Cuando Manu Cortés se levantó este sábado, 29 de noviembre, para disputar un partido de balonmano, su deporte y su pasión, no le recordó a su padre los veinte meses de calvario que había pasado para superar la gravísima enfermedad que le habían diagnosticado en julio de 2024, cuando estaba con la familia en la playa. Este sábado le dijo: “Papá, hace 537 días desde que jugué mi último partido con el Ademar”.
Y es que el balonmano, su pasión, había sido fundamental para superar su largo calvario; y hacerlo con una actitud realmente heroica (no es ninguna exageración), siendo él quien muchas veces animaba a sus desolados padres y a su hermana. Lo recuerda uno de ellos, Manuel Cortés Blanco, médico y escritor. “Manu fue diagnosticado de una enfermedad muy grave que, además, requería un durísimo tratamiento con un trasplante de médula ósea, que requirió de unos 200 días de ingreso en una habitación de aislamiento en el Hospital La Paz de Madrid.Desde el primer día, su sueño era volver a jugar a balonmano. Ése fue uno de sus principales alicientes y la principal razón por la que nunca perdió el ánimo ni la sensación de que todo iría bien. En aquella habitación seguía los partidos del primer equipo del Ademar y los de sus compañeros cadetes —quienes realizaban cada calentamiento portando camisetas de apoyo para Manu— entrenados entonces por Luis Puertas”.

Y este 29 de noviembre, 537 días después, Manu saltó a la cancha con su Cadete del Ademar, entrenado ahora por Rubén Rozada, para medirse al Balopal Palencia. La gran victoria, la de la vida, ya estaba materializada. En la grada una emocionada madre, Transi Domínguez, incapaz de contener las lágrimas de felicidad, aventuraba: “Jugará un minuto, si juega, pero lo importante es que está”.
No acertó en su pronóstico, no salió en el siete inicial pero a los pocos minutos Rozada le mandó calentar y pocos segundos después le pidió entrar. La grada se puso en pie, le regaló una cerrada ovación mientras el chaval no se atrevía a mirar a la grada. Era fácil distinguirlo en la cancha, era el único con mascarilla, el de las piernas más blancas —el tratamiento incluía no exponerse al sol—, el desgarbado extremo de ese balonmano moderno en el que es el más alto del equipo... No era un regalo para que le aplaudieran. Los dos primeros balones que cogió los convirtió en gol, nuevamente la grada se puso en pie, otra cerrada emoción. Y Manu convirtió asimismo los dos últimos goles de la primera mitad (el 13 y el 14).
El segundo de ellos fue de un contrataque en el que la salida del portero palentino le hizo esbozar un gesto de desagrado. Volvía Manu a defender cuando el portero rival le tendió la mano para disculparse y Manu se dio la vuelta para aceptar el gesto... y por ello llegó tarde a defender. Rozada hizo un amago decirle algo pero no lo consumó, entendió que acababa de pasar algo más importante que un gol. Y más bello.

Manu en estado puro; fruto de aquel niño que fue ahormando su padre Manuel, aragonés de nacimiento, leonés de adopción, futbolero del Zaragoza de Violeta reconvertido en ademarista desde que el niño Manu entró en este club. Lo cuenta Manuel Cortés en uno de los post de su blog, después de que el chaval sufriera un revés anímico al no ser convocado para una selección que todo apuntaba que merecía estar. Y más cuando la propia Federación le había reconocido como el jugador más valioso en la final de su campeonato: “Hay que aceptar la realidad para crecer desde ella. Además con 13 años, con ese palmo que me saca de estatura y todo su talento, no nos cabe duda de que así será. (...) El deporte de competición es importante... pero parafraseando al exfutbolista Jorge Valdano, quizá sea solo lo más importante de entre las cosas que no tienen importancia. Porque al final nos quedamos con lo mucho que disfruta en cada entrenamiento, haciendo ejercicio, compartiendo pases y sonrisas con sus amigos. Sin olvidar que posee otra pasión que nos contagia y que tampoco pretende descuidar: la música de su trombón”.

Otra reflexión de Manuel ‘padre’ parece adelantar lo que se les avecinaba, habla de los contratiempos. “Al igual que mi padre Manolo hacía conmigo, yendo cada domingo a la Romareda para ver el partido de fútbol de nuestro Real Zaragoza, hago yo con mi hijo Manuel, acudiendo cada fin de semana al Palacio de los Deportes para disfrutar del encuentro de balonmano de nuestro Ademar. (...) Asistimos juntos a ver el encuentro con el Helvetia Anaitasuna. En el camino compartí la historia de un central de esta última plantilla, que constituye sin duda un ejemplo a valorar: Ander Torriko. Le hablé a Manuel de su calidad deportiva, de aquella lesión de rodilla, de sus recaídas, de sus varias operaciones, de tantas horas de rehabilitación... Y, sobre todo, de ese sueño imperturbable por seguir practicando balonmano. Sé que mi hijo quedó impresionado por tal afán de superación, pidiéndome que -si era posible- le hiciera una foto junto a él (...) Al final, siendo los últimos en salir del Pabellón, la conseguimos. El central del club navarro estuvo de lo más amable con nosotros, saludando a mi hijo, intercambiando algunas palabras, deseándole lo mejor para el futuro... Otro tanto hicimos nosotros para con él, agradeciendo sinceramente su ejemplo, su atención. Estoy convencido de que Manuel nunca lo olvidará -yo tampoco olvidé aquella foto con el mítico José Luis Violeta que, en circunstancias similares, me hiciera mi padre”.
A buen seguro que ayer estuvo esta historia en la mente de los dos, Manuel y Manu. Y eso que la lesión vivida por Torriko nada tiene que ver con el calvario sufrido por el cadete leonés, con diversos momentos realmente trágicos, cargados de desesperanza.

Ninguno de los dos podía imaginar cuando compartieron foto con Torriko cómo aquel verano de 2024 se interrumpiría bruscamente la vida de toda la familia Cortés Domínguez. Cuando el padre busca fotos de los primeros días en el hospital comenta: “Mira, las anteriores imágenes son en la playa”. Hasta la literatura abandonó Manuel, una pasión tan grande para él como puede ser el balonmano o el trombón para su hijo. “Hay etapas de la vida en la que esta te pone a prueba y ahora mismo estoy, sin duda, ante la más dura de todas. Por razones de salud en el seno de nuestra familia, toca parar. Debo centrarme en ella, en mis hijos, en mi mujer; dedicarles cuanto tiempo sea necesario, aun a costa de mi trabajo, mis aficiones o mi día a día en general, hasta el punto de que por tiempo indefinido dejaré de contar cuentos o de publicar reseñas en este blog... Para juntos, sin despistes, afrontar esa adversidad con forma de bicho que ahí enfrente nos ha puesto la vida. Manuel, hijo mío, patrimonio de mi humanidad: en este viaje, como siempre, no estarás solo. Sabemos que disputas tu partido más importante de nuestras vidas... Pero sabemos también que, con el apoyo de tantos, lo vamos a ganar”.
Y ayer, incluso antes de que Rozada le mandara calentar y salir, incluso antes de marcar los dos goles con los dos primeros balones que le llegaron, también antes de esos otros que cerraron la primera parte, incluso antes de descuidar la defensa para darle la mano a un rival... la gran victoria estaba certificada y firmada, aunque este mismo lunes tenga que partir nuevamente camino del hospital madrileño de La Paz para certificar que todo está en perfecto orden. Acabó el partido, con ajustada victoria ademarista (29 a 28), con otra cerrada ovación final y Manu un poco en una nube. Ya en los pasillos va recibiendo felicitaciones, que comparte con sus padres, con Manuel y Transi, pues su hermana, para que la normalidad fuera total, no quiso destander sus obligaciones de música (la otra pasión familiar) y mantuvo sus compromisos de ir a ensayar.

Manu Cortés, ese apellido luce en el 27 de su camiseta, estaba feliz después de los 537 días de espera pero no quería dejar pasar la oportunidad de dar las gracias a los que de alguna manera le acompañaron en cualquier tramo de su duro camino. A los compañeros, a los entrenadores, a la familia, a los amigos y un recuerdo especial para otro gran ademarista, Manolo Cadenas. “Es que Manolo ha dirigido personalmente su rehabilitación en esta última fase de la rehabilitacción”, explica su padre, aliviado, tanto que ya vuelve a hablar de proyectos literarios, trabaja en cerrar una trilogía de la que ya ha publicado dos entregas, de hacer de la medicina lo que siempre fue, su vida...
También de superar esos veinte meses de calvario y miedos en los que la mayor lección de vida se la dio quien estuvo muy cerca de perderla, el chaval que llevaba 357 días sin jugar.