Un extenso y definitivo trabajo de casi 800 páginas en el que se estudia de forma monográfica todas las ferrerías pues, señala, «pues solo sabiendo cuántas había habido y cuándo fueron construidas podía valorarse su importancia económica e histórica. En total hallé 131 ferrerías y unos 80 mazos, es decir unos 210 artefactos (ferrerías mayores y menores) ». Incide Balboa en la «enorme importancia de la siderurgia en la economía y vida social del noroeste de España», y resalta lo del noroeste pues el origen de las ferrerías leonesas es vasco. «Ellos difundieron las nuevas técnicas siderúrgicas y buena parte de la terminología de las ferrerías y los procesos fabriles son de origen vasco: ciguillo, veterría, bergamazo, cadenarte, aldabarra, estolda, agoa, zamarra, arota».
No era sencillo poner en marcha una ferrería, ni desde el ámbito administrativo ni desde el económico, según recuerda Balboa. «Para ponerla a funcionar, además de agua, combustible y mineral de hierro, había que contar con el permiso de las autoridades -la Corona, la Secretaría de Hacienda, el ministerio de Fomento, según los tiempos- y con el de los dueños de las tierras (señores y concejos); pero sobre todo había que poseer recursos financieros, porque las cuantiosas inversiones que requería no estaban al alcance de cualquiera. El coste de estos artefactos era muy elevado (de 50.000 a 300.000 reales según las épocas, el estudio va del siglo XVI al XIX), exigía un capital fijo del que sólo muy pocos podían disponer o lograr los créditos, casi siempre bajo la forma de censos, con un interés en torno al 5%». Esta situación propició que «fue promovida unas veces por los propietarios del suelo, montes y aguas (nobleza e instituciones religiosas) para así sacar provecho de unos recursos de escaso valor agrícola. Desde el siglo XVIII entran nuevos grupos sociales (podríamos llamarles burguesía), unas veces formando compañías, otras a título particular; en ese sentido la propiedad se diversifica un tanto, como vemos en el caso del ponferradino Nemesio Fernández».
El noroeste tenía una ventaja, la abundancia de agua, aunque no exenta de conflictos para su uso, de ahí que fueran bastante numerosas las que se fueron levantando a lo largo del tiempo. «Hablamos de 131 ferrerías, más de 80 machucos y miles de fraguas las que -no al mismo tiempo sino a lo largo de los siglos XVI al XIX- estuvieron en funcionamiento, afectando a miles de trabajadores directos, a los que habría que añadir carboneros y venaqueros, transportistas de la vena, arrieros, comerciantes y tratantes de hierro».
El número de las ferrerías que se construyeron o se renovaron (las de origen medieval) fue en el siglo XVI de 41 ferrerías, 12 más en el siglo XVII, 31 en el siglo XVIII y 47 en el siglo XIX. También hubo algunos cierres, entre un 10 y un 15% aproximadamente, antes de su fin definitivo en la segunda mitad del siglo XIX. «Por eso, podemos decir que si en los siglos XVI y XVII su número osciló entre las 40 y 50 ferrerías, en los siglos XVIII y XIX estuvieron en funcionamiento aproximadamente unas 70 en el primero y 100 en el siglo XIX». Más problemas que el agua causó el combustible necesario.
Las ferrerías, además de leña para raguar o calcinar el mineral, utilizaban carbón vegetal para reducirlo; por lo que fue necesario la existencia de abundantes bosques para alimentarlas. «Para producir una unidad de hierro hacen falta 3 de mineral y aproximadamente 6 de carbón; pero para fabricar estos se precisan, dependiendo del tipo de árbol utilizado, casi 30 de madera. Si aceptamos una media de 700 quintales de hierro por ferrería y año (es decir unas 40 toneladas) su consumo fue enorme, lo que explica las quejas sobre la deforestación», justificadas pues «la negligente política forestal seguida por arrendatarios y autoridades acabó arruinando el bosque». Localiza Balboa las ferrerías en tres ámbitos diferentes. «Yacimientos de formigueiros, rocas y minas aledañas. El 42% de todas las ferrerías del noroeste en las provincias de León, Lugo y Orense; las abastecidas con mineral vasco, el 32% en las zonas costeras de Lugo y Asturias; y un 25% de ferrerías, se abasteció de pequeños yacimientos locales». En general la explotación de las minas la hacían cuadrillas de venaqueros que isndistintamente vendían la vena a cuadrillas de los alrededores mediante contratos anuales. «El transporte de esa mena que lo realizaban arrieros o transportistas suponía más del 70% de valor de la mena, e incluso más».
La producción de las ferrerías va desde las 1500 toneladas de los siglos XVI y XVII a las 4000 del XVIII y 5000 en los mejores momentos del XIX. Suponía el 3% de la producción nacional en el XVI, el 15% en el XVIII y llegó al 26% en el XIX. ¿Y de todas aquellas ferrerías que nos queda en León? Pues prácticamente nada. «Algunas han sido restauradas para Centros Turismo Rural (como la leonesa de Pombriego, Bogo, Seoane...); otras conservan piezas, algunas de gran interés, como Portela, Montes o Tejedo de Ancares». Y después está la más famosa, la de Compludo, «que funciona de aquella maneara»; ferrería que Balboa documentó en el siglo XIX rompiendo ‘el mito’ de sus siglos de antigüedad: «La historia es como es y 1861 es el siglo XIX, que también es importante».