«Decidimos dedicar nuestro tiempo a plasmar en imágenes aquel mundo que inexorablemente desaparecía; llevándose con él, además de la dureza del trabajo, unos conocimientos muy valiosos y una manera de estar en el mundo que se perdían también para siempre. Empezamos a interesarnos por los objetos artesanales y a valorar no solo sus cualidades de uso sino también, y de manera especial, la armonía y la belleza de sus formas y sus vínculos profundos con la naturaleza». Así explica Puri Lozano —suya es la voz que da vida a las ideas compartidas con Miguel Sánchez— cómo nació el proyecto ‘Entre manos. El latido del tiempo’, con una mirada doble sobre un buen número de artesanos leoneses, a los que de un lado perpetúan en fotografías ‘marca de la casa’ y por otros los llevan a un documental con el mismo título y que ahora mismo se pueden disfrutar en el Museo de la Industria Harinera de Castilla y León (Mihacale) de Gordoncillo, donde fueron inaugurados hace un par de semanas. El doble proyecto se convierte en triple si damos fe de que fotos y textos, con el documental en una tarjeta USB ha tomado también forma de libro. El título no es necesario aclararlo, como en los viejos refranes «ya lo he dicho». El subtítulo, El latido del tiempo, es una bella definición, digna de quien la hizo, el premio Nobel de Literatura Octavio Paz.
Y por el documental, la exposición y el libro van desfilando imágenes e ideas de Manuel Criado, Martín Cordero, José Ares, Magín Díaz, Sinforiano González, Ceferino Carrera, Jaime Argüello, Federico Otero, Maribel Guerra, Isidro García, Maximino Martínez, Miguel Pérez, Pedro Lamas, Pumarego... y sus pueblos, esparcidos por toda la provincia, de San Miguel de Laciana a Pereda de Ancares, pasando Valdespino, Villar de Acero, Montrondo, Manzaneda de Omaña, Soto de Valdeón, Sardonedo, Nogar, Matalavilla, Murias de Paredes... Manos que hablan y dan vida a madreñas y galochas, navajas, cestas, maniegas, barriles, escriños, trébedes, tenazas o calcetines, por citar algunos. Barro y madera, mimbres y lana, hierro y centeno trasformados en objetos útiles por artesanos que, en algunos casos, ya han fallecido, pero sus obras viven, muchas en el trabajo —los trabajos— de Miguel y Puri.

Los trabajos. Y la sabiduría que nos regalan mientras laboran.
- Para que un cesto salga bien hay que cortar las varas en el mes de marzo, en menguante. Se dejan unos día para que suavicen. Eran muy abundantes, ahora ya no, porque nadie corta las varas y para que sirvan hay que cortarlas todos los años o se estropean; explica Magín mientras teje un cesto; pero no es lo mismo en la alta montaña, donde los tiempos, forzosamente, son diferentes, como bien cuenta Maribel Guerra, de Soto de Valdeón, mientras se afana con un cesto de patatas, el más utilizado en su tierra. «Aquí en Valdeón se recogían las mimbres en el mes de agosto (cuatro meses más tarde que en el llano), porque decían que era cuando más calidad tenían. Después se utilizaban los cestos para recoger las patatas, en octubre o noviembre, que era cuando se hacía esa faena en este valle».
Pero no solo tienen sus tiempos los elementos utilizados, las propias mimbres ofrecen diferentes posibilidades: «Trabajamos con mimbre pelada, para hacer barriles, sin apenas utensilios; a base de destreza y paciencia. Hay dos formas de trabajarlas, con las tiras de mimbre cocidas o no». Y así Javier Robles, en el Porma (Vegaquemada), las cuece y «el barril sale dorado y más oscuro»; mientras que Isidro García, en la ribera del Órbigo (Sardonedo), «las usa crudas, como le enseñó su padre». El barril es más claro. Los barriles de mimbre no se rompen, se les pone una capa de barro y se rellena de pez caliente y líquida. «La pez es una antigua resina muy útil para recipientes estancos».
Sin embargo el valor va más allá de las formas, los materiales... el antropólogo José Luis Alonso Ponga lo tiene claro. «El producto artesano es hijo de un conjunto de valores cuya comprensión es necesaria para percibir los objetos de lo contrario nos quedamos en la periferia formal. Miguel y Puri nos ofrecen un nivel superior al que habitualmente estamos acostumbrados en las fotografías que solo buscan la estética».
Más allá de la estética, que también, va el recuerdo de personajes irrepetibles, como José Ares Blas, el herrero de Valdespino de Somoza. Nos queda en este trabajo la memoria de quien fue herrero hasta más allá de los 90 años. «Prendió el fuego desde los 13 años con su abuelo y su padre; fue maestro en la Escuela de Oficios de León y trabajó en su fragua hasta el último día»; siendo además aquella vieja construcción un ejemplo de otro elemento fundamental en la vida comunal de los pueblos que conservan alguno de los viejos oficios. «La herrería de José era filandón, al calor del fuego de su trabajo». Él fue quien calzó a las caballerías, quien hizo las rejas de los arados, «quien colocó en las casas los picaportes y bocallaves e, incluso, las bellas balconadas que te iba enseñando al recorrer las calles del pueblo». Historias que van desapareciendo y solo permanecen en lugares como la herrería de Compludo.
Las madreñas y toda la artesanía de la madera son otro fascinante mundo. «Usamos maderas de grano fino, como la de urz; fumeiro, que es el aliso; plágano, que es nudo de arce: el haya. Es buena la madera de abedul, cortada en verde, en el menguante de enero —’corta tu madero en el menguante de enero’, dice el refrán— o, en general, en los menguantes de invierno. Vamos usando el tronzador, machao o hacha grande para desbastar; azuela para perfilar la forma y los barrenos para ir ahuecando o furando… Después de furar, se las deja curar y se les pasa el raseiro, para afinar la superficie y en algunas zonas después se barnizan. Yo las tallo, las dibujo, con cuchillo y gubia. Y después se fuma, se ahuma, con la corteza del abedul para que quede más curiosa y protegida».

Ya no quedan madreñeros en la provincia, aunque algún artesano las sabe hacer. Como de los 200 alfares que hubo en la comarca de Jiménez de Jamuz ya solo resisten cuatro...
José Antonio Álvarez sigue haciendo las castañuelas de los danzantes de Laguna de Negrillos; Ovidio García crea las castañuela lacianiegas, «de pieza grande y sonido a madreña»; quien nos regala una certera definición del material que talla: «La cualidad de la madera es la nobleza, siempre te responde, desde el conocimiento previo. Tiene calidad y calidez».
Cada uno de estos artesanos, y muchos más que desfilan por el documental y la exposición, guarda los secretos de un oficio pero también viejos saberes, sabiduría para dar y tomar. Escucha a Maximino Martínez Panizo. «Tengo 90 años y 13 ovejas. Los calcetines los hago de las ovejas mías, con un hilo blanco y otro negro, que les llaman rucios aquí. Yo aprendí a hacer calcetines de las personas mayores, a los 10 u 11 años, los llevo a Luyego de Somoza, he llevado 105 o 108 pares, me los pagaban a 30 pesetas el par».
Para finalizar una petición, de Elu Fraile, que hace escarpines en Matalavilla. «No pido mucho, solo que pongan un poco más de empatía».