Relatos para Josefina IX: 'Entre los silencios'

Primer premio en la categoría B del concurso convocado por Masticadores León bajo la coordinación de Mercedes G. Rojo y escrito por una alumna de 2º de E.S.O. del IES ‘Juan del Enzina’ de León

Ashly Rebeca Fonseca Liebl
02/07/2026
 Actualizado a 02/07/2026
Texto ilustrado por: Carmen Ordás
Texto ilustrado por: Carmen Ordás

El invierno de 1940 se había instalado en las grietas de la escuela como un animal hambriento. Yo contemplaba mis manos, manchadas siempre de un polvo de tiza blanca que parecía querer borrar las líneas de mi destino, mientras esperaba que las niñas entraran en el aula. Llevaba el vestido oscuro, ese uniforme no impuesto pero necesario que nos convertía a todas en sombras, en las mujeres de negro que Josefina describiría años después con la precisión de quien ha sentido el frío en los huesos. Ser maestra en este tiempo no era solo un oficio; era un ejercicio de funambulismo sobre un abismo de silencios y ausencias. 

Recuerdo la voz de Juana, mi mentora en los tiempos en que la educación soñaba con horizontes abiertos y campos de Castilla sembrados de libros. Ella me enseñó que una clase era un recinto sagrado donde la barbarie no debía entrar. Sin embargo, ahora la barbarie vigilaba desde la esquina, disfrazada de inspector o de murmullo vecinal. Cada lección era un acto de fe. Abría el libro de lectura y mis ojos buscaban, por instinto, aquellas palabras que ahora estaban prohibidas: libertad, progreso, justicia. Las sustituía por otras más grises, más seguras, pero mi tono de voz intentaba mantener el calor de la vieja llama.

Las niñas llegaban con los rostros curtidos por el sabañón y el hambre contenida. Se sentaban en los pupitres de madera vieja, mirándome con una mezcla de curiosidad y cansancio prematuro. Yo las veía y veía a la hija de Juana, y a tantas otras que habían visto a sus padres marchar para no volver o para regresar convertidos en extraños de mirada vacía. Mi labor consistía en enseñarlas a leer, sí, pero también en enseñarlas a mirar más allá de los muros desconchados del pueblo. Quería que sus mentes fueran el único lugar donde nadie pudiera entrar a imponer consignas.

A veces, el silencio en el aula era tan denso que se podía cortar. Era el silencio de un país que había gritado demasiado y ahora no encontraba palabras para su dolor. En esos momentos, me acercaba a la ventana y miraba el cielo plomizo. Pensaba en los libros que habíamos quemado por miedo, en las cartas que guardábamos bajo el colchón y en la dignidad que nos empeñábamos en planchar cada mañana sobre nuestras faldas oscuras. Éramos las guardianas de una memoria que se desvanecía, las encargadas de que el hilo no se rompiera del todo, aunque tuviéramos que hilar en la penumbra.

Al terminar la jornada, mientras recogía mis escasos enseres, sentía el peso de la soledad. El camino de vuelta a casa era un desfile de puertas cerradas y visillos que se movían a mi paso. Sabían que yo venía de "aquello", de la ilusión de las misiones pedagógicas, de la creencia de que el saber nos haría iguales. Por eso me miraban con recelo, como si la cultura fuera una enfermedad contagiosa. Pero yo caminaba erguida, con los dedos todavía impregnados de tiza, convencida de que, mientras una sola de esas niñas recordara el nombre de un poeta o la forma de un continente lejano, la oscuridad no habría ganado la partida por completo. Éramos mujeres de negro, sí, pero bajo el luto latía un corazón que se negaba a olvidar la luz.

NOTA DE LA AUTORA: El relato está basado en la obra Mujeres de negro publicada por la editorial Anagrama en 1994 y cuyas protagonistas son una madre y una hija, Gabriela y Juana.

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