Sopló la vela de su setenta y un cumpleaños con tanta intensidad que todos nos quedamos perplejos. En otras ocasiones apenas ponía interés y casi parecía que le molestara que fijáramos nuestra mirada en él.
Abrió los tres regalos que entre todos habíamos ido comprando y hubo uno que le sacó una sonrisa, pero una sonrisa de verdad, de esas en la que sonríes con los ojos y se te empañan los mismos porque el conjunto resulta muy emotivo. La bufanda verde, elegida de ese color por ser su favorito; el libro de Josefina Aldecoa Historia de una maestra, que siempre llevaba con él y que hacía unos días había dejado olvidado no sabe dónde; y la caja. Era una caja de pastillas con sabor a regaliz que en cuanto la vio... algo le pasó por su cabeza, ya desgastada por culpa del alzhéimer, que le hizo esbozar esa sonrisa. Él se había jubilado hacía unos cuantos años, pero echaba de menos a los niños del cole rural en el que había trabajado durante los últimos quince años.
Él no era muy consciente del proceso por el que estaba a punto de pasar, pero sí llevaba meses con despistes. Recuerdo el día de las llaves. Era martes y, como todos los días, salía con su bici y se hacía unos cuantos kilómetros. La condición para poder salir era que no estuviera el suelo mojado, porque tenía miedo a caerse y fracturarse algún hueso. Cuando volvió a casa rebuscó en su mochila azul oscuro y, nada, ni rastro de las llaves. Aseguraba haberlas cogido, pero allí no estaban. Nervioso y disgustado avisó a Paco, el vecino del 3º B, que era quien tenía una copia; y así pudo resolverlo. Pero se quedó mal porque, sin darse cuenta y poco a poco, ese tipo de olvidos eran cada vez más frecuentes.
Las llaves, el paraguas, su libro favorito, el móvil… objetos cotidianos que olvidaba en cualquier sitio. Decidió ir al médico para consultarle el porqué de estos olvidos. Los resultados de las pruebas fueron concluyentes y así nos lo comentó el Doctor Manuel: “Vuestro padre tiene alzhéimer”. Y así, tras pronunciar aquellas cuatro palabras, nuestra vida cambió para siempre.
Buscamos información y lo hablamos con mi madre, que, por cierto, ya sospechaba lo que el doctor confirmaba. Fueron meses de incertidumbre y muy difíciles, ¡cómo no! Ser testigos directos de ese deterioro nos hacía polvo a todos. Pero aprendimos a vivir con los dos; con el alzhéimer y con mi padre, ese señor de pelo blanco que siempre llevaba en su chaqueta una caja de pastillas de regaliz y el libro de Josefina Aldecoa, que consultaba diariamente.
La verdad es que verlo tan de cerca te hace partícipe y solo quieres que lo que viva lo haga feliz. Tras los pequeños olvidos llegó el deterioro físico, hasta que ya no conocía a los que habitualmente lo cuidábamos. Decidimos apuntarle a un centro de día, un lugar maravilloso donde viven en “su mundo” y, por unas horas, se convierten en niños “atrapados” en cuerpo de mayores.
Día tras día veía como sus compañeros Paula, Luis, Francisco, Carlos...vivían las mismas situaciones que mi padre, y decidí que era buen momento para hacer algo por todos ellos. Me apunté como voluntario y les hacía juegos, magia, teatro, malabares... Les encantaba verme entrar con mi caja de colores llena de ilusión y, aunque no me conocían, yo veía en sus ojos una complicidad especial. Mi padre, que se sentaba justo al lado de la ventana, era el primero que me veía llegar y avisaba al resto con un: “¡Qué viene el simpático”! Y así pasaban las semanas, yo viendo a mi padre desde otra perspectiva y él viendo en mí a un “extraño simpático”.
Puedo decir que, gracias a la enfermedad, pude conocer otra faceta de mí que estaba oculta. Y sí, por suerte seguimos celebrando cumpleaños en las que no falta la cajita de pastillas de regaliz.