Se sabe que existieron ferias de ganado en los barrios de San Lorenzo y Las Ventas. En el siglo XIV alcanzaban la Era del Moro. Aprovechando una donación de Alfonso XI la compraventa de ganado pasó a las inmediaciones de las murallas de San Isidoro hasta mediados del siglo XIX (algunas fotografías antiguas recogen a vendedores de ganado con la colegiata de fondo). Con el tiempo, el mercado acabó extendiéndose al contorno de la Avenida Ramón y Cajal. En 1927 se trasladó a La Corredera, liberando a los habitantes del centro de una actividad que les resultaría seguramente insalubre y molesta. A mediados de los años cincuenta entraba en funcionamiento el de la Chantría en la Avenida José Aguado. En 1978, se inauguraba el actual, un recinto cerrado, en la carretera de Vilecha, apartado del casco urbano (una práctica desarrollada al aire libre hasta entonces, una estampa costumbrista menos). Sus ferias de ganado equino del mes de febrero, San Juan, Todos los Santos y de San Andrés – referente esta última a nivel nacional – son unas de las más importantes de España, como indica una página web del Ayuntamiento.
Al preguntarme por qué relaciono la imagen del Quijote con el Mercado de Ganados de la Chantría encuentro una posible explicación. Inconscientemente debo asociar al caballero de la Triste Figura con mi tío Eliseo, propietario de gaseosas 'El Cuco' y transportista de mercancías varias, desde vino a piensos. Puntual en la cita semanal de los sábados con la capital para traer y llevar ganado, un trabajo extra que contribuía a redondear sus ingresos. Un hombre ocurrente, con un rico repertorio de anécdotas, que me permitía, en ocasiones especiales, ser testigo de sus actividades en el viejo mercado. Su negativa a asociarse con otros fabricantes de gaseosas, cuando las ventas empezaron a disminuir, demostraba su vena quijotesca, una pérdida del sentido de la realidad, solo disculpable por ese, tan español, orgulloso sentido de la independencia. Perdió su batalla, como la perdió don Quijote, y su negocio entró en un triste declive hasta que le llegó la edad de la jubilación, merecido descanso a sus muchos afanes.
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