«A mediados del siglo XII –conocido como el Renacimiento de la Edad Media- ya se había cumplido la predicción del monje Raul Glaber (el cronista benedictino nacido en la Borgoña antes del año 1000, había muerto en el Monasterio de Cluny alrededor de 1050) cuando dejo escrito en su Crónica: ‘Aproximadamente después del año mil, Europa se cubrió de un gran manto de iglesias’».
(‘El vientre del arquitecto (1ª parte). Revista medieval’, José F. Chimeno).
Ciento cincuenta años después los «terrores del Año Mil» ya no serían la mayor de las preocupaciones para aquellas gentes del Medievo que, no obstante, seguían inmersas en un afán constructivo que parecía no tener fin a tenor de lo expuesto. En ese laxo periodo de tiempo se fue desarrollado un «estilo arquitectónico» que hoy se conoce como «románico», cuya plenitud artística se había alcanzado a la conclusión de las obras de la otrora Real Colegiata de San Isidoro de León (la primera entre las siete maravillas del románico español), en la primavera del año 1149 según consta en una lápida de consagración: «En la era de 1111, el día anterior de las nonas, fue consagrada la Iglesia de San Isidoro por Ramón, arzobispo de la sede toledana; Juan, obispo de León; Martín, obispo de Oviedo...».
No obstante, la edificación del templo isidoriano había progresado -en su último periplo edilicio- bajo una fría confrontación dialéctica y filosófica producida a muchas leguas de distancia, allende los altos Pirineos. Debido a una concepción cuasi mística, que el Abad Bernardo de Claraval concebía respecto al edificio monástico -resumida en los SERMONES-, en donde su meliflua prédica (boca de miel) intentaba cambiar el modo de construir cluniacense: «Dejo a un lado las inmensas alturas de las iglesias, las desmesuradas longitudes, las anchuras innecesarias, las suntuosas decoraciones, las curiosas pinturas, que hacen volver las miradas de los fieles e impiden su devoción... ¿Qué crees que se busca con esto, la compunción de los penitentes o la admiración de los espectadores? ¡Oh vanidad de vanidades, más loca que vanidosa!».

La buscada sencillez decorativa del Cister tendía a considerar como superfluo el exceso de adornos que emperifollaban los templos de la cristiandad bajo el Románico Pleno, procurando que los amplios ventanales se convirtieran en vanos de luz blanca (luz cistal) en contraposición a la ostentación, grandiosidad y riquezas de Cluny. Enfrentada a la visión anagógica (de elevación del espíritu) que el Abad Suger tenia del arte suntuoso, considerado el más idóneo para el ritual del Santo Sacrificio, éste se imponía en la ciudad parisina, para mayor honor del rey de Francia Luis VII y honra del Abad de Saint-Denis, tras mandar edificar una girola con grandes ventanales cubiertos de preciosas vidrieras policromadas que, al ser traspasadas por la luz solar, patinaban el aire de un brillo áureo y estallaba en una cacofonía de colores bajo un resplandor repentino que el ojo humano no podía captar con prontitud; incluso parecía que la materia se animaba con su luz multicolor: «Hay quienes nos dicen que para el ministerio del altar bastan una mente santa, un corazón puro y una buena intención, y yo acepto que éstas son las cualidades apropiadas, principales y peculiares para ello. Pero mantengo que también debemos rendir homenaje al rito del Santo Sacrificio, como a ninguna otra cosa en el mundo, con el esplendor exterior de los santos vasos, con toda la pureza interior y toda la magnificencia exterior».
