Uno de sus últimos trabajos, el proyecto de la fachada de la Pasión, lo realizó Gaudí al regresar de Puigcerdà (en 1911). Se entregó al cometido de esta fachada todas las mañanas, después de oír misa y recibir la eucaristía. «Con ello obedecía sin duda a un sentido emotivo y reverencial, como quien se santigua antes de una importante tarea». (‘Antonio Gaudí. Mi itinerario con el arquitecto’ / Juan Matamala). Sin duda que el arquitecto buscaba una inspiración sublime, quizá más allá de lo humanamente posible, que le permitiera culminar su personal reflexión religiosa. Es por ello que, entrado en la senectud, parecía hacer suya aquella consideración de Beethoven cuando escribió: «Date prisa, para que tengas tiempo de resolver lo que debes antes de morir». Sin embargo, bien sabía el genial alarife que sus días estaban contados y que jamás vería acabada en vida tan magna obra.
Pasado más de un siglo, el once de marzo de 2019, el Departamento de Cultura de la Generalitat declaró como Bien Cultural de Interés Nacional en la categoría de monumento histórico la obra de Josep María Subirachs en la fachada de la Pasión de la Sagrada Familia; encargo que había aceptado en 1986 [una obra muy criticada contra la que se organizó una manifestación en 1990. El mismo Subirachs había firmado en 1965 un manifiesto en contra de la continuación de todas las obras en el templo («la construcción gótica adquiere su mayor expresión en estado de ruina»), en el que participaron arquitectos como Le Corbusier). Asimismo, pasaron a ser consideradas BCIN las puertas de bronce que Subirachs hizo para esta fachada: las laterales de Getsemaní y de la coronación de espinas, y la central con los Evangelios.Llegados a este punto, cabe preguntarse: ¿por qué un joven escultor que se había dado a conocer con Forma 212 (1957), primera «obra abstracta» que se situó en un espacio público de la ciudad de Barcelona, se interesó por la obra de Gaudí y aceptó el difícil reto de terminarla?La respuesta, seguramente, se encuentre en que Subirachs se plantó ante el bronce –como antes Gaudí se situó ante un folio en blanco, en su marmorea mesa-escritorio–, haciendo frente en la realidad a esa pesadilla que en ocasiones se convierte en inspiración, sin ninguna convención que le guíe; y no es de extrañar que dude de sus convicciones, que trate de eludir la responsabilidad de crear algo nuevo, diferente…, y que se someta al canon artístico establecido.Pero, quien aspiraba a emular la obra de «su maestro» y contribuir a su reconocimiento nacional e internacional, tenía que sobreponerse al miedo al fracaso. Quizá, por ello, el escultor y pintor que no pudo estudiar arquitectura porque la economía familiar era muy precaria después de la Guerra Civil, se convirtió en el gran: «Admirador del arquitecto Antoni Gaudí, (y) no dudó en emularlo e instalarse en 1986 en la Sagrada Familia en una modesta vivienda durante veinte y dos años, el tiempo que tardó en elaborar más de un centenar de enormes esculturas hieráticas, geométricas y angulosas, de aspecto rugoso e inacabado para realizar la Fachada de la Pasión en la que representa la muerte y resurrección de Jesús, además de cuatro puertas de bronce». (El País, 8-08-2014: Fallece Josep María Subirachs, el escultor que se atrevió a medirse con Gaudí).A diferencia de los arquitectos exiliados Josep Lluis Sert y Félix Candela [ver artículo publicado en LNC: Redescubriendo a Gaudí. 2ª Parte (10-08-21)], Josep María Subirachs permaneció en la España de la dictadura de Franco. No obstante, recibió una beca para estudiar en París, en 1951, donde, además de conocer la veleidades de la democracia representativa, aprendió de escultores como Henry Moore las nuevas técnicas vanguardistas internacionales, dejando el clasicismo de sus primeras esculturas para empezar a romper sus formas, a exagerar expresiones y distorsionar movimientos. Es evidente su evolución: «Su primera etapa artística estuvo marcada por la estética mediterránea y su admiración por la obra de Clarà y Maillol. Más tarde se inspiró en las líneas helicoidales de la obra de Antoni Gaudí, a quien rindió un homenaje con algunas de las obras realizadas a principios de la década de los cincuenta». (Hola.com)
El experto en arte Cirici Pellicer dejó escrito en 1970: «[Subirachs] creaba una escultura singular que nos hacía pensar en Gaudí, en la situación violenta típica de todos aquellos portadores de fuego que chocan con las mezquindades» (en L’art català contemporani). No solo fue el primero en colocar arte abstracto en lugares públicos de España, sino también, como Gaudí, fue un artista de su época. Si cada época tiene su arte, Subirachs, a partir de 1956, con su colaboración con la agencia publicitaria ZEN, empezó a desarrollar un novedoso «lenguaje neofigurativo» en que la frontera entre la forma y la abstracción se diluye, con ángulos, líneas y perfiles muy marcados. Con estos principios artísticos, en 1957 Subirachs ganó por concurso el encargo de la decoración escultórica del Santuario de la Virgen del Camino de León, que culminó en 1961. Esta consiste en un friso con trece figuras monumentales (la Virgen y los doce Apóstoles –trece «colosos» de seis metros de altura que el escultor catalán labró buscando algo «verdaderamente moderno»–, además de cuatro puertas de bronce y varios elementos decorativos; obra que culmina la etapa expresionista del escultor y que se considera un hito en la renovación artística de la escultura española del siglo XX.Tendrían que pasar quince años (1986) para que la Junta Constructora del Templo de la Sagrada Familia de Barcelona encargase a Josep María Subirachs el continuar la obra de Gaudí con esculturas en «piedra de travertino», de una expresividad trágica acorde con el tema que se trata. Cuando el escultor dio por finalizada la fachada de la Pasión de Cristo, en el año 2005, había esculpido en piedra más de cien figuras, con un expresionismo figurativo y dramático.
Es por ello que, al hacerse cargo de tan colosal proyecto, no solo se lo propuso, sino que logró «redescubrir» para «los amantes de las Bellas artes» al genio que hay en Gaudí, pues aquí el arquitecto catalán no puso freno a su creatividad y había declarado que quienes le sucedieran tendrían que tomar decisiones propias, a fin de que la obra constituyese una clara respuesta al presente, al espíritu del tiempo en que se vive. Recogía Isidre Puig Boada en ‘El pensamiento de Gaudí’: «Puede que alguien encuentre esta fachada demasiado extravagante, pero yo querría que llegase a dar miedo [tema predilecto para las portadas occidentales de las catedrales góticas como la de León, porque es el lugar por donde se pone el sol, metáfora del inicio de las tinieblas, en relación con el afán de la Iglesia por mostrar la Muerte, el Juicio Final, el Infierno y el Paraíso]; para conseguirlo, no escatimaré en el claroscuro, los elementos salientes y los vaciados; todo lo que resulte en el más tétrico efecto. Es más, estoy dispuesto a sacrificar la propia construcción, a romper arcos o a cortar columnas, con tal de dar una idea de cómo es de cruento el sacrificio».
En contraste con la fachada del Nacimiento, tanto en su significado simbólico como en su plástica y expresividad, Subirachs se empeñó, con la fachada de la Pasión, a contribuir al deseo de Gaudí: «He procurado hacer evolucionar los estilos arquitectónicos hacia un estilo moderno (no modernista, y de este modo Gaudí se desmarcaba del Modernismo, la corriente artística en la que habitualmente lo encasillan los historiadores de Arte) […] (y con ello) La Sagrada Familia se convertirá en ‘la catedral de Europa’». (‘La Sagrada Familia según Gaudí’ / Armand Puig)
José María Fernández Chimeno es Doctor en Historia y experto en arquitectura.