La nueva maestra llegó ese día a clase. Todos la esperábamos, aunque no nos la imaginábamos. No entró con cara nerviosa y asustada por nuestra mala fama de hacer la vida imposible a todo aquel que pasara por esa puerta. Entró con una gran sonrisa, con seguridad, y nos saludó alegremente posando su bolso en la silla.
En el pueblo, la escuela no importaba demasiado; los padres de los niños se centraban más en enseñarles a trabajar rápido para ganar lo suficiente. Yo estaba, como siempre, en la última fila, dibujando en mi cuaderno para vencer al aburrimiento, cuando la puerta se abrió.
- ¡Buenos días! -dijo- Me llamo Gabriela.
Tras dejar el bolso, se acercó a mi mesa y miró mi cuaderno.
- ¿Qué estás dibujando?
-Nada.
-A veces, “nada” es el principio de todo – me contestó, sonriendo levemente.
Y, sin saber por qué, levanté la cabeza, dejando mi lápiz a un lado.
Ella siguió la clase con un entusiasmo anormal y, aunque no atendí demasiado la lección, había algo en ella que me hacía mirar. Tenía algo diferente.
A partir de aquel día empecé a levantarme con otro entusiasmo de la cama. La clase dejó de parecerme la misma y en una semana, sorprendentemente, a nadie se le ocurrió ninguna travesura para hacerle a la profe nueva. No hubo burlas, no hicieron nada para echarla.
Gabriela no abría el libro y ya está. Nos preguntaba cosas que no tenían respuesta correcta. Nos hacía pensar. A veces, incluso, se quedaba callada, como esperando a que el silencio dijera algo. Un día nos pidió que escribiéramos lo primero que se nos pasara por la cabeza. Sin normas. Sin miedo.
Me quedé un buen rato mirando la hoja en blanco. No sabía qué escribir... hasta que empecé a hacerlo. No era perfecto, no era bonito. Pero era mío, y no se lo había copiado a mi compañera de al lado, ni había hecho ningún dibujo en la esquina de la hoja para que me echaran del aula. Era mío.
Cuando terminó la clase, dijo que escogiéramos entre dárselo o quedárnoslo. La mitad de la clase se lo dio y la otra mitad lo arrugó y se lo guardó en el bolsillo. A mí no me dio vergüenza enseñárselo.
Al cogerlo, ella solo mencionó:
-Esto sí es empezar a aprender.
“No sé muy bien qué poner aquí. Solo sé que tengo más ganas de venir a clase, he sentido algo extraño… como si las cosas que antes no importaban... ahora empezaran a hacerlo un poco.”
Llegué a casa con una sonrisa, pensando que quizá ir a clase no estaba tan mal.
- ¿Y esa sonrisa? -me preguntó mi madre al sentarme a comer, con la idea de que quizá había conseguido un trabajo en el bar en el que hice las pruebas unas semanas atrás.
- Nada.
- ¡Esa es tu respuesta para todo siempre! ¡Nada! Por algo vendrás hoy tan contenta…
- Por nada. Ya te lo he dicho.
- Bueno... vale. ¿Qué tal con la profesora nueva, ya le habéis hecho alguna de las vuestras?
- No.
- Sinceramente, preferiría que el instituto no fuera obligatorio. Así hacías algo en casa y buscabas un trabajo por ahí, que apenas nos da para llegar a fin de mes.
- La profesora nueva es diferente, se llama Gabriela. Parece que a esta le gusta su trabajo. Siempre nos saluda con una sonrisa y nos enseña cosas nuevas - respondí, ignorándola.
- ¡Ahora va a resultar que quieres estudiar y todo! ¡Jajaja!
-Pues tampoco sería mala idea... así me aseguraría un trabajo mejor. Además, no me parece tan aburrido aprender cosas nuevas.
Mientras compartía con mi madre mi nuevo entusiasmo por los estudios, su ceño iba frunciéndose poco a poco. No parecía gustarle demasiado aquello que le estaba contando.
- ¡Para poder estudiar y sacarte una carrera necesitas mucho tiempo! ¡Y sabes bien que no lo tenemos! Tienes que ayudar en casa, ¿o no has entendido que no llegamos a fin de mes?
Me quedé callada para no discutir y mi madre siguió refunfuñando en bajo el resto de la comida. Terminé y subí a mi habitación. No me importaba lo que dijera mi madre y me puse a hacer los deberes que había mandado Gabriela.
Al día siguiente, muchos de los padres de mis compañeros estaban en la puerta del instituto. En algunos se percibía el enfado, otros permanecían callados sin saber muy bien por qué estaban ahí. Parecía que a ninguno de ellos les había caído demasiado bien Gabriela y su método de enseñanza. Más bien no les gustaba la idea de que, desde que ella llegó, todos teníamos más ganas de estudiar y menos de ganar dinero.
Se acercaron a ella cuando salió a la calle y empezaron a gritarla.
- ¡Nuestros hijos ya no quieren trabajar por tu culpa!
- ¿Acaso te crees mejor que sus padres para enseñarles?
- ¡Pierden el tiempo escribiendo esas tonterías!
Esos fueron algunos de los comentarios que se escucharon entre el barullo de padres y madres, casi echando humo por las orejas.
Sin embargo, para su sorpresa, Gabriela se quedó callada ante ellos, esperando a que los gritos cesaran.
- ¿Piensas quedarte ahí callada todo el día o también vas a enseñarnos a escribir? - gritó una mujer con sorna, haciendo desatar una risa común entre todos los padres.
Gabriela no dijo nada, se quedó en silencio y sonrió. Muchos se extrañaron y otros pensaron que igual estaba loca. Tras varios segundos de silencio, habló con voz tranquila y serena:
-Entiendo que no les parezca bien esto. Fui informada sobre la situación de este pueblo antes de venir.
-Entonces, ¿por qué estás aquí!- interrumpió el padre de mi amigo Luis.
-Me gustan los retos, señor - respondió ella prudente. -Estudiar no aleja a sus hijos de ustedes. Les da más opciones y oportunidades en la vida.
Algunos de los que habían ido dudosos agacharon la cabeza y se fueron. Otros permanecieron allí, aunque las palabras de aquella profesora hicieron que le dieran vueltas a la cabeza.
La maestra nos mandó entrar en clase, así que no pudimos escuchar más de aquella conversación. Solo mirábamos en silencio por la ventana. Ella se mantenía firme y calmada. Y ellos, poco a poco, se fueron yendo, hasta que no quedó nadie y Gabriela entró en el instituto mostrando una ligera sonrisa, aunque con unas pinceladas de preocupación en su rostro.
Ese día escribimos en clase un cuento sin título, al llegar a casa, se lo tuvimos que enseñar a nuestros padres. Después de que ellos lo leyeran, debíamos observar su reacción y, solo entonces, le pondríamos un título.
Llegué a casa, entré en la cocina y se lo di a mi madre. No le dije lo que era, porque si se lo decía, no lo iba a leer. Comimos y no dijo ni una palabra, en ningún momento.
Al acabar, se levantó de su silla, se acercó a mí y me abrazó.
-Gracias- susurró con una lágrima en su mejilla. Hubo un silencio y añadió: -Lo siento.
No dijo nada más, pero no me hizo falta para entenderla, porque a veces “nada” es el principio de todo. Después de eso, posó mi cuento sobre la mesa y se fue a su habitación. Yo me quedé allí, mirando el papel. Releí mi historia sin título, cogí un boli y la nombré: “Lo que no se enseña”.
NOTA DE LA AUTORA: Basada en el libro Historia de una maestra, de Josefina Aldecoa, e inspirado en su personaje de Gabriela y su manera de entender la educación como algo mágico.