Escuchar —o leer—al cura de Pola de Somiedo (después habitual en las celebraciones de Laciana) cómo debutó en el mundo de la acordeón en una fiesta en su pueblo en la que el acordeonista contratado "tenía tal borrachera..." o a Manolo Garrido explicar que comenzó "siendo un neno" con uno de "aquellos acordeones de plástico que nos traían los Reyes"son testimonios muy elocuentes de cómo la afición que había por el instrumento en aquellas tierras llevaba a los chavales a querer agarrarse a ellos, abrazarlos suelen decir estos músicos, introduciendo un matiz de cariño en el acto.También en esas explicaciones aparecen los nombres de quienes fueron maestros de muchos de ellos, como Pepín el de Lumajo, al que citan muchos de los acordeonistas que rondan entre los 60 y 70 años o ‘el señor Natal’, de Palacios del Sil, que de alguna manera fue el maestro oficial de varias generaciones de aspirantes a acordeonistas. Curiosa la historia de este ‘maestro’, un chaval con problemas graves de visión que le dibujaba un futuro complicado en aquellas tierras, pero viendo su afición por la música un empresario vasco afincado en Madrid «contrató a un profesor vasco para que le enseñara» y después ya fue él quien se quedó de ‘maestro oficial’ para tantos niños que querían ser acordeonistas. Y lo fueron. Uno de ellos fue el recordado Aurelio, ‘el ferreiru’, uno de los históricos.
La afición de algunos los llevó a desplazarse en busca de maestros, como hizo el recordado Gubi, nacido en Cuevas del Sil pero habitual en las fiestas de Laciana, que se desplazó a León para que un músico profesional, sólo recuerda que se llamaba Máximo y era director de orquesta, le enseñara. Otros bajaron a la Academia Mozart, algunos estudiaron por correspondencia (les hacían exámenes incluso por carta) o aprendieron con el recordado Almonasic, como hizo uno de los grandes, Perjentino Álvarez.
Para todos ellos, incluso de estos históricos que acumularon muchos kilómetros a sus espaldas (y nunca mejor dicho pues no fueron pocos los que recorrieron los caminos con el instrumento a cuestas), el acordeón era como mucho una ayuda, casi todos tenían otra profesión que era de la que vivían, desde curas, a mineros, el citado herrero (el ferreiru), mineros como Manolete (del que se hablaba en un reportaje anterior), ganaderos como Salvadoro pescadores, como Perjentino, que también en el río encontraba otro complemente para la economía familiar.
Pero el gran denominador común de todos ellos era los kilómetros recorridos por los caminos. A pie, en bicicleta, en burro, a caballo y sólo en los últimos tiempos ha aparecido el coche. Kilómetros, muchas veces de noche, que propiciaron cientos de anécdotas, incluido ponerse a tocar para entretener o ahuyentar a los lobos...
O combatir el miedo.