se sabe que las mismas anécdotas, contadas por diferentes personas, parecen historias diferentes. Porque todos hemos visto cosas que otros nunca creerían. Por ejemplo, no sé qué nos pareció más raro un verano de hace 50 años, ver a un buzo dando saltitos sobre la Luna (después de todo ya lo habían hecho antes Tintín, Haddock y Hernández y Fernández), que un beatle nos contara su boda en Gibraltar y la luna de miel con luz y taquígrafos o escuchar a Pío echar «catravanvanvandix más dix más» a los pares con dos pitos de postre.Por todo aquel esplendor en la hierba, aunque hayan pasado los veranos y los años de juventud, seguimos reuniéndonos un día de agosto tal como hoy a comer y a beber, a cantar y a brindar por los que ya no están y por los que aún estamos (aunque algunos ya no tengamos pelo para peinarnos a raya) y, sobre todo, a recordar; a mirarnos a los ojos y recordarnos lo afortunados que fuimos, y que ya siempre lo seremos.