Velasco

Julio Llamazares escribe sobre la exposición del cartelista y pintor José Antonio Velasco en la Escuela de Arte de León

20/09/2026
 Actualizado a 20/09/2026
Uno de los objetos que se pueden visualizar en la exposición en honor a Velasco en la Escuela de Arte. | SAÚL ARÉN
Uno de los objetos que se pueden visualizar en la exposición en honor a Velasco en la Escuela de Arte. | SAÚL ARÉN

El otro día vi en la Escuela de Arte de León la pequeña exposición de obras del cartelista y pintor José Antonio Velasco, una exposición humilde pero llena de significado.

A muchos leoneses el nombre de Velasco no les dirá nada ya, pero a otros, entre los que me cuento, su solo nombre les hará evocar un mundo, el de los cines del pasado siglo, que eran lugares para soñar más que espacios de consumo como hoy. En León, el cine Emperador era el buque insignia y sobre él campeaban siempre los grandes cartelones de Velasco, el hombre que durante décadas trasladó a la pintura las imágenes de las películas que se proyectaban dentro con toda su maestría artística aun sabiendo que sus obras eran efímeras como esas fallas que arden después de hechas porque así lo ordena la tradición. Los carteles de Velasco no ardían en el fuego, era él mismo el que borraba las imágenes con pintura para crear otras nuevas, pero esa misma imperdurabilidad los hacía eternos, pues las imágenes que más permanecen en la memoria de las personas son las que desaparecen. Ocurre con los sueños y con las fantasías, entre las que no es la menor el cine.

Velasco, al que recuerdo alto y elegante, con bigote negro a lo Omar Shariff (uno de los actores a los que pintaría más veces) y casi siempre solo, marcó una época de León con sus enormes carteles que firmaba en una esquina, pero, como el cine para el que trabajó, desapareció un buen día dejando apenas una pequeña estela en el paisaje de una ciudad que no estaba a su altura ni artística ni humana, obligado como tantos por entonces a esconder sus auténticos sueños y deseos tras las imágenes que pintaba en grandes carteles y que desaparecían a los pocos días debajo de otras. Velasco, como el Sísifo de la mitología, se pasó la vida subiendo a lo alto de la montaña de su ambición artística la piedra de su imaginación para ver cómo al llegar arriba la piedra rodaba por la ladera obligándole a recogerla para comenzar de nuevo.

Yo apenas lo conocí personalmente. Lo entrevisté en una ocasión para el programa de radio que hacía a finales de los 70 junto a otro personaje del León de aquella época, el inolvidable amigo y, como Velasco, especial Miguel Escanciano, con quien visité al cartelista una vez en su casa, que nada tenía que ver, como es de imaginar, con las de la ciudad que yo conocía. Como Velasco, su casa/estudio era una isla, un lugar de fantasía y de color, un cartel más de los que pintaba para el cine pero sólo para su disfrute. Lo vi y le saludé, cerrado ya el Teatro Emperador, su lugar de trabajo y de vida durante décadas, con aire ya envejecido y desengañado de todo alguna vez por León, donde apenas ya nadie sabía quién era, y la última en el aeropuerto de Fiumicino, en Roma, donde yo hacía escala en un viaje largo y él esperaba un avión para regresar a Madrid y a León. Mientras esperábamos nuestros respectivos vuelos, Velasco me confesó su pasión por Italia y Roma (intuí que también por algún romano) así como su desengaño con la ciudad cuyos sueños de cine pintó durante muchos años y que nunca le entendió realmente.

Por el artículo que escribió en este periódico sobre la exposición de la Escuela de Arte Fulgencio Fernández hace algunos días he sabido que el final de Velasco fue muy triste, olvidado y condenado a la pobreza por su falta de previsión (como los verdaderos artistas nunca pensó en el futuro) y sobreviviendo gracias a los amigos hasta que falleció, lo que agranda aun más en mi imaginación su figura y sus obras, tanto las que desaparecían cada pocos días junto con la película que las inspiraba de la fachada del Teatro Emperador como las que pintó para él mismo, que son las que pueden verse en la exposición de la Escuela de Arte, una exposición humilde pero dignísima y muy necesaria, pues es un homenaje al hombre que iluminó con sus carteles de cine los sueños de tantos leoneses durante prácticamente medio siglo. La ciudad se lo debía.   
 

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