Relatos para Josefina X: ‘El secreto de Josefina’

Primer premio en la categoría C del concurso convocado por Masticadores León bajo la coordinación de Mercedes G. Rojo y escrito por una estudiante de 3º de E.S.O. del IES ‘Lancia’ de León

Aziz el Gourari Rhazouani
03/07/2026
 Actualizado a 03/07/2026
Texto ilustrado por: Carmen Ordás
Texto ilustrado por: Carmen Ordás

El aula era un lugar donde la luz y la sombra se mezclaban. Allí, el tiempo parecía haberse detenido. Gabriela tocaba la mesa, sintiendo las marcas que los niños habían dejado antes. Esa mañana, el frío se colaba por las rendijas. Recordaba que la primavera estaba lejos. Abrió la ventana y dejó entrar el aire, que olía a tierra mojada y humo. Luego, se escucharon pasos fuera. Eran los niños, hijos de mineros y pastores.

 Entraron en fila, con las manos en los bolsillos y las mejillas rojas por el viento. No llevaban libros, solo algunos cuadernos y lápices. Gabriela los miró a cada uno, buscando algo en sus ojos. Dijo “buenos días” y su voz resonó en el aula. Nadie respondió al principio. La autoridad siempre había sido algo lejano para ellos. Pero Gabriela no tenía una vara en la mano, sino un poema.

- “Hoy hablaremos de lo que hay detrás de las montañas”, dijo.

Un niño la miró con incredulidad.

- “No hay nada, señorita”, dijo. “Solo más tierra y frío”.

 Gabriela sonrió con tristeza, pero con determinación.

- “Detrás está el mar”, dijo. “Un agua que no se acaba y que cambia de color”.

El aula se quedó en silencio. El mar era una leyenda para ellos. Gabriela comenzó a describir las olas y el olor a sal. Sacó un mapa y les mostró los ríos y bosques. Les habló de la cultura y la justicia. Les dijo que la libertad era importante. A medida que pasaba la mañana, el aire en el aula cambiaba. Los niños empezaron a preguntar. Querían saber sobre las estrellas y las flores. Querían saber si era cierto que en las ciudades había luces que no se apagaban. Gabriela les escuchaba con paciencia. Sabía que fuera de allí, el mundo era oscuro. Pero ella recordaba las palabras de su padre: “Una maestra es una luz en la noche”.

 Estaba allí para iluminar a esos niños. Les pidió que dibujaran lo que más deseaban. Un niño dibujó una mano sosteniendo un libro. Gabriela sintió un nudo en la garganta. La semilla estaba germinando. No importaba que las paredes tuvieran grietas. Aquella habitación era el centro del universo. Era el lugar donde se gestaba la España que ella soñaba.

 Pero la historia puede ser cruel. Vio a una pareja de la Guardia Civil pasar por la ventana. El contraste entre la paz del aula y la amenaza del exterior la hizo estremecer. Sin embargo, volvió a mirar a sus alumnos y se calmó. Ellos eran su escudo contra el miedo. Les dijo que siguieran escribiendo, que lo que escribieran no se lo llevaría el viento.

Las horas pasaron volando. Cuando llegó la hora de marchar, los niños no salieron corriendo. Se despidieron uno a uno, con un roce en la mano o una mirada. Gabriela se quedó sola, envuelta en la penumbra. Recogió los dibujos y los guardó como tesoros. Eran su razón de ser, su victoria sobre la ignorancia. Caminó hacia su alcoba, escuchando el crujido de los peldaños. Veía las luces débiles de las casas del pueblo, parpadeando como estrellas cansadas. Sabía que en muchas de esas casas se hablaría de ella. No le importaba el juicio de los hombres. Le importaba la promesa que había hecho a aquellos niños.

Se sentó a la mesa y preparó la lección para el día siguiente. Escribió: “La libertad se aprende, como se aprende a leer o a caminar”. Su pluma se movía con seguridad. La noche se cerró sobre la sierra, fría y profunda. Pero en el corazón de Gabriela ardía un fuego que no se apagaba. Recordó sus años de estudiante y sus sueños. Pensó en su madre, que no entendía por qué su hija prefería la soledad de la montaña. “Aquí soy necesaria, madre”, le había escrito.

El viento empezó a aullar entre las rocas. Pero dentro de la escuela, el aire conservaba el calor de las preguntas y respuestas. Mañana les hablaría de las galaxias y la igualdad. Les enseñaría que nadie es más que nadie, y que el respeto se gana con la palabra. Gabriela cerró los ojos, dejando que el silencio la envolviera. Podía oír los latidos de la escuela, el susurro de los fantasmas de los niños que habían pasado por allí sin aprender nada. Se prometió que sus alumnos no serían fantasmas. Serían hombres y mujeres con voz propia y mirada clara. A pesar de la guerra que se adivinaba en el horizonte, ella seguiría allí, firme en su puesto. Defendiendo la alegría del conocimiento contra la tristeza de la servidumbre. Porque ser maestra no era solo enseñar a leer, era enseñar a vivir con la cabeza alta y el alma despierta.

El aceite de la lámpara se agotaba, pero ella siguió escribiendo. En aquel rincón de la sierra, la revolución no se hacía con pólvora, se hacía con cuadernos y lápices. Se hacía en el alma de cada niño que descubría que el mundo era mucho más grande de lo que le habían contado. Y así, entre la sombra y la esperanza, Gabriela se preparó para recibir un nuevo día de lucha y de belleza. Porque mientras hubiera una maestra dispuesta a soñar, el futuro siempre tendría una puerta abierta de par en par.

 

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