Hay una historia de León que no se encuentra únicamente en sus calles, en sus monumentos o en los documentos oficiales, sino también entre bambalinas, detrás de las pantallas y en las butacas de unos teatros y cines que, durante siglos, fueron mucho más que lugares destinados al entretenimiento. Allí donde hoy apenas queda un edificio, una fachada o, en algunos casos, únicamente el recuerdo de quienes los frecuentaron, se desarrolló buena parte de la vida social de varias generaciones de leoneses.
Esa memoria es la que recupera Teatros y cines leoneses, una publicación coordinada por Jorge Martínez Montero que reúne una decena de investigaciones sobre la evolución de los espacios escénicos y cinematográficos de León y su provincia, desde los primeros patios de comedias hasta los grandes teatros y cines del siglo XX, incorporando además numerosas historias que permiten acercarse a la vida cotidiana de quienes acudían a ellos.
La presentación del libro tendrá lugar este lunes, 21 de septiembre, en el Palacio del Conde Luna, dentro del programa del congreso “Teatros y cines en León y provincia: 75 años de historia del Teatro Emperador y 30 aniversario de la reapertura del Teatro Bergidum”, un encuentro académico e interdisciplinar que se desarrollará en León y Ponferrada y que pretende analizar, además de la evolución arquitectónica de estos espacios, el papel que desempeñaron en la sociedad leonesa.
Cuando el teatro se hacía en un patio
Para encontrar los primeros capítulos de esta historia hay que retroceder hasta el siglo XVII, cuando León buscaba un espacio estable en el que representar las funciones vinculadas, entre otras celebraciones, al Corpus y a la Asunción. El resultado fue el patio de comedias de San Marcelo, un espacio que, aunque muy alejado de la idea contemporánea de un teatro, ya establecía algunas de las reglas que durante siglos acompañarían a los espectáculos públicos.
La distribución de los espectadores no era casual, puesto que hombres y mujeres ocupaban espacios diferenciados y el precio de las entradas dependía de la ubicación, mientras que sobre el escenario se levantaban estructuras que permitían crear diferentes ambientes. La documentación conservada permite incluso imaginar aquel mundo escénico a través de elementos tan concretos como un “cielo de lienzo pintado”, cuyo mantenimiento generaba no pocos problemas.
Mucho más sorprendente resulta comprobar hasta qué punto aquellos escenarios disponían ya de recursos destinados a transformar el espacio. Según recoge la investigación dedicada a tres siglos de historia teatral en León, firmada por el coordinador del libro, un inventario de 1819 incluye, entre sus múltiples enseres, decorados para representar en la casa teatro un salón regio, una casa pobre, una selva, una calle, un senado, un castillo o incluso un barco, junto a elementos aparentemente tan específicos como un rosal, un árbol, una pirámide, una tahona o una tienda de campaña. Entre el material aparece también un “tornavoz de hoja de lata para el apuntador”, una pequeña pieza que permite asomarse a la complejidad técnica que existía detrás de aquellas representaciones.
De la escena al cinematógrafo
Con el paso del tiempo, el espectáculo comenzó a cambiar y, con él, también los espacios destinados a acogerlo. El Teatro Principal, inaugurado en 1846, representó un salto considerable respecto a los antiguos patios de comedias, hasta el punto de que las crónicas y documentos de la época lo describen como un edificio capaz de acoger a un público numeroso, distribuido entre patio, galerías, palcos y otros espacios. Su inauguración, además, estuvo concebida como un acontecimiento ciudadano en toda regla, con iluminación, música, fuegos artificiales, bailes, repique de campanas e incluso la presencia de una vaca conducida a lazo, dentro de una programación en la que también hubo actuaciones benéficas y representaciones teatrales.
Décadas después llegaría una nueva revolución, esta vez provocada por las imágenes en movimiento. Los primeros cinematógrafos comenzaron a introducir en León una forma de entretenimiento que cambiaría para siempre la relación del público con las imágenes y que, con el tiempo, terminaría transformando también la propia arquitectura de los edificios. Una de las historias más curiosas recogidas en el libro tiene que ver precisamente con aquellos primeros años del cine, cuando una sesión podía convertirse en un acontecimiento multitudinario hasta el punto de que el local se llenaba por completo y algunos espectadores tenían que regresar a sus casas sin haber podido entrar.
