Las reliquias del Reino

Algunos ejemplos leoneses sobre el culto a los santos, a través de sus reliquias, que ha sido una práctica constante en el pueblo cristiano

Martín Muñoz Navarro
31/05/2026
 Actualizado a 31/05/2026
Imagen nocturna de la Colegiata de San Isidoro. | MARTÍN MUÑOZ
Imagen nocturna de la Colegiata de San Isidoro. | MARTÍN MUÑOZ

El culto a los santos, a través de sus reliquias, ha sido una práctica constante en el pueblo cristiano. Hasta el siglo IV, en el Imperio de Oriente y a partir del siglo VII, en el de Occidente, la veneración de sus restos tenía un carácter local, ante la prohibición romana de exhumar a los muertos. Los cuerpos de los mártires, primero, y de los confesores, después, eran honrados en los propios sepulcros, situados en catacumbas, criptas y capillas en las que habían sido enterrados.

Es con la promulgación del Edicto de Milán en el año 313, por el emperador Constantino, cuando, con la libertad de culto para el cristianismo, comienza un intercambio de gran magnitud de las reliquias, de tal manera que éstas eran objeto de deseo tanto por las distintas monarquías europeas y su nobleza como por los centros religiosos que, a través de ellas pretendían incrementar su prestigio y sus bienes, atrayendo a un mayor número de fieles y peregrinos, que buscaban en las mismas una forma de conseguir el favor divino para sus tribulaciones

Este intercambio de reliquias, que primero tuvo una finalidad piadosa, pronto se convirtió en un medio para recompensar alianzas y premiar lealtades, para convertirse después en simples objetos de mercado, proliferando la falsificación de reliquias y finalmente un cierto descrédito de las mismas.

La Iglesia quiso controlar, desde un principio, este auge en la veneración de reliquias y, así, el segundo Concilio de Nicea, celebrado en el año 787, estableció el culto de veneración o dulía para los santos, la Santa Cruz y las reliquias.

Las reliquias de la Pasión están constituidas por infinidad de objetos relacionados con el sufrimiento y muerte de Jesucristo en la cruz y que, debido a este contacto directo con el Redentor, la cristiandad ha guardado y protegido con especial interés, atribuyéndoles cualidades milagrosas y, por ello, haciéndoles objeto de una veneración muy especial. Los viajes a Tierra Santa a través de peregrinaciones y de las cruzadas llenaron los templos y monasterios de toda Europa de infinidad de objetos a los que los religiosos y los fieles atribuyeron una especial consideración. A modo de ejemplo, las reliquias más valiosas tienen que ver con la cruz, con la corona de espinas, con el cáliz y la leyenda del Santo Grial, con el sudario utilizado en el enterramiento, con la lanza que utilizó Longinos para atravesar el cuerpo de Cristo, clavos con los que atravesaron sus manos y sus pies, pero también se conservan objetos menores como la esponja en la que dieron de beber a Cristo en la cruz, las monedas que recibió Judas, sus vestidos, el título colgado del madero, la columna de la flagelación, la escalera del descendimiento, las cuerdas con las que fue atado, las toallas y el plato de la última cena. Cualquiera de estas reliquias daría para escribir un capítulo sobre ellas.

En nuestro país, los reinos cristianos, enfrascados en la reconquista del territorio peninsular a los musulmanes, estuvieron ausentes de las Cruzadas por recobrar Tierra Santa, y de las que reyes y nobles europeos volvían con un botín ingente de reliquias, por cuyo motivo el número de éstas, relacionadas con la pasión, es sensiblemente menor. 

En todo caso, son de destacar los lignum crucis de Santo Toribio de Liébana y Caravaca de la Cruz por su extraordinario tamaño, el cáliz de la última cena guardado en la catedral de Valencia, el santo sudario de la catedral de Oviedo, un clavo de la cruz depositado en el palacio real en Madrid, el pañuelo de la Verónica o Santa Faz de Jaén y un trozo de la santa esponja que se guarda en la Saint Chapelle de París y en El Escorial. De la corona de espinas se cuentan más de sesenta, guardándose once en El Escorial, seis en Valencia, dos en el monasterio de Monserrat, tres en Mallorca y el resto en Sevilla, Oviedo, Coria y otras muchas ciudades y pueblos del territorio español. La diversidad de reliquias haría interminable su enumeración.

El concilio de Trento, volvió a potenciar el valor de las reliquias, frente a las doctrinas negacionistas del protestantismo, y así surgieron extraordinarias colecciones de reliquias, como la que se conserva en el monasterio de El Escorial, con más de seis mil objetos inventariados y, más cercana, la reunida en el relicario de la colegiata de San Luis en Villagarcía de Campos en la provincia de Valladolid.

Para inventariar todas las reliquias importantes de sus reinos, el rey Felipe II envió a diversos emisarios que visitaron las iglesias y monasterios. anotando concienzudamente todo aquello que les resultara de interés. El encargado de esta misión en el reino de León, se hizo al médico y humanista Ambrosio de Morales en 1572 que recorrió además los templos y monasterio del reino de Galicia y Principado de Asturias.

Imagen DSC06023 MONASTERIO DE SANTA MARIA DE SANDOVAL. Altar relicario
Altar relicario del monasterio de Sandoval. | M.M.

