Prólogo
Gabriela corría desesperadamente por el bosque, su pelo mojado por el sudor se le pegaba a la cara, dificultándole la vista; pero no podía dejar de correr, no iba a permitir que esos sucios fascistas la atraparan, no iba a ser esta vez. Las balas silbaban cortando el aire y dejando un sonido sordo a su paso. Hasta que sucedió lo inevitable, sus fuerzas acabaron flaquearon ante la intensidad del dolor; la adrenalina y su furia no fueron suficientes para salvar el pellejo y lo único que pudo hacer fue caer y caer y caer hasta tocar agua desde una altura vertiginosa. Aquellos soldados, a pesar de creer en su muerte, siguieron disparando al agua, un agua cristalina que se había teñido de un rojo tan intenso como la vida misma. Las balas de aquellos fusiles azotaban el agua con fiereza pero afortunadamente ninguno llegó a dar mortalmente en el blanco. Y, pensando que este sería su final, el río la arrastró hasta una libertad soñada.
Capítulo 1: La guerra de un pueblo
- ¡ALTO!
Un grito sordo inundó el ambiente, dejándolo en un tenso silencio. Un camión militar bloqueaba el camino y varios soldados esperaban a aquel coche, en aquel lugar, en aquel momento del día, con los rifles apuntando a las caras del taxista, de Juana y Gabriela.
-Era una emboscada-, pensó Gabriela.
- ¡Salid del vehículo!- gritó otro soldado.
Juana y Gabriela, junto con el conductor, salieron con las manos en alto del vehículo. El miedo se podía apreciar en sus rostros. Gabriela sabía que no saldrían vivos de allí.
- ¡Gracias al testimonio de varias personas de León sabemos que sois unas sucias republicanas y, por orden de nuestro gran general Francisco Franco, seréis ejecutadas en este instante! - gritó el que parecía el hombre al mando.
El conductor, en un intento por salvar su miserable vida, salió corriendo hacía el bosque circundante, pero lo único que recibió a cambio fueron cinco balazos en el pecho y dos en la cara por los que comenzaban a brotar sangre.
-Solo quedan dos más- escupió un soldado
A Juana le tembló el pulso y en el momento menos pensado... ¡BANG!, un disparo le atravesó el pecho haciendo que la fuerza del impacto la tirara y comenzara a salir sangre de su herida. El rostro de Gabriela palideció y todos aquellos momentos junto a su hermana comenzaron a pasar por su cabeza, haciendo que en sus ojos apareciera eso que tanto odiaba, las lágrimas. Pero pronto estas se convirtieron en furia, ira en su máximo esplendor; y la adrenalina fue desde su cabeza hasta los pies dándole la energía suficiente para escapar de allí y salvarse, por su hermana, por aquella persona a la que amaba, por aquella a quién había perdido a causa de unos miserables.
Capítulo 2. Dolor de un pueblo
Pocos días después se despertó a la orilla de un río. No sabía dónde estaba ni qué hacer. Sentía un dolor intenso por todo su cuerpo, pero su dolor no era solo físico si no también emocional. Lo había perdido todo, a su familia, a su esposo, a su querida hermana; fusilados sin remordimiento alguno. Ya no podía aguantar todo ese dolor, y en aquella orilla, en un lugar totalmente desconocida para ella, lloró, lloró todo aquello que no había podido; se desahogó hasta que la última gota desapareció de sus ojos; pero esto no había acabado, solo estaba empezando.
Cuando ya se escondía el sol bajo las montañas de la cordillera cantábrica, dos hombres se acercaron a ella, al parecer atraídos por sus llantos. Le preguntaron quién era, y ella respondió con orgullo:
- Gabriela, soy republicana -ya no tenía nada que perder, pensó.- Si vais a matarme hacedlo ya.
–Shh…Cállate - le dijeron -Nosotros también lo somos.
El mundo se le derrumbó encima y, por fin, respiró aliviada desde el inicio de la conversación. Iba a sobrevivir un día más.
Juan y Pablo, como se llamaban estos hombres, eran hermanos y se dedicaban a la pesca, le habían comentado por el camino a su casa. Ahora se encontraba en el sótano de la casa, para no ponerse en peligro ni tampoco a Juan ni Pablo. Habían aprovechado las pocas horas de luz que restaban para curar sus heridas. A la cena solo comió una mísera trucha, no tan vigorizante como sabrosa.
Al día siguiente se levantó con dolor de cuello debido al colchón de paja que los hermanos le habían prestado. Al atardecer, ellos habían acudido al mercado del pueblo cuando estaba más lleno, para encontrar algo que cocinar a la cena y allí todo se torció.
Tres soldados por una calle cinco por la principal, tres por otra...
-¡Este pueblo ha sido declarado sucio! –gritó alguien que parecía un general-. Y ahora seréis quemados como las sucias ratas que sois.
En ese momento, las casas comenzaron a arder y los soldados, apostados a los lados de las calles, empezaron a disparar a todo aquel que tuvieran la osadía de acercarse.
Tras cinco horas de incendio no quedó nadie. Todo esto fue inevitable y nos enseña que los humanos somos tan malvados como el peor de los villanos, que llevamos el dolor por nombre y que ni una maestra puede salvarse de las adversidades humanas, por mucho que no las merezca.
NOTA DEL AUTOR: Basado en Historia de una maestra, he escogido esta historia porque permite reflejar los horrores de una guerra que marcó a una nación.