Son las siete y media de la mañana de un día de finales de junio. Haces el camino diario hasta tu puesto de trabajo en Puente Castro y una patrulla de la policía local detiene tu vehículo y te ordena que dejes libre la calzada en la avenida de Madrid por la que circulas. No entiendes a qué obedece aquella parada intempestiva hasta que, en la distancia, distingues con asombro un enorme rebaño de ovejas que se acercan, con paso tranquilo y parsimonioso hasta donde te encuentras. Se trata de uno de los rebaños que en esta época cruzan la ciudad por las avenidas de Fernández Ladreda y Portugal, en dirección a los prados de Babia y Luna. Cuenta con cerca de 1.800 ovejas. A su cuidado, solo dos pastores, situados uno en cabeza del rebaño y otro al final del mismo que caminan en silencio observados por los vecinos. Los perros, mastines y careas, mantienen unida tan extraña caravana, obedeciendo con inmediatez las órdenes de los pastores. Sin darte cuenta estás presenciando un ritual, practicado de forma inmemorial en la península ibérica por el cual los rebaños de ganado de las dehesas del sur, principalmente extremeñas y manchegas, emigraban, a principios del verano, a los pastos de la montaña leonesa, donde la hierba era verde y tierna, para volver a su tierra de origen a comienzos del otoño.
Has tenido el privilegio de asistir a una de las escasas y últimas manifestaciones de la trashumancia leonesa, actividad venida a menos, muy lejos de la importancia que estos movimientos pecuarios tenían en la antigüedad. Hoy son escasos los rebaños de ovejas y cabras que transitan a pie estas vías inmemoriales. El escaso ganado vacuno que sigue pastando en verano en nuestros montes, llega a ellos en camión haciendo el trayecto mucho más corto en tiempo y reduciendo los riesgos de viajes tan penosos y prolongados.

La trashumancia nace en la Península Ibérica en el Neolítico, cuando el hombre descubre la ventaja del aprovechamiento intensivo que podían dispensarle los animales de su entorno, propiciada por la orografía y el clima de nuestro país, con inviernos fríos y lluviosos y unos veranos abrasadores, copiando costumbres migratorias de los animales salvajes.
Antes de que la tierra, calcinada por el sol perdiera la escasa hierba con la que alimentaban a sus rebaños, los antiguos pastores de las dehesas del sur emprendían un largo y penoso viaje hacia el norte donde encontraban frescos prados en la montaña leonesa.
Es a partir del siglo XIII cuando la trashumancia consolida su existencia jurídica. Se establecen los itinerarios, el régimen privilegiado de las normas que regulan su uso, al amparo de la protección real, que con el auge del monopolio de la lana configura un sistema ventajoso no solo para los propietarios de los rebaños, sino también para la Corona como forma eficaz de recaudar impuestos. Nace así en 1273, bajo la protección del rey Alfonso X el Sabio, el Honrado Consejo de la Mesta de los pastores de Castilla, que unió en una sola organización a los pastores de León y Castilla a quienes se les concedió privilegios como la exención del servicio militar, derechos de paso y pastoreo en las cañadas reales y la exención de testificar en juicios. Posteriormente el rey Alfonso XI y los Reyes Católicos ampliaron los privilegios de la Mesta, estableciéndose las anchuras de los distintos caminos ganaderos a la vez que se dotó a esta organización de tribunales propios y sistema de recaudación autónomo.
A partir del siglo XVIII la trashumancia y la organización que la mantenía sufre un progresivo declive, fundamentalmente por el descenso en el precio de la lana merina y los cambios políticos y sociales que ven en este sistema de privilegio a los pastores incompatible con el ideario liberal. Desde entonces la trashumancia se ha producido atendiendo intereses de carácter privado de los propietarios de los rebaños, ayudados por la inercia de su detallada regulación.

Históricamente se reconocen nueve grandes cañadas que surcan la península en paralelo de norte a sur. De ellas, dos atraviesan tierras leonesas. Se trata de la Cañada Real Leonesa Occidental que une los pastos de Babia, Laciana, La Tercia, Riaño y San Glorio con las dehesas extremeñas pasando por las provincias de Zamora y Salamanca y la Cañada Real Leonesa Oriental recorriendo una distancia de más de seiscientos kilómetros. La otra es la Cañada Real Leonesa Oriental, la más larga de las nueve cañadas reales principales con más de 750 kilómetros. Nace en los puertos leoneses de Tarna, con los valles de Riosol, Maraña y La Uña y se extiende por los valles contiguos del río Esla hasta los puertos de El Pontón y San Glorio a través de cordeles y veredas. Termina en la provincia de Badajoz después de atravesar las provincias de Palencia, Valladolid, Segovia y Ávila.
Sirviendo de nexo entre las dos cañadas principales, por tierras leonesas discurre la llamada Cañada de La Vizana que sigue en parte el antiguo trayecto de la vía de la Plata.
Las cañadas principales a las que se dotó con una anchura de hasta 75 metros, en su inició y su final se disuelve en numerosas ramificaciones siendo las principales los cordeles, con una anchura de hasta 37,50 metros y las veredas de hasta 20 metros.
Pero la trashumancia no es solo un sistema económico que trata de rentabilizar las explotaciones ganaderas, que impide el agotamiento de los pastos, facilita el abono de los prados y propaga una diversidad vegetal, sino que la permanencia durante siglos de ese trasiego humano ha dado origen a una mezcla cultural de las regiones afectadas. Con los pastores extremeños venía su forma de ver el mundo, su alimentación, sus tradiciones, las canciones y bailes de su tierra y se encontraban en nuestros montes otra forma de vivir, de entender la supervivencia, mezcolanza que producía un enriquecimiento mutuo.
La llegada y la despedida de los rebaños resultaba un acontecimiento que se celebraba con grandes fiestas. Se reunían en puntos concretos de la montaña para poder hacer el camino en grupo para mayor seguridad. De estas fiestas existe memoria en muchos pueblos de la montaña leonesa y tenían especial trascendencia las que se producían en los altos del puerto de Pandorado y las que se realizaban entre los rebaños que utilizaban la Cañada Real Leonesa Oriental que en la actualidad se conmemora con una fiesta de la trashumancia en Prioro, en la segunda quincena del mes de junio.
No es una historia escrita la de los pastores trashumantes. Con el paso del tiempo ésta ha quedado diluida en modestas construcciones como los chozos y brañas arruinadas en las laderas de los montes. Hay excepciones, que nos permiten constatar, materialmente la realidad de aquella vida pendular, unida a las estaciones. Por ello, quiero hacer una mención especial a la tradición trashumante en la localidad de Beberino, un pueblo pequeño en las estribaciones del puerto de Aralla y el Alto de San Antón, con proyección a los pastos del valle de la Tercia.

A Beberino acudían los numerosos rebaños de ovejas, cabras y ganado vacuno del poderoso monasterio de Nuestra Señora de Guadalupe. Hasta el siglo XIV el monasterio fue regido por un priorato secular dependientes del obispado de Toledo y a partir del año 1389 se hace cargo del mismo la Orden de San Jerónimo.
La importancia de este enclave para la trashumancia del ganado de los monjes se constata con la existencia en la calle Real, de un sólido edificio dedicado a ropería del monasterio, que ocupaban los monjes que acompañaban a los pastores y rebaños y que proveían de alimento y enseres durante los meses de verano. En una casa contigua a la ropería, se puede observar una placa de cerámica con la imagen de la Virgen de Guadalupe.
Hasta mediados del siglo XX, se producía en León una trashumancia de una escala menor. Se trata de la denominada trasterminancia que consistía en un movimiento ganadero, por las vías pecuarias señaladas, de menos de cien kilómetros. Los movimientos de ganado se producían, por lo general, en ganaderos del Páramos y de Tierra de Campos, que llevaban sus rebaños, durante el estío, a los verdes prados de la montaña.
Conozco a través de amigos que cuando eran pequeños hacían esta itinerancia de manera inversa, acompañando a sus padres en estos penosos viajes. Se trataba de un grupo de veinticinco pastores de las zonas de Robledo de Caldas que, durante el invierno trasladaban sus rebaños hasta el Órbigo, alquilando casas en Gavilanes, Turcia y Sadornedo. Llegando la primavera se distribuían por las comarcas de Babia o Luna y todos los puertos de montaña del norte, llegando hasta Tarna y el Pontón. Eran rebaños de unas quinientas ovejas, con un pequeño grupo de cabras que los pastores utilizaban para su propio avituallamiento, y en casos de partos dobles, utilizaban su leche para suplementar la alimentación de los corderos recién nacidos.
Otro amigo me relata su experiencia en la trasterminancia con su padre, a mediados del pasado siglo. Su familia vivía en la zona de Manzaneda de Torío y en primavera subía con sus veinticinco o treinta vacas a la zona de Vegacervera. Recuerda que alquilaban una casa en Tabanedo y desde allí recorrían los prados próximos hasta el Valle del Marqués, y como antes de volver vendía sus animales, bien alimentados en el mercado de ganado de Cármenes.
Esta trashumancia interior producía además numerosos matrimonios entre gentes del llano y la montaña y las familias afectadas conservan, con orgullo, aún hoy, la suerte de esta mezcolanza entre leoneses de distintas comarcas.
Es el momento de detener el reloj y antes de que la trashumancia desaparezca para siempre, hacer un esfuerzo por recuperar para todos estos caminos seculares amenazados hoy por las usurpaciones a las que se ven sometidos por los propietarios de las fincas circundantes. Señalizarlos convenientemente, mantener su integridad hasta la última de las veredas, fijar en la memoria colectiva el sentido de su existencia y ponerlos a disposición de los ciudadanos es una tarea que las administraciones no pueden eludir.
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