Normalmente –¿cómo me ha dado hoy por empezar esta reseña con un adverbio terminado en «mente»?– escribo mis reflexiones literarias nada más agotar la lectura de un libro, en caliente, para que no se me disipen los criterios.
Esta vez no ha sido así. Me zampé Herida y ventana hace un mes, en Benidorm, con la playa de Poniente enfrente –cuánto ente– y el rumor sordo de las olas amenizando mi lectura, como un hilo musical que la naturaleza ponía a mi alcance o una caracola de mar que me susurraba al oído su espiral y oxidada melodía.
Cuando se apagó la luz de mis vacaciones, incuestionablemente necesarias y merecidas, volví a la querencia del hogar tierra adentro con mi bagaje de lecturas en la maleta; pero me encontré a mi regreso con demasiadas tareas pendientes de resolver, que reclamaban atención inmediata. Así que, como decía Torcuato Luca de Tena en ‘Primer y último amor’, me ocupé de lo urgente antes que de lo importante; y, además, no sé si por caballerosidad o porque la leí primero, decidí dar preferencia a la novela ‘La vergüenza es azul’, de Isolda Patrón Costas, que (quizás alguien lo recuerde todavía) ocupó esