«Y vinieron veinte carros de asalto, cuatro de explosivos, un camión de la perrera, un destornillador para aflojar los grillos, máscaras antigases, carros autobombas, sesenta mil mangueras para aplacar el humo blanco de su blanca bandera.Le aplastaron la casa barata y chata, le expropiaron al perro puntiagudo con alma de felpudo. (...) El loco de la vía reía todavía y gritó ¡libertad! con su voz que dolía».
Cada vez que veía a Salva Armesto y la perra Paca (el 90% de las veces en uno de sus bancos favoritos, de la calle Jovellanos en San Mamés) me acordaba de esta vieja canción que hace 40 años compuso Rafael Amor para un cuerdo al que la sociedad quería loco, ‘El loco de la vía’. Sus delitos eran que molestaba su mirada, leía y, sobre todo, sonreía ¿Porqué sonreía si no debía tener motivos?
Muchas veces se lo conté. Se bajaba en su móvil la canción... y sonreía. Tenía todas las papeletas para ser el loco cuerdo de la vía, más bien de San Mamés, la Palomera, León... «Leía, fumaba, miraba y sonreía». Y su perra Paca escuchaba. Demasiados delitos como para que no apareciera alguien capaz de golpear donde más dolía, en Paca. Y fue declarada potencialmente peligrosa, arrestada casi como cuenta la canción.
«Tenía una mirada suburbana entre verde y cansada y aunque veía parecía que ya no miraba. Y, claro, como no pedía».
Ayer, cuando se supo de su muerte, en el barrio alguien colocó en este banco de Jovellanos una rosa. Una niña regresaba del colegio, seguramente algún día jugó con Paca, y cogió la rosa. Su madre le mandó posarla: «Déjela que se la lleve, nada hará más feliz a Salva». La niña sonrió, como Salva, y la llevó.
Porque Salva, que no pedía —bueno, algún cigarro, y pagaba con una sonrisa— siempre pensó en generosidad: Era un maestro de las pompas para meter dentro a los niños, soñaba cada día proyectos solidarios, ilustró los depósitos del agua y se los borraron de manera cruel, ofreció salidas para los sin techo y no los quisieron leer, hasta ideó un recordado proyecto para que Guzmán dejará de ser esa escultura que te invitaba a irte —«si no te gusta León, ahí tienes la estación»— y en su grafiti se leía: «Bienvenidos señores. Vuestra es la casa, la piedra natural, la luz vertida... comed su pan, vivid su palabra». Él fue coherente y se quedó cuando hace más de veinte años llegó a León desde las minas de Laciana y desde la vida.
Por cierto, el Guzmán de esta obra hecha cuadro se lo regaló a todos aquellos que en su día colaboraron para recuperar a su perra Paca cuando se la expropiaron. Y es que nadie más agradecido que Salva con quienes sí le acompañaron en sus sueño, en su boca estaban siempre Marcelino, Luis García... Y sonreía para no recordar a los que le miraban como ‘el loco de la vía’.
Era libre, sospechoso por sonreír, conversador, silencioso y siempre artista. En Gordoncillo lució su Aparicio, en San Martín de la Tercia el aúla central de su gran exposición tenía un nombre: Salva Armesto. Solo son sus últimas presencias artísticas, hay mil más.
El martes se apagó, tan en silencio que casi no se llega a saber. Nadie reclamaba su cuerpo porque así es la vida y si se llega a presentar Paca se volvería a repetir la escena: «le expropiaron al perro puntiagudo con alma de felpudo».
Si hubiera dejado pensada su esquela, que no lo hizo, estoy seguro que diría algo así: «Su viuda, la perra Paca, ruega una sonrisa por su alma». Su misma inquietante sonrisa.