Un siglo de ‘La quimera del oro’

Bruno Marcos escribe sobre la película de Chaplin que cumple cien años

Bruno Marcos
15/11/2025
 Actualizado a 15/11/2025
Una escena de 'La quimera del oro' de Charles Chaplin.
Una escena de 'La quimera del oro' de Charles Chaplin.

Quién iba a prever que la fiebre del oro, que arrastró a finales del siglo XIX a un gran número de personas a los ríos de Alaska, produciría una de las mayores obras artísticas de la historia del cine. Estoy hablando de la película que este año cumple cien años y que Charles Chaplin dirigió e interpretó cuando las películas todavía eran mudas y en blanco y negro, ‘La quimera del oro’

Nadie se podía imaginar que entre las decenas de miles de individuos que se dirigieron allí hubiera uno como Charlot, un hombrecillo que, vestido con los restos pertenecientes a un frac de vagabundo metropolitano, se internase por senderos rocosos al borde del abismo en un paisaje invernal hasta encontrar, en una cabaña, azotada por temporales de viento y nieve, nada menos que a un amigo, aunque este acabase, alucinado por el hambre, viéndole como un pollo al que comerse. Una fábula llena de piedad en respuesta a las atroces noticias que llegaban en la época de canibalismo entre buscadores de oro perdidos en lugares remotos.

En un momento de frío extremo el protagonista se abriga con un saco que se pone como una capa. Sopla una tormenta infernal. El viento es un recurso cómico que el genial cineasta no deja escapar para dinamizar la secuencia y hace que este no sólo se le lleve a él sino a la rudimentaria cabaña entera en la que se refugian que queda balanceándose en el pico de un risco a un paso de un barranco. Todo está a punto de ser un desastre del que se salvan en el último instante, más por suerte que por mérito.

Buscadores de oro reales ascendiendo el paso de Chilkoot en 1898
Buscadores de oro reales ascendiendo el paso de Chilkoot en 1898.

Chaplin hace que la aventura desesperada de la codicia vuelva a ser una historia humana; su personaje, pagando el precio de volverse maravillosamente ridículo para hacer reír, sostiene sobre sus escuálidos hombros el recuerdo de la civilización cocinando, comiéndose y compartiendo su propio zapato, como si fuera un alimento suculento, en lo que sería una de las secuencias más míticas de todos los tiempos.

Sólo Chaplin puede hacer que su personaje encuentre en tales circunstancias además de la amistad, nada menos, que el amor. Únicamente Charlot es capaz de echarse una novia en esa situación, aunque se le caigan los pantalones bailando con ella y tenga que atárselos con la correa de un perro que se ve obligado a seguirle mientras danza. La enamora con otra danza, la famosísima de los panecillos.

Hombres muertos de frío y de hambre, llevados al extremo por salir de la miseria y cegados por la codicia… quién si no un creador conocedor de la vida entera, un genio absoluto del humor, vería en eso la posibilidad de hacer una película de risa en la que la ingenuidad, es decir, la inocencia, sale vencedora.

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