Sabido es que en otro tiempo los sermones del Abad Odilón habían sido modelo de elocuencia elegante y prolija, durante el dominio de Cluny, pero finalmente éstos serían desplazados por la voz profética y concisa del monje blanco, llamado Bernardo de Clairvaux. Por igual habría de suceder con la arquitectura cluniacense, santo y seña de la excelsa manera de construir a «lo romano», con la bóveda de cañón y el predicativo capitel historiado, acabando por ceder a la pujanza que el Cister imponía con denuedo, fervor religioso y profética ley; cuyo resultado final sería implantación no de un «nuevo estilo» (sabido es que el modelo cisterciense dejo una tendencia que no tardando sería reflejada en el estilo gótico, pero con mayor profusión de detalles) aunque si de nuevas formas arquitectónicas, acaso más bellas, con la bóveda de crucería y la austera decoración geométrica de los capiteles.
El vientre del arquitecto perdió sus viscerales sensaciones (conocimiento empírico) y se impuso el refinado esfuerzo intelectual (conocimiento científico). Aunque no sería este el único cambio que experimentaría el magíster operis; por igual las Logias de constructores -comunidades de artistas y artesanos empleados en la construcción de un monasterio o una pequeña ermita- sufrieron una gran transformación. Esta se componía de dos tipos de operarios: los que permanecían con al arquitecto (magíster lapidum) al concluir «la obra», y quienes al término del trabajo buscaban otro predio urbano o rústico; por lo general trabajadores de escasa profesionalidad y de evidente perfil mudable.
Mas, con el resurgir de las ciudades (a comienzos del siglo XII), los conocimientos sobre el arte de la construcción pasaron de los talleres formados por monjes del convento a la reunión de obreros cualificados, de vida errabunda, pero buenos artesanos formados entre los oratores que ofrecían su maestría al mejor postor. Bajo una división ordenada del trabajo, las razones intrínsecas se imponían sobre las extrínsecas, pues estas requerían de una regulación distinta de los métodos tradicionales, recurriendo a la solución jerárquica.

Es por ello que desde el magíster operis hasta el aprendiz, pasando por el maestro cantero y los oficiales -en otro tiempo cada uno de ellos limitado según su categoría en el derecho a la propiedad artística de la «obra de arte», pero ninguno capacitado para dejar su firma de autor-, paso a tener su marca de cantería que era distintivo del buen hacer. Pero las pujantes Logias medievales fueron más allá de la mera regulación profesional del trabajo, también se convirtieron en «el alma» de la colectividad, disponiendo de una nueva ocupación cuando el operario concluía su trabajo. Esta asociación laboral ofrecía a sus componentes la posibilidad de establecerse en un mismo lugar durante muchos años, llevando una vida del todo sedentaria que le permitirá, pues, desarrollar su maestría en las grandiosas construcciones, ya fueran estas basílicas menores o magnas catedrales, mayormente levantadas entre los siglos XII y XIV. Este resultó ser el caso de la Real Colegiata de San Isidoro de León.
Otro factor a tener en cuenta sería el auge de las peregrinaciones jacobeas; tras el hallazgo de las reliquias del Apóstol Santiago por el obispo Teodomiro y la inteligente iniciativa del obispo Gelmírez -viajando hasta Roma para solicitar fuese declara Sede Metropolitana la Catedral de Compostela- el Papa Calixto II se sumó a la propuesta, y decidió enviar a un clérigo galo, Ayneric Picaud, para que redactase el primer libro de viajes conocido, el Codex Calixtinus. Con el consiguiente beneficio para los reinos hispanos se menciona: «He aquí los nombres de algunos constructores que durante el mandato del arzobispo compostelano Diego, de Alfonso, Emperador de España y de Galicia, y del Papa Calixto II, movidos por devoción y amor a Dios y al Apóstol, reconstruyeron el Camino de Santiago desde Rabanal a Portomarín, antes del año del Señor de 1120, durante el reinado de Alfonso, rey de Aragón y de Luis el Gordo, rey de Francia: Andrés, Rotgerio, Alvito, Fortus, Arnaldo, Esteban y Pedro (Deustamben), que reconstruyó el puente sobre el Miño, destruido por la reina Urraca; que sus almas descansen eternamente en paz».