Las profundas corrientes que nos mueven

Manuel Cuenya. Escritura creativa: El arte de narrar. Nivel intermedio. Uned

María de la Cruz López Viso
16/08/2026
 Actualizado a 16/08/2026
Imagen de archivo de New York. | L.N.C.
Imagen de archivo de New York. | L.N.C.

Los dos teníamos veinticinco años en aquel verano del 90. Por todas partes sonaba el álbum ‘Through the storm’, de Aretha Franklin. Yo acababa de entregar el proyecto fin de carrera y tú llevabas un año en Harvard con una beca Fullbright. 

Llegué a Nueva York desde Madrid, volando con American Airlines para hacer juntos una ruta por los estados del Norte. Era mi primer vuelo transoceánico. Vestía un vaporoso traje de flores totalmente inapropiado para un viaje tan largo. Además, el avión hizo escala en la isla de Terranova donde hacía frío y no sabía cómo abrigarme. Tú me esperabas en el ‘meeting point’ del aeropuerto Kennedy, en la terminal cuatro. Nos abrazamos después de un año sin vernos y el intercambio de muchas cartas. Desde allí, subimos a un tren que nos llevó al centro de Manhattan adentrándonos en un paisaje que crecía hasta una altura infinita. Nos acomodamos en una habitación pequeña, situada en la planta doce de un edificio de ladrillo. Llovía, y una lejana tormenta inundaba el cielo con relámpagos violeta. 

Al día siguiente, me arrastrabas en tu frenético ritmo sin intentar negociar el tiempo compartido. Sólo te importaba almacenar imágenes de Arquitectura, que luego pudieras exhibir en Harvard. Hacías fotos sin parar mientras yo me ponía en lugares estratégicos, para ilustrar la escala de los edificios. Esa noche tuvimos la primera bronca. Te negabas a cenar tranquilamente en un restaurante y preferías comprar comida basura en el supermercado. Te fuiste al hotel sin hacer ninguna concesión, llevándote el dinero y las llaves. Me quedé sentada en una escalera planeando la idea de largarme lo antes posible. Sin embargo, yo también era arquitecta y quería conocer los edificios de Sullivan y Richardson en Pittsburgh y descubrir todas las maravillas que suponía estarían a nuestro alcance, a medida que nos moviésemos por el territorio. Aunque en mi fuero interno sabía que el viaje era explosivo, decidí aguantarte. Por eso, volví al hotel. 
Una semana después dejábamos atrás Nueva York. Desde el tren su imagen era una sucesión de formas fantasmales envueltas en niebla. En mi memoria temblaban las sensaciones de los lugares y todas las criaturas libres y dislocadas que habitaban en su interior. Era un sábado lluvioso cuando llegamos a Boston, una ciudad con poblamientos ordenados en torno a calles de servicio y avenidas lujosas. Había un centro comercial compuesto de rascacielos dispares y solitarios, y el mar plomizo acariciaba su perímetro. 

Alquilamos un Ford Orion azul para iniciar la ruta planificada. Primero Albany, luego Búffalo, Niágara, Pittsburgh y por fin, Chicago. Entonces, el viaje cambió de ritmo. Al pasar tanto tiempo atrapados en el coche, tu egoísmo se convirtió en un miembro más de nuestra pareja. Un ente maligno que se imponía entre los dos. En uno de tus brotes de ira, intentaste lanzarme fuera del coche arrancando bruscamente cuando tenía medio cuerpo dentro y no había cerrado la puerta. En ese momento, supe a lo que me exponía si te contrariaba. Después de horas atravesando extensiones de paisaje nos detuvimos en un punto de descanso para echar gasolina y beber algo. Muy cerca había un auto del que salieron dos críos afroamericanos. En la radio sonaba una canción de M.C. Hammer y los niños empezaron a bailar como si los moviese una corriente eléctrica. Mirándolos sentí que había vida más allá del territorio portátil en el que me encontraba. Quise descalzarme…Sin embargo, permanecí inmóvil frente al gozo de vivir.

La aproximación a Chicago incrementaba tu deseo por abarcarlo todo. Nos alojábamos en un albergue Y.M.C.A. lleno de polacos. Nuestro primer edificio era el Auditorium Building de Adler & Sullivan. Nos guiaba un mexicano con el que hiciste buenas migas. Yo iba a mi aire. En uno de los palcos, mientras analizábamos la estructura estuve a punto de caer. Entonces, vi al monstruo sonreír desde tus ojos, como si me advirtiese del peligro en cuanto intentaba salir de tu burbuja, que era un espacio en torno a ti, que variaba de diámetro en función de tu estado emocional.
Negociamos vernos al final de cada día y cenar juntos, lo mejor para evitar discutir. Yo sabía que uno de mis amigos estaba en la ciudad buscando trabajo y lo llamé. Quedamos en la plaza federal donde está el edificio Kluczynski de Mies, bajo la escultura de Calder. Elías y yo éramos semejantes en nuestra forma de entender la vida, soñadores e incapacitados para el barro de la batalla. Nada que ver contigo, que te habías convertido en un francotirador narcisista y despiadado, con esporádicos brotes de demencia. 

Al verme demacrada, vestida de negro con una mochila azul, abrió sus brazos de par en par, mientras mi corazón se expandía. En ese instante, pude sentir en medio del hormiguero humano a dos seres vacilantes, demasiado jóvenes para comprender que la vida los arrastraría hacia orillas alejadas. Después de meses sin vernos subimos al metro hacia el apartamento donde vivía. Estuvimos sentados en la cocina. Mirándonos sin hablar mientras anochecía y yo empezaba a inquietarme pensando en ti. No sabía cómo volver. En aquel momento, pude dar un giro a mi vida. Sin embargo, regresé de madrugada. Cuando entré en la habitación del hotel todo el suelo estaba lleno de notas tuyas. Me decías que habías denunciado mi desaparición, que si llegaba no me moviese... Al poco tiempo, apareciste empapado en sudor y desorientado. Fuimos juntos a la policía para aclararlo todo. Regresamos y nos acostamos sin mediar palabra. Cuando ya te creía dormido me preguntaste qué había sucedido y yo te mentí.

Tres semanas después regresé a Madrid desde Nueva York, cerrando el círculo de nuestro último viaje por los estados del Norte. Con el paso del tiempo, fui capaz de reconocer las fuerzas que te movían sin que pudieras evitarlo, la violencia, la ambición, los delirios de grandeza y la compulsión enfermiza por alcanzar algo que se te escapaba. Aunque yo te había engañado, también me sentía traicionada. Sumergidos en el subconsciente estaban los sistemas familiares de ambos. Yo estaba contigo porque la autoridad del padre que tuve resonaba en ti, tú estabas conmigo por otra resonancia. Éramos muchos, pero en la superficie estábamos tú y yo para librar la batalla. Lo llamamos Amor, porque desconocemos las profundas corrientes que nos mueven. 

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