Puede que La Taberna sea León en su máxima expresión. Símbolo de tradición, cercanía y calidad, se alza como un ‘must’ en muchos leoneses a la hora de salir de vinos por el casco histórico de la ciudad.
Cuenta con una personalidad tan arrolladora y una identidad tan marcada que ni siquiera hace falta entrar para saber el tesoro que hay en el número 17 de La Rúa, pues desde la calle se aprecia a la perfección la cabeza de toro disecada y, más al fondo, a Nuestro Padre Jesús Nazareno en su antiguo trono, por no mencionar los carteles, las medallas y los pequeños detalles que recargan sus paredes.
De la decoración de La Taberna y de todo lo que ello entraña se podría hacer una trilogía y para algunos eso es, incluso, motivo suficiente para ser habituales del lugar. Pero lo que realmente realza tanto al bar como al restaurante es el trato al cliente y la calidad del producto con el que se trabaja.
Comandada por Vicente, hay dos cosas que no se negocian: todo el que entre por la puerta será conocedor, primero, del vínculo que por alguna extraña razón se genera entre las gentes del local y, en segunda instancia, que La Taberna no es solo fachada. Puede que su decoración no guste a todo el mundo, pero lo que no tiene debate es, sin ninguna duda, que allí precisamente mal no es que se coma. Y eso desarma cualquier argumento en su contra.
Muestra de ello son sus ancas de rana y sus mollejas, con las que, por cierto, y parafraseando a Leo Harlem, se corre el peligro de perder el reloj mojando el pan en su sabrosa salsa. No se quedan atrás su cecina de chivo y su ensalada de pimientos y tomates picantes de la huerta. Una delicia.
Es, en definitiva, un sitio para ir y disfrutar, para tomarse una caña en su singular barra u organizar una cena en su acogedor comedor. Frente a lo moderno: La Taberna.