‘La Democracia’ y ‘El Diario de León’, surgidos con cuatro años de diferencia, anticlerical y republicano en su nacimiento el primero, y católico y monárquico el segundo, son el claro exponente de una sociedad donde se ahonda la división ideológica, porque sus diferentes partes se han vuelto excluyentes. La llegada de la II República supone para ‘La Democracia’ el triunfo de sus ideas (su director, Miguel Castaño, resulta elegido alcalde), y para ‘El Diario de León’ la aceptación a regañadientes de la derrota, que pronto derivará hacia un creciente inconformismo; es decir, la decantación por opciones ideológicas cada vez más enfrentadas. En 1936 se produce un nuevo vuelco. Los talleres de ‘La Democracia’ son confiscados para la publicación del diario ‘Proa’, órgano de Falange Española. El final de la guerra civil arrastra la desaparición de la dicotomía durante treinta y nueve años.
Entre una de tantas tareas malogradas emprendidas por mí, figura la de realizar un trabajo sobre ‘La Democracia’ en su último año. Repasando las notas redactadas encuentro una titulada ‘Calma solo aparente’. En ella me refiero a la preocupación de la publicación en el mes de junio, por las señales de lo que parecían los preparativos de un inminente golpe de Estado; noticias como los levantamientos de Écija o Yeste apuntaban en esa dirección. Nada no conocido. Sin embargo, lo que me llama especialmente la atención es mi alusión al tipo de publicidad, abundante, de la publicación, a los anuncios reiterativos de bebidas alcohólicas o a la posibilidad de conseguir unos senos turgentes sin necesidad de recurrir a la cirugía. Que de sus ocho páginas dedicase dos a publicidad de ese tipo me sorprendía por lo contradictorio con los acontecimientos que se vivían. Hoy resultan notas delatoras de esa cotidianeidad desapercibida que viaja en paralelo a la gran historia.
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