Tiraron la casa donde vivía el dolor

Era la Casa del Vasco, pero para varias generaciones era la casa donde se refugió su dueño cuando un carro mató a su niña de solo 10 años

16/08/2026
 Actualizado a 16/08/2026
Imagen del derribo de la casa, del entierro de los recuerdos. | L.N.C.
Imagen del derribo de la casa, del entierro de los recuerdos. | L.N.C.

El martes tiraron la casa de El Vasco, antes de que se hundiera. Pero no tiraron una casa, tiraron una historia, no quedaron en el suelo escombros, quedaron recuerdos.

No se si El Vasco era vasco, creo que no. Le llamaban así porque era de rompe y rasga, de los de palabras contundentes en el bar, de los de meter miedo a los guajes.

Hasta que un día ocurrió. Aquel suceso marcó a una generación, mejor a dos, y permaneció en los recuerdos y las conversaciones hasta hoy, sesenta y cinco años después.

Era el día de Santiago, la fiesta del pueblo. De buena mañana El Vasco fue a cargar en el carro un viaje de hierba para no dejar nada pendiente en las celebraciones que se acercaban; y llevó con él a su hija Begoña, una niña de 10 u 11 años. Ya de regreso, subiendo una cuesta, algo ocurrió. El caballo que tiraba del carro se asustó o se encabritó… el caso es que el carro se soltó, echó a andar por la puesta y atrapó bajo sus ruedas a la niña.

Cuentan que aquel hombre de rompe y rasga la cogió en brazos, la llevó corriendo hasta la mesa de don Avelino, el médico, alrededor de un kilómetro que se le había hecho eterno, y posándola le pidió desesperado: "Sálvela, por Dios, sálvela".

Pero no era posible, ya no había vida en aquel cuerpo de ángel.

Otra imagen del derribo de la casa
Otra imagen del derribo de la casa. | L.N.C.

Cuentan que aquel hombre jamás, nunca antes, había dicho "por Dios".

Aquella mañana también murió, de alguna manera, aquel hombre de rompe y rasga. Ni una voz más. Ni una palabra más alta que otra en el bar porque ya no iba al bar. Dicen que no volvió a salir de casa más que para trabajar, que pasaba los días sentado en el escaño, mirando al cielo por la pequeña ventana que apunta a Bodón.

"Le mató el dolor". El mismo dolor que decían que se le había quedado reflejado en su cara para siempre.

Y los chavales, a escondidas, cuando veíamos su silueta en el ventanuco, nos asomábamos para intentar ver la cara que tiene el dolor. Una mirada que duraba hasta que él miraba de reojo y marchábamos corriendo. Ya a salvo, en la lejanía, le hacíamos la pregunta al que aquel día había mirado: "¿Le viste la cara del dolor?".

  • No.

Habría que volver otro día, volvería a ocurrir lo mismo. El dolor no tiene cara, concluimos.

La ruindad humana de quienes quisieron achacar el accidente al hecho de trabajar en día de fiesta tampoco tiene cara, eso les salvó de la ignominia de llevarla puesta cada día.

Cada piedra que tiraba la máquina era un renglón de recuerdos.

Todas las piedras juntas son una tumba con un epitafio: "Aquí yace el olvido y está enterrado el dolor".

Descanse en paz.

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