En 1904, además, la llegada de las imágenes en movimiento permitió que los leoneses contemplaran en una pantalla algo que hasta entonces solo habían podido vivir presencialmente: la salida de misa de doce de la Catedral, que fue filmada y posteriormente proyectada en una carpa cinematográfica.
Cuando las películas tenían color... según su contenido
La consolidación del cine trajo consigo, sin embargo, algo más que nuevas formas de ocio, puesto que las películas comenzaron a estar sometidas a sistemas de clasificación que hoy resultan especialmente llamativos por la forma en que intentaban determinar qué podía ver cada espectador. Así, en 1928 las películas se clasificaban mediante colores, un código que convertía cada cinta en una especie de semáforo moral. Las consideradas “intachables” recibían la clasificación blanca, mientras que las azules estaban destinadas a los jóvenes y las rosas a personas consideradas formadas. En el extremo contrario aparecían las películas rojas, consideradas peligrosas para todos; las verdes, calificadas como pornográficas, y las negras, consideradas impías y absolutamente rechazables.
El sistema cambiaría dos décadas después, cuando, en febrero de 1950, los colores fueron sustituidos por números. La clasificación 1 correspondía a películas aptas para todos, incluidos los niños; la 2, a las destinadas a jóvenes; la 3, a mayores; la 3R, a mayores con “sólida formación moral”, mientras que el número 4 quedaba reservado para las consideradas “gravemente peligrosas”.
Pero la clasificación no terminaba necesariamente en el cartel que anunciaba la película. Una de las particularidades más llamativas que recoge la investigación es que se multiplicaban los cortes en los rollos para adaptar las películas a la categoría que se les había asignado, de manera que una misma obra podía llegar a las salas después de haber sufrido modificaciones destinadas a eliminar aquellas escenas que se consideraban inadecuadas. La anécdota permite comprender hasta qué punto el cine había dejado de ser una simple novedad técnica para convertirse en un fenómeno social sometido también a la vigilancia y a los criterios morales de cada época.
Un fraile proyectando películas desde un balcón
Si hay una escena que parece salida de una película, sin embargo, es la protagonizada en diciembre de 1915 por Fray Anastasio, un religioso agustino que llegó a proyectar películas desde uno de los balcones del Seminario con motivo de los actos de bienvenida al nuevo obispo. Desde aquella improvisada posición se proyectaron diferentes cintas, entre ellas una película de temática bíblica, un panorama del Sena y varias obras de ficción pertenecientes a géneros distintos. El episodio, recogido del apartado dedicado a las imágenes en movimiento en la ciudad de León (1860-1951) que firma Isabel Barrionuevo Almuzara, demuestra hasta qué punto el cinematógrafo había dejado de ser una simple curiosidad técnica para convertirse rápidamente en una herramienta capaz de reunir a la población alrededor de una pantalla.
El cine comenzaba así a ocupar un espacio propio en la vida cotidiana, aunque durante décadas conviviría con el teatro, una convivencia que alcanzaría una de sus expresiones arquitectónicas más importantes en el Teatro Emperador.
El Emperador que nació pensando en el cine
La historia del Emperador contiene, precisamente, una de las paradojas más interesantes del libro. El edificio que acabaría convirtiéndose en uno de los grandes referentes culturales de León fue concebido inicialmente como un espacio destinado “única y exclusivamente” al cinematógrafo, y su nombre fue sometido a una elección popular. Los primeros proyectos del teatro, además, manejaban cifras que permiten comprender la dimensión que se pretendía dar al nuevo edificio, cuya capacidad inicial rondaba los 1.378 espectadores. Sin embargo, el proyecto fue evolucionando hasta convertirlo en un espacio híbrido, preparado tanto para las proyecciones cinematográficas como para las representaciones teatrales.
Cuando finalmente abrió sus puertas en septiembre de 1951, el Emperador no era simplemente una sala de cine, sino un gran complejo de ocio en el que se integraban diferentes espacios y servicios: teatro, cine, sala de fiestas, auditorio, palcos, anfiteatro, salón de té, bares, oficinas, cabinas de proyección, camerinos y almacenes destinados a decorados. Durante más de medio siglo, el Emperador formó parte de la vida cotidiana de León, hasta que el 31 de octubre de 2006 cerró sus puertas después de 55 años de actividad. Y el destino quiso que su última proyección cinematográfica fuese Cinema Paradiso, una película cuya propia historia gira alrededor de la memoria de una sala de cine y de las personas que construyen su vida en torno a ella.
