Dejamos la belleza de Yosemite, de sus montañas y secuoyas gigantes, en busca de otros bosques salvajes. El objetivo de este viajero es visitar el Parque Nacional de las Secuoyas Costeras (Redwoods National Park) en la costa norte de California. Los bosques de secuoya costera (Sequoia sempervirens) y los de secuoya gigante (Sequoiadendrum giganteum) de las montañas del interior de California albergan los árboles más altos y más longevos del planeta.
Podemos decir que estos bosques están entre los más importantes tesoros forestales del mundo, en ellos reside una belleza y una biodiversidad singular y exclusiva donde las secuoyas representan en gran medida la esencia de lo salvaje. Nos acompaña en esta etapa de ‘Salvaje Oeste’ de nuevo John Muir, el mismo que nos condujo en nuestro periplo por Yosemite. Muir encontró en los bosques de secuoyas la esencia de lo indómito y magnífico. Las secuoyas para él eran «reyes del bosque, la más noble de las razas nobles». Tenía la firme convicción de que representaban los supremos ejemplos de grandeza entre todos los seres vivos.
Muir vivió las extensas talas de secuoyas que comenzaron a mediados del siglo diecinueve y durante muchos años se entregó a su protección. Antes de que la destrucción masiva de estos bosques empezara, los bosques de secuoya costera ocupaban una superficie de un millón de hectáreas. Hoy, a pesar de los esfuerzos de Muir por conservarlas, únicamente queda un cinco por ciento de su superficie original. Justo hace un siglo, en 1918, se creó la ‘Save the Redwoods League’ para proteger, restaurar y conservar los bosques de secuoyas costeras de Norteamérica.Para que la conservación de la esencia del salvaje oeste fuera posible fue necesario realizar previamente un gran esfuerzo de concienciación sobre los valores naturales. En este esfuerzo hay que destacar al escritor, poeta, filósofo y naturalista estadounidense Henry David Thoreau.
Thoreau fue capaz de captar como John Muir, uno de sus herederos intelectuales, por encima de los valores económicos de los bosques los valores salvajes: «Amo lo salvaje tanto como el bien». Thoreau vivió en el bosque y cosechó en él las ideas que ayudarían a salvarlo. Las palabras de Thoreau son muy esclarecedoras:«Fui a los bosques porque deseaba vivir en la meditación, afrontar únicamente los hechos esenciales, y que no sucediera que estando próximo a morir, descubriese que no había vivido. No quería vivir lo que no fuera vida; ¡la vida es tan cara!, ni tampoco deseaba practicar la resignación, a menos que fuese enteramente necesaria. Quería vivir profundamente y extraer todo lo maduro como para infligir una derrota a todo lo que no fuese vida; guadañar un ancho espacio a ras del suelo».
Thoreau escribió ‘Walden (la vida en los bosques)’, el libro que acompañará a este viajero en la visita del Parque Nacional de la Secuoyas Costeras. Cada época persigue su biblia laica y de forma insospechada, Walden, se ha convertido hoy en un texto sagrado sobre el Hombre y la Naturaleza. Walden reúne las vivencias del escritor en su retiro del mundanal ruido. Thoreau en 1845 decidió vivir durante más de dos años en contacto con la naturaleza y él mismo construyó una cabaña de madera a orillas del lago Walden, en Massachusetts, para llevar una vida sencilla y dedicarse a observar la naturaleza. Walden lanza cáusticas críticas a diferentes aspectos y valores de la sociedad de la época que le tocó vivir, entre ellos la falta de sensibilidad sobre la naturaleza y el significado de la libertad humana. Y estas críticas las apoya en su forma de vida en el bosque.
