Le llamaban RECRISTA, como si le viniera del bautismo, porque en todas sus conversaciones utilizaba esta muletilla como si toreara un morlaco o rezara una jaculatoria. Así es que Recrista por aquí y Recrista por allá. Y con Recrista se quedó hasta que le dieron tierra.
Cuando se encontraba con el Alipio, le espetaba:
– ¡Oyes, recrista, mira a ver, que las boñigas de tus vacas bajan en cascada por la calle y tengo que poner un tablón a la puerta para que no se me metan en el portal.
Y, si se topaba con el Alcalde Pedáneo, le decía a la cara:
– ¡Pedáneo, llama al orden al Acisclo, que no acude a ninguna hacendera por más que los caminos sean de todos, ¡recrista!
Y al Prudención le decía, apuntándole con el índice:
– ¡Cagüen crista: cuando saques las patatas de la Linar ten en cuenta el mojón con sus ‘testigos’, y que el surco lindante es mío.
¡Yo también como, recrista, yo también como! Voy a tener que poner en la linde un espantajo.
Y, hablando de su conjunta, le daba un repaso de escuela y le decía a los otros:
– ¡Recrista, la mi Fortunata, como si la hubieran hecho a hacha. No hay manera de que me planche la camisa de los domingos: o me eche unas rodilleras curiosas a los pantalones de pana. ¡Recrista con ella!
En lo que sí se ha modernizado es en el uso del móvil ese. ¡Oye, tú, que duerme con él y no conmigo! ¡Qué penitencia, recrista, qué penitencia!
En la tertulia de la bolera el tío Recrista les contaba a los otros lo de aquella vez que había traído del monte un buen carro de leña y lo estaba descargando a la puerta de casa. La cosa fue que se presentó la Fortunata, puso las manos en jarra y comenzó a ofender con que aquella leña no valía ‘pa nada’.
Fue entonces cuando el Recrista echó un recrista como un peñasco y se puso a echar otra vez la leña al carro. Y le dijo a la ofensiva:
– ¡Recrista, Fortunata, como no te gusta, la llevo otra vez al monte donde la atropé. Si quieres calentarte el trasero, vas en casa de la vecina y te espatarras delante de su lumbre.
Y así quedó la cosa, porque «dos no riñen si uno no quiere».
Cuando las gallinas del vecindario le escarbaban el huerto y le comían las lechugas, pues...
– ¡Cagüen crista, la madre que vos parió y la dueñas que vos da suelta!
Y las apedreaba hasta que le dolían los pulsos y se le secaba la boca.
Menos mal que el Párroco le reconvenía de buenas maneras, pues le decía:
– Recrista, voy a tener que lavarte la boca con salfumán. Pero lo que tú necesitas es que te bautice de nuevo. De no hacerlo así, vas a ir de cabeza a los infiernos.
Pero, como la sangre no llegaba al río, se echaban juntos un cigarro de petaca y ¡aquí paz y después gloria!
Y el tío Recrista seguía con su recrista calle arriba y calle abajo, por más que hasta los niños le llamaran Recrista.
¡Pues que así sea y amén!
El tío Recrista
Por Saturnino Alonso Requejo
06/07/2025
Actualizado a
06/07/2025
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