Ramón Gómez de la Serna, al que la desfasada enciclopedia DURVAN define como gran introductor de vanguardismos, conferenciante desde una farola, creador de la greguería, «género de su invención que se reduce a una divertida y sutil asociación de ideas», autor prolífico que cultivó la novela, la biografía, la crítica de arte y el teatro, en su libro ‘Nostalgias de Madrid’, dedica uno de los ochenta y cuatro artículos que comprende la obra, al Rastro, titulado ‘La bajada al Rastro’. Donde muestra esa facilidad que tenía para transformar las cosas, mostrándolas desde una perspectiva insólita: «Con todo, allí puede reorganizarse la vida y armar un gran salón, con cuadros, espejos de marco dorado como con enredaderas de escudos aristocráticos y, sobre todo, con arañas, grandes arañas que, como han llorado mucho y se les han caído las lágrimas, a los pies de su armazón colgada hay grandes banastas de caireles que habrá que rehilar de nuevo». Una invitación a dejarse llevar.
El Rastro de León empezó a funcionar en 1979 en la Plaza Mayor, de una manera precaria, bajo los soportales, con mercancías inclasificables expuestas en el suelo. A mediados de los ochenta ofrecía otro aspecto diferente. Se extendía a toda la Plaza y en él se podían encontrar desde canarios, a trajes para niños, pasando por recogemigas. Poco después se traslada al Paseo de Papalaguinda. Cuando me acercaba por allí, lo hacía buscando libros; en ocasiones, para intercambiar impresiones con Antonio Cortijo. Encontré algunas cosas interesantes, pero no lo llegué a convertir en una rutina. Ya viejos, dejamos de explorar. Al menos del modo como lo hacíamos antes, movidos por la esperanza de un descubrimiento feliz, el anhelado tesoro esquivo.
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