En Walden, Thoreau reflexiona y relata cómo puso en práctica la frugalidad, viviendo del cultivo y la recolección de sus propios alimentos, y dedicándose a la vida contemplativa y libre. Thoreau pretendía demostrar que su vivencia en el bosque, más allá de las absurdas y autodestructivas rutinas de la sociedad industrial, demostraba que en el bosque el ser humano se encuentra consigo mismo y siente el verdadero significado de la libertad. Allí recuperamos nuestra esencia salvaje. En el bosque nos encontramos con una nueva filosofía de vida basada en el respeto a la naturaleza y, además, como recompensa comprobamos que la tierra nos proporciona todo aquello que necesitamos para vivir. Decía Thoreau: «Si un hombre se adentra en los bosques por amor a ellos cada mañana, está en peligro de ser considerado un vago; pero si gasta su día completo especulando, cortando esos mismos bosques, y haciendo que la tierra se quede calva antes de tiempo, es un estimado y emprendedor ciudadano. Como si un pueblo no pudiese tener otro interés en un bosque que el de cortarlo».
Entre lectura y relectura de las páginas de Walden, el viajero pasea por la grandiosidad del Parque Nacional de la Secuoyas Costeras. En él se pueden encontrar árboles como Hiperion, el árbol que ahora representa el ser vivo más alto del planeta, su altura es de 115,55 m. En el Parque nos podemos encontrar con muchos otros ejemplares altísimos y viejísimos, mucha secuoya costera tiene más de seiscientos años y algunos han alcanzado más de dos milenios. Curiosamente, y debido al aparente período de vida eterna de las mismas, las secuoyas costeras se denominaron «las secuoyas eternas» (en latín sempervirens significa ‘siempre verde o eterno’). Las secuoyas costeras ocupan en la actualidad una estrecha franja de tierra de aproximadamente 750 kilómetros de largo y cuarenta de ancho a lo largo de la costa del Pacífico de América del Norte; el bosque más meridional se encuentra en el condado de Monterey, California, y las más septentrionales se localizan en el extremo suroeste del estado de Oregón.
El rango de elevación prevaleciente es 30-750 sobre el nivel del mar. Por lo general, crecen en las montañas donde la precipitación de la humedad del océano es mayor. Los árboles más altos y más antiguos se encuentran en profundos valles y barrancos, donde pueden fluir arroyos durante todo el año y el goteo de niebla es regular. La niebla es de gran importancia en la ecología de la secuoya costera. Los árboles sobre la capa de niebla, por encima de unos 700 m, son más pequeños debido a las condiciones más secas, con más viento y más frías. Hay una relación directa entre la niebla costera y el crecimiento vegetativo de esta especie.El viajero, al pasear por estos maravillosos bosques, como Thoreau, es capaz de sentir el frescor de la niebla que envuelve y alimenta las copas de las secuoyas, el sonido de oleaje del viento cuando intercepta con la hojas y frutos, la pura alegría de los pulmones ensanchados por el ejercicio de respirar un aire perfumado y húmedo. Podría seguir el ritmo existencial de Thoreau que después de su baño matinal, tomaba asiento en el umbral de su cabaña, donde permanecía desde el amanecer hasta el mediodía, absorto en una ensoñación, fundido entre los pinos, nogales y zumaques, en imperturbada soledad y tranquilidad.
Thoreau afirmaba que «esto era flagrante ociosidad para mis conciudadanos, pero si los pájaros y las flores me hubieran examinado según sus pautas, no habrían encontrado falta en mí». El paseo por el bosque de secuoyas nos enseña lo fácil y simple que puede ser vivir de verdad, de forma completa y consciente, feliz y libre. Thoreau nos invita en Walden a esta nueva forma de vida: «¡Simplicidad, simplicidad, simplicidad! Que vuestros asuntos sean dos o tres, y no cien o mil; y en lugar de un millón, contad media docena y llevad las cuentas con la uña del pulgar. En medio de este mar picado de la vida civilizada, son tales las nubes, las tormentas, las arenas movedizas y los otros mil asuntos que debe uno enfrentar, que la única salida posible sea la simplicidad».El paseo entre secuoyas ha enseñado al viajero que posiblemente la esencia de lo salvaje sea poder llegar a alcanzar la preciada simplicidad.
Secuoyas, la esencia de lo Salvaje
Un paseo entre secuoyas junto a Thoreau me ha enseñado que posiblemente la esencia de lo salvaje no sea otra cosa que poder alcanzar la simplicidad
06/08/2018
Actualizado a
19/09/2019
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