Cuando los escenarios también escribían canciones
Los teatros y cines de la provincia fueron, además, lugares de encuentro en los que ocurrieron episodios que trascendieron el espectáculo para incorporarse a la memoria colectiva. Uno de ellos tiene como protagonista al cantaor Juanito Valderrama, que actuó en el Teatro Bergidum de Ponferrada en 1948. Según recoge el capítulo de José Cruz Vega, dedicado a los teatros y los cines de Ponferrada, después de una improvisación musical y de una posterior estancia en el Hotel Madrid, el cantante escribió unos versos que quedarían vinculados al nacimiento de “El emigrante”, una de las canciones más conocidas de su trayectoria. También resulta llamativo el episodio protagonizado por la bailaora Carmen Amaya en Ponferrada en febrero de 1953. La actuación no recibió una acogida unánime y algunos espectadores llegaron a abuchearla y a golpear el suelo con los pies. Años después, la propia artista recordaría que el único lugar en el que había recibido silbidos había sido “un pueblo de la provincia de León”, aunque no llegó a identificarlo expresamente.
Son historias que, más allá de su carácter anecdótico, permiten comprender que aquellos edificios eran espacios vivos, en los que el público no acudía únicamente a contemplar una obra, una película o una actuación, sino que participaba de una experiencia colectiva que podía terminar en entusiasmo, decepción, discusión o, simplemente, en una historia que pasaría de generación en generación.
Una provincia llena de pantallas
La investigación que recoge Teatros y cines leoneses no se limita a la capital. La publicación se adentra también en la historia de numerosos espacios repartidos por la provincia, desde La Bañeza y Astorga hasta Ponferrada, Villafranca del Bierzo y las localidades vinculadas a la actividad minera. El caso de los cines de las cuencas mineras firmado por el profesor Francisco M. Balado Insunza, resulta especialmente significativo, porque las salas no solo funcionaron como lugares de evasión, sino que se integraron en la propia estructura social de las comunidades, impulsadas en diferentes momentos por empresas mineras, parroquias, sociedades recreativas o particulares. En Ciñera de Gordón, por ejemplo, el Cine Emilia llegó a disponer de 482 localidades, mientras que en La Bañeza el Cine Salamanca, inaugurado en 1948 y concebido con una decoración especialmente cuidada, alcanzaría posteriormente una capacidad de 1.100 espectadores.
Una memoria que todavía permanece
La recuperación de estas historias adquiere una dimensión especial cuando se cumplen 75 años de la inauguración del Teatro Emperador y tres décadas desde la reapertura del Teatro Bergidum, dos efemérides que sirven de hilo conductor al congreso y a la publicación. Pero, más allá de las fechas, el verdadero interés de este recorrido está en descubrir que la historia de los teatros y los cines es también la historia de quienes los llenaron. En sus patios de butacas se conocieron generaciones, se celebraron estrenos, se escucharon canciones, se discutieron películas, se vivieron decepciones y entusiasmos y, durante décadas, se construyeron recuerdos que hoy forman parte de la memoria colectiva de León.
Por eso, cuando el Emperador proyectó por última vez Cinema Paradiso, la elección de aquella película pudo adquirir un significado que iba mucho más allá de la programación de una sala que echaba el cierre. En una ciudad que había visto nacer el teatro en patios de comedias, que había convertido el cinematógrafo en espectáculo popular y que había hecho de sus grandes salas auténticos centros de reunión, aquella última película parecía cerrar, aunque solo fuera simbólicamente, un círculo de más de tres siglos de historia. Y es precisamente esa historia, hecha de grandes edificios, pero también de pequeños episodios, de artistas reconocidos pero también de espectadores anónimos, la que Teatros y cines leoneses pretende rescatar para que aquellos lugares que durante generaciones fueron escenario de la vida de León no queden reducidos únicamente a una fotografía antigua o a un nombre en la memoria.
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