En nuestra provincia, visitó los siguientes monasterios e iglesias: Monasterio de los santos Facundo y Primitivo, en Sahagún, San Pedro de Eslonza –faltan las páginas 40 y 41 con referencia a las reliquias del monasterio de Sandoval–, Colegiata de San Isidoro, con una relación pormenorizada de las tumbas del panteón de los reyes, iglesia mayor llamada de Santa María de Regla, San Claudio, San Marcelo, Santo Domingo. San Miguel de Escalada, iglesia colegial de Villafranca del Bierzo, monasterio de Carracedo, San Andrés de Espinareda, San Pedro de Montes, iglesia mayor de Compludo, catedral de Astorga, monasterio de San Dictinio y San Francisco.

Hoy se veneran, de manera pública en la capital leonesa, dos reliquias de la pasión importantes. Me refiero al lignum crucis de la Real Cofradía del Santísimo Sacramento de Minerva y la Santa Vera Cruz, una pequeña astilla de la cruz en la que murió Cristo, incrustada en una cruz procesional realizada en el 2018 por el imaginero Manuel López Bécker procedente de la gran reliquia de la cruz que se guarda en el monasterio de Santo Toribio de Liébana y que fue donada a la cofradía en el año 1959 por el obispo Luis Almarcha. Guardada durante todo el año en el Museo de la Semana Santa de León, en la calle Mariano Domingo Berrueta, procesiona el Miércoles Santo y en la procesión del entierro del Viernes Santo los años pares. Hay quien afirma que una astilla de estas características fue donada al obispado leonés por el monasterio de Santo Toribio, cuando, después de haber estado oculta durante la Guerra Civil la misma no cabía en su relicario original al haber aumentado de tamaño. En una visita a Santo Toribio, hablé con la hija del guardador de la reliquia, sin que pudiera confirmarme este detalle.

espinas mercado
Relicario de las dos espinas. | L.N.C.

Las dos espinas, de la corona de Cristo que se veneran en la iglesia de Nuestra Señora del Mercado, parece que fueron una contraprestación del cardenal Giacinto Orsini, luego papa Celestino III, por las reliquias de San Victorico, hijo martirizado de San Marcelo y Santa Nonia, que se guardaban en el antiguo monasterio de San Claudio. Después de numerosos avatares para salvarlas de la destrucción tras los acontecimientos que sucedieron a la desamortización de Mendizábal. Desde mediados del siglo XIX el custodio de estas reliquias es el párroco de la iglesia de Nuestra Señora del Mercado que la guarda durante todo el año en una caja de seguridad de una entidad bancaria, y se expone a la veneración popular solo el Domingo de Pasión, el anterior domingo al de Ramos. Este año, de forma excepcional, la reliquia participará en la procesión de los Pasos del Viernes Santo.

En el Viaje de Ambrosio de Morales se relacionan reliquias de la vera cruz en la catedral de Astorga, otra en el monasterio de San Facundo y San Primitivo de Sahagún, y en los monasterios de San Isidoro en León y Carracedo en el Bierzo. Asimismo, da cuenta de la existencia de dos espinas de la corona de Cristo en la catedral de Astorga y de cómo, dudándolos clérigos de la autenticidad de una de ellas, echaron las dos sobre unas brasas, carbonizándose la que consideraron falsa.

Pero, sin duda, la reliquia más hermosa de cuantas pueden admirarse en el mundo entero, se encuentra en tierras leonesas, el llamado cáliz de Doña Urraca, que se expone en el museo de San Isidoro.
Era conocida la historia de que los dos cuencos de ónice que forman esta copa, fue un regalo que el emir de Denia había realizado al rey leonés Fernando I y que a su muerte la heredó su hija Urraca, que la mandó engastar con una donación de sus joyas, para ser utilizado en la celebración de la eucaristía.

Imagen 8080921470 5dde075dc4 b MUSEO DE SAN ISIDORO. Cáliz de Doña UJrraca, auténtico Santo Grial.
Cáliz de Doña Urraca. | L.N.C.

En una investigación ciertamente detectivesca realizada por los historiadores Margarita Torres y José Miguel Ortega, lograron descubrir dos pergaminos en la biblioteca de la Universidad de Al-Azhar de El Cairo, donde enviaron a un arabista de su equipo, Gustavo Turienzo, que no solo confirmaba lo anteriormente conocido, sino que además, remontaba la historia a los comienzos del siglo V, logrando datarlo en Jerusalén antes de ser donado al sultán fatimí de Egipto y la donación de éste al emir de Denia en reconocimiento de su ayuda, enviando víveres en una hambruna de aquel país. En uno de los pergaminos se refería que uno de los cuencos de ónix se hallaba dañado con una muesca en el borde del vaso, que pudo comprobarse al ser desmontada la pieza para su restauración.

Fueron tan abundantes las pruebas de su autenticidad que los reyes leoneses jamás dudaron de la misma. Se conocen más de 200 piezas que aseguran ser el auténtico Santo Grial, si bien la Iglesia Católica solo reconoce el cáliz que con una construcción similar al de León se venera en una capilla en la catedral de Valencia.

Los leoneses sabemos que la copa que contuvo el vino en la última cena se encuentra en San Isidoro, en el corazón de nuestra tierra.

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