Relatos para Josefina I: 'La carta que nunca se perdió'

Historia finalista en la categoría B del concurso convocado por Masticadores León bajo la coordinación de Mercedes G. Rojo y escrito por un estudiante de 2º de E.S.O. del IES ‘Lancia’ de León

David Díaz Del Olmo
24/06/2026
 Actualizado a 24/06/2026
Texto ilustrado por: Noelia García Hernández
Texto ilustrado por: Noelia García Hernández

El espacio elevado que poseía la casa de mi abuela siempre me había atemorizado ligeramente. Olía a vacío, un aroma relacionado con la madera años atrás, a polvo y a anécdotas que nadie se aventuraba a abordar.

En una de esas tardes de invierno, en la que la lluvia se estrellaba contra las ventanas, me decidí a subir solo. No sabía lo que iba a buscar, pero sí sentía que algo me aguardaba ahí arriba.

Encendí la bombillita que colgaba del techo, que emitió de inmediato una luz ambarina. Entre cajas viejas descubrí un pequeño baúl cubierto por una gran manta. Lo abrí con perspicacia, como si hubiera dentro algo consumible y querido. Había imágenes sin color, cuadernos manuscritos y unas cartas sujetas con una cinta azul. Una de aquellas cartas me sorprendió. No contenía ni sello ni dirección, únicamente un nombre traído a la tinta casi borrada: Josefina. Me senté en el suelo y comencé a leer.

La carta trascurría por los sueños, por la juventud, por la juventud y la esperanza en charola. La carta ponía de manifiesto cómo la persona que lo había escrito deseaba cambiar la faz del mundo con palabras.

Me decía que escribir era la única manera de no sentirse invisible. Cada frase parecía palpitar con fuerza, como si aún estuviese vivo. Me asusté al darme cuenta de que estaba datada de hacía más de cincuenta años. Me imaginé lo valiente que debió ser aquella persona al expresarse en un tiempo diferente.

 Seguí leyendo, mientras el sonido de la lluvia desaparecía poco a poco. La carta hablaba de miedos, pero también de valentías. Hablaba de perder, pero sobre todo de intentar. Cuando terminé, sentí que algo había cambiado dentro de mí.

Nunca había considerado la posibilidad de ponerme a escribir de verdad. Siempre pensé que mis palabras no tenían valor. Aquel trozo de papel me ayudó a darme cuenta de que todas las historias merecen ser contadas, que todas las voces deben ser escuchadas.

Y miré el desván con otros ojos. Ya no era un lugar con llenos de trastos viejos sino de historias esperando ser sacadas a la luz. La carta fue guardada en el bolsillo con delicadeza. Sabía que no podía dejar que se sepultara en el polvo.

Bajé las escaleras y me fui a mi cuarto. Encendí el ordenador, abrí un documento en blanco. No supe qué escribir durante unos minutos. Pensé en una frase de la carta: “El futuro es de aquel que se atreve a contar”. Y sonreí porque empecé a escribir.

Escribí de mi instituto, de mis amigos, de mis propios miedos. Escribí sobre las ocasiones en las que me sentí pequeño y sobre los momentos en los que me atreví a soñar en grande. Las palabras comenzaron a fluir sin poderlo prever. Por primera vez sentía que no era un error. Supe, por fin, que escribir no era hacerlo bien, sino hacerlo auténtico. Cuando acabé, miré el reloj y habían pasado más de dos horas. Me sentía cansado, pero feliz.

Volví a pensar en Josefina y en aquella carta que nunca fue enviada.

Quizá nunca llegó a su destino original, pero llegó hasta mí cuando tenía que llegar. Y eso fue suficiente para saber que las historias nunca se pierden. Solo esperan a que alguien las lea y continúe escribiéndolas.


 

Archivado en
Lo más leído