Poco más identitario de los toros en León habrá que pedir el rabo para un torero, que el presidente saqueel pañuelo azul y pensar que se lo ha dado. Eso fue exactamente lo que pasó al término de la corrida, cuando Talavante firmó una faena correcta al sexo de la tarde. Un año más, la fiesta y las ganas de sacar al torero por la puerta grande ganaron la batalla en León, que a su vez registró la mejor entrada de los últimos tiempos: se rozó práctimanente el lleno y solamente se veían butaca vacías en las filas más altas del tendido. Esa es la principal noticia y éxito de la caorrida: constatar que León se sube también al carro de los toros que tan de moda están ahora en otras zonas de España.
En lo que al ruedo respecta, los toros valieron en mayor o menor medida más allá de no estar sobrado de fuerzas. Permitieron el lucimiento tanto a Sebastián Castella (que cortó dos orejas, una a cada toro) y al extremeño (desorejó a su lote), no así a Morante, al que le cayeron los toros más sosos y que aun así dejó de los detalles más toreros del conjunto de la corrida. Por encima de todos destacó el tercero de Hermanos García Jiménez, con un gran pitón izquierdo y reseñable recorrido, ritmo y bravura. De los seis que salieron -no se devolvió ninguno- fue el mejor, a pesar de que por el derecho se llegó a parar y bajaron las pulsaciones de una faena que por momentos alcanzó cotas de bravura muy altas.
Con todo, con diez minutos de retraso y una vez galardonado Morante de la Puebla por la propia Plaza de Toros de León por su actuación el pasado año, salió Principal por toriles, un toro negro por completo que antes del primer puyazo ya tenía la lengua fuera. Apenas se empleó en el caballo y pasó sin ton ni son en banderillas. Menos mal que la garbosidad de Morante relució por un momento cuando quitó por chicuelinas, pues dos de ellas fueron verdaderamente encomiables. De las que no se olvidan. Cogió rápido la zurda con la muleta tras probarle por ambos pitones y comprobar que en ambos cabeceaba acusando su poca fuerza. El sevillano no le apretó en ningún momento, lo que facilitó que el animal siguiese el engaño de forma ordenada, obediente y sin poner en apuros al matador. Recto siempre, templado y con la muleta a media altura, el cigarrero fue capaz de arrancarle una oreja con una estocada trasera y un tanto tendida. Palmas para el toro.
En su segundo León pudo saborear un poco más de esa rareza que posee. De esa extraña naturalidad e increíble improvisación que le hace diferente a cualquier otro torero. Amargo llevaba por nombre y todo lo que podía tener de amargura se lo quitó el cigarrero con tres faroles con el capote. Era una cabrilla, todo hay que decirlo, a la que se le protestó especialmente el puyazo, pues el picador sobrepasó las rayas de picar y el público, que no afición, entendió que eso es trampa cuando en realidad en ese caso el actuante tiene más riesgo de ser derribado. Sea como fuere, destacó Juan José Domínguez en la lidia como prólogo a un inicio de Morante sentado en el estribo, dando rienda suelta a su imaginación y soplándole en un plamo unos cuantos ayudados por alto: «Es que es un puto genio», decía una chica en el tendido 1. En los medios, cosa rara en él, lo llevó cosidito a la muleta, a media altura y cuidando los tiempos entre tandas para que recuperase. No le duró mucho, pero el final... Vaya final se marcó. De frente, a pies juntos y con la muleta al natural, Morante le recetó varios naturales que abandonó detrás de la cadera y a los que el toro, lamentablemente, hizo caso casi omiso. Pinchó dos veces, clavó una estocada y saludó una cariñosísima ovación de agradecimiento a lo que significa.
Firmeza de Castella
El segundo matador de la tarde fue Sebastián Castella, que cortó una oreja a cada uno de sus dos toros y dejó una dignísima imagen ante dos toros que tampoco dieron para mucho más. Su primero, Carcelero de nombre, llegó a meter riñones en el caballo aunque tampoco le exigieron gran cosa. Se pudo estirar previamente a la verónica y a unas ajustadas chicuelinas en respuesta a las que había realizado Morante. Si aquellas habían sido templadas y jugando con los vuelos, estas del francés fueron más ceñidas y arrebatadas. A Carcelero no tardó Castella en cogerle el aire, esa altura determinada, y ninguna otra, en la que el toro te responde. Anduvo justo de fuerzas, sí, pero al igual que sus hermanos tuvo fijeza y nobleza. Requería a pesar de ello todo con extrema suavidad, cosa en la que Castella es capital general cuando quiere, y acabó por rendir en unas cercanías a las que el francés se quiso abonar para calentar al respetable y rascar su primer apéndice. A pesar de que el tercero marró tres veces con la puntilla posterior a una estocada honda y un pelín atravesada, el presidente condedió el premio tras petición. El toro recibió aplausos en el arrastre.
En su segundo, que hizo quinto en la tarde, brindó a un público que a la salida de este animal se fue por peteneras acordándose del presidente del Gobierno de España. Ya se puede imaginar usted con qué frase. Más allá de eso, Castella trató de fijar al toro en los primeros compases del trasteo quedándose quieto, dejando la muleta fija y obligando al toro en ochos a ir y a venir. Mandó esa diestra que tanto destaca en él, templó al toro a base de bajarle la mano a veces y llevándole largo en línea recta para no abusar. Al igual que en su primero, se pegó un arrimón, esta vez por circulares. De los tres fue el que más se la jugó. Se ganó el triunfo a pulso, ciñéndose a los dos toros y abrochando a este último la faena por bernadinas. Le clavó media estocada, aunque se levantó y tras aguantar un rato, se volvió a tumbar. Oreja y palmas para el toro.
Talavante, a revientacalderas
Talavante venía con la flechita hacia arriba y el sorteo le sonrió aún más. Un Fandanguero y un Derribado le habían tocado en suerte, dos destacadas reatas en la ganadería de Matilla que no dejaron indiferente a nadie. Su primero, tecero de la tarde, fue el responsable de los primeros olés sinceros de toda la corrida hasta entonces. Fue insulso en el capote y no dijo mucho en el caballo, pero en el segundo tercio se volvió desordenado y hasta gazapón, incluso. Boca abajo puso el extremeño la plaza con un inicio de rodillas mientras se sacaba al toro por la espalda y el toro advirtió desde ese momento todo lo bueno que tenía, que era mucho. Recorrido, ritmo, clase, codicia y hasta bravura. Solamente por el izquierdo, eso sí, donde hubo momentos de gran nivel.
El sexto toro hizo caer en la locura a toda la plaza. Derribado se llamaba, anovillado por todas partes y al que Talavante también le recibió con faroles. Estuvo correcto, sin dejar una tanda rotunda de las de verdad, de las suyas, pero que caló en el público, ya pensando en la cena que les venía tras ese pasaje. Una faena cimentada por ambas manos con el toreo clásico que temrinó por sucumbir y a la que el respetable acabó pidiendo el rabo.