¿Quién está pensando por nosotros?

Por Nuria Crespo y José Antonio Santocildes

01/11/2026
 Actualizado a 01/11/2026
¿Quién está pensando por nosotros?
¿Quién está pensando por nosotros?

Hubo un tiempo en que no saber algo era el comienzo de una búsqueda. Una invitación a asomarse al otro lado. La curiosidad solía llevarnos de la mano hacia lugares desconocidos, y cada respuesta nos regalaba una nueva pregunta. No importaba cuánto tardáramos en comprender porque había una cierta belleza en el camino de reconocer que el mundo era mucho más grande que nuestras certezas. No sé exactamente cuándo empezamos a cerrar aquellas mágicas puertas.

Hoy tenemos el mundo al alcance de los dedos. Nunca fue tan sencillo acercarse a una biblioteca, escuchar voces lejanas, descubrir otros pensamientos o encontrar diferentes caminos hacia el conocimiento. Sin embargo, esa hambre tan antigua como innata que antes nos empujaba a mirar más allá de lo evidente, parece haberse extinguido irremediablemente.

En la actualidad nos llegan respuestas incluso antes de haber formulado las preguntas. Y las aceptamos sin más, sin apenas cuestionar cómo, cuándo o por qué razón. Unas veces por cansancio. Otras, porque la vida corre demasiado deprisa. También porque resulta más cómodo que alguien nos entregue una explicación ordenada, una certeza envuelta para llevar o una conclusión que no exija atravesar el esfuerzo de tener que investigar para comprender. Y así, casi sin advertirlo, empezamos a habitar pensamientos que en realidad nunca fueron nuestros.

Repetimos automáticamente palabras que escuchamos en alguna parte. Defendemos con vehemencia convicciones cuyo origen ni siquiera recordamos. Nos aferramos a opiniones prestadas con firmeza y protegemos supuestas verdades que alguien ha colocado con mimo en lo más profundo de nuestra mente. Quizá lo más triste sea que, en ocasiones, no sentimos la necesidad de comprobar si todo aquello que sostenemos con tanto empeño tiene raíces sólidas. Ni siquiera si tiene raíces.

Existe una forma de ignorancia que nace de no haber tenido las suficientes oportunidades para aprender, lo cual merece comprensión, puertas abiertas y manos tendidas. Pero existe otra forma de ignorancia, más punzante, más silenciosa, que aparece cuando dejamos de querer saber. Cuando abandonamos el deseo de ir más allá. Cuando confundimos estar informados con haber comprendido. Cuando una frase repetida muchas veces termina pareciéndonos suficiente. Y esa ignorancia no siempre se reconoce en el silencio. A veces habla muy alto. Demasiado alto. Esa ignorancia tiene respuestas para todo, muy pocas dudas y una extraña impaciencia ante quien se atreve a preguntar. Tal vez por eso estamos perdiendo algo más valioso que determinados conocimientos. Estamos perdiendo la costumbre de detenernos, observar, preguntar, investigar  y pensar. Estamos perdiendo la capacidad de mirar una afirmación desde distintos lugares, bajo diferentes miradas. De escuchar a quien piensa diferente sin preparar inmediatamente una defensa. De aceptar que dos personas pueden contemplar el mismo paisaje y descubrir en él cosas completamente distintas, sin que ninguna deba convertirse necesariamente en enemiga de la otra.

Pensar por nosotros mismos no consiste en rechazar lo que nos cuentan, tampoco en creer que nuestra perspectiva es siempre la más acertada. Consiste en atrevernos a recorrer el espacio que existe entre lo que escuchamos y lo que finalmente decidimos creer. Y para recorrer ese espacio necesitamos tiempo. Necesitamos lecturas que contradigan nuestras ideas o que nos ofrezcan nuevos paradigmas. Necesitamos conversaciones que nos incomoden un poco, preguntas que permanezcan abiertas durante días o durante toda la vida. Necesitamos la paciencia de observar antes de juzgar y la humildad de reconocer que incluso nuestras más queridas convicciones pueden contener errores o ser absolutamente falsas. Necesitamos la incertidumbre de saber que no siempre encontraremos una respuesta ni una verdad definitiva. Y eso está bien. Porque el verdadero peligro no está en equivocarnos mientras buscamos, sino en dejar de buscar porque alguien ya ha pensado por nosotros. El verdadero peligro está en mirar únicamente por la ventana que alguien dejó abierta cuando existen infinitas más, creyendo que el paisaje acaba donde alcanza nuestra vista.

No es necesario saberlo todo. Eso es imposible. Basta con conservar una pequeña inquietud, una rendija por la que siga entrando el aire de la duda. Una sutil grieta por la que siga entrando el arte de poner en duda nuestras certezas más antiguas. Un resquicio por el que siga entrando el eterno placer de preguntar. Porque hay algo profundamente humano en seguir aprendiendo. En descubrir, después de muchos años, que todavía podemos mirar de otro modo aquello que creíamos conocer. En poner en duda todo aquello que ha sostenido los cimientos de nuestra vida hasta donde somos capaces de recordar. Y hay una cierta magia en todo ese proceso.

No sé si algún día volveremos a sentir la curiosidad como una necesidad insatisfecha. No sé si recuperaremos el placer de investigar sin prisa, de escuchar sin miedo o de construir nuestras propias ideas con paciencia y entrega. Sin embargo, me gusta pensar que aún quedan muchas ventanas por abrir y muchos paisajes por contemplar. Me gusta pensar que todavía podemos enseñar a nuestros niños a no conformarse con la primera respuesta que reciben. Y recordarnos, mientras lo hacemos, que nosotros tampoco deberíamos hacerlo. Existe una forma de libertad que nadie puede entregarnos ya construida porque nace en ese instante íntimo, casi invisible, apenas perceptible, en el que escuchamos una afirmación, guardamos silencio y, antes de hacerla nuestra, nos preguntamos: «¿Y si miro un poco más allá?».

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