Relatos para Josefina VIII: ‘Cuando el dolor termina’

Segundo premio ex-aequo en la categoría B del concurso convocado por Masticadores León bajo la coordinación de Mercedes G. Rojo y escrito por una estudiante de 2º de E.S.O. del IES ‘Claudio Sánchez Albornoz’

Carolina García García
01/07/2026
 Actualizado a 01/07/2026
Texto ilustrado por: Marga Román Modino
Texto ilustrado por: Marga Román Modino

Nunca he soportado ver sufrir a nadie. Siempre lo he dicho y siempre lo diré: el dolor no va conmigo.

Llevaba un par de meses viviendo en Mazcuerras, en Cantabria. Era un lugar tranquilo, sobre todo mi barrio, donde apenas había vecinos. Aquel día seguí mi ruta habitual. Una ligera brisa me rozaba las mejillas. Recorrí con la mirada las casas del vecindario: fachadas en tonos pastel, ventanas cerradas, silencio.

Entonces la vi.

Una anciana estaba sentada en el porche de su casa. Tenía las manos apoyadas sobre las rodillas y la mirada perdida en algún punto del camino.  Cuando se dio cuenta de que la observaba sonrió.

No fue una sonrisa amplia ni especialmente expresiva, pero tenía algo… sereno. Suficiente para hacerme devolver el gesto. A partir de ese día empecé a fijarme en ella.

Pasaron los días. Coincidíamos a menudo, casi siempre a la misma hora. Primero fueron saludos, luego pequeña conversaciones, hasta que, sin darme cuenta, empecé a detenerme cada vez más tiempo.

Se llamaba Josefina.

Me hablaba de su vida con una calma extraña, como si todo lo que contaba ya hubiera perdido peso con los años. Había sido profesora. Decía que enseñar era una forma de dejar algo en los demás, algo que no desaparece del todo.

A veces, se quedaba en silencio después de hablar, como si siguiera viendo a aquellos niños frente a ella.

—Aprendían —dijo una tarde, casi para sí misma—. Siempre aprendían.

No pregunté más. No hacía falta. Un día me invitó a tomar té en su casa. Acepté. El interior era sencillo, ordenado. Olía ligeramente a madera y a algo dulce que no supe identificar. Nos sentamos frente a frente. Hablamos de cosas sin importancia hasta que, casi sin transición, me preguntó por mi trabajo.

—Y dime, ¿a qué te dedicas?

—Trabajo en el hospital como enfermera —respondí, sonriendo.

—¿Como enfermera?

—Así es.

La confusión cruzó su rostro. Suspiré para mis adentros; había visto esa reacción demasiadas veces.

—Vaya… no me lo esperaba —tosió levemente antes de continuar—. No me malinterpretes, es una profesión muy honrada. Solo que… no lo imaginaba en ti.

—No te preocupes, me lo dicen mucho.

—Es extraño que alguien que odia el sufrimiento ajeno acabe en un hospital.

 —Alguien tiene que encargarse de que deje de doler.

No añadió nada más. El tiempo siguió avanzando, como siempre. Recuerdo perfectamente el día que lo noté por primera vez. Estaba en la acera, frente a su casa, ayudando a un niño que se había caído de la bicicleta. Tenía las rodillas raspadas y lloraba más por el susto que por el dolor. Mientras lo tranquilizaba, la vi observándonos desde el porche.

Entonces tosió. No fue una tos cualquiera. Fue seca, breve, pero profunda. De esas que no engañan. Demasiado familiar. Le sugerí que acudiera a un centro de salud. Me dijo que solo era un resfriado. No insistí. Pero sabía que no lo era.

Las semanas siguientes confirmaron lo evidente. La tos se volvió más frecuente. Su respiración, más pesada. Hasta que un día dejó de sentarse en el porche. Poco después ingresó en el hospital. Los médicos hablaron de problemas respiratorios. Su estado no era bueno. Nada que no hubiera visto antes.

Conseguí que me asignaran su medicación. Aquella noche recorría su planta en silencio. La luz artificial lo cubría todo con ese tono apagado que hace que el tiempo pierda sentido. Pasé varias veces frente a su habitación. En una de ellas entré. El monitor marcaba un ritmo irregular. Josefina respiraba con dificultad. Cada inspiración parecía costarle más que la anterior. Me acerqué despacio. Me senté a su lado. No sé si llegó a verme. Sus ojos estaban entreabiertos.

—Estoy cansada —murmuró.

No respondí. A veces, alargar la vida no es lo mismo que ayudar. Permanecí allí un rato más.

Después salí. No recuerdo la hora exacta. Solo el pitido constante del monitor rompiendo el silencio del pasillo. La muerte había llegado, como siempre hace. Me habría gustado asistir a su funeral, pero no conocía a su familia y no quería incomodar.

 La vida continuó. Los pacientes siguieron pasando por mis manos, confiando en que su dolor terminara. Yo solo intentaba cumplir esa esperanza. Hace unos días atendí a una mujer que rondaba los noventa. Estaba muy mal. Su respiración era irregular, y cada movimiento parecía arrancarle una queja. Mientras le administraba la dosis, no dejaba de murmurar entre dientes.

No hacía falta escucharla para entenderla. Ajusté la medicación.

La observé durante unos segundos. Su cuerpo se relajó poco a poco. Minutos después, su pulso se apagó. Nunca he soportado ver sufrir a nadie.

La primera vez fue mucho más difícil pero Josefina también merecía dejar de sufrir.

 

Nota de la autora: El relato se ha inspirado en la biografía de Josefina y en algunos hitos de su vida, como el lugar donde murió, su profesión, su enfermedad…añadiendo elementos imaginarios basándome ellos y en mi gusto por el thriller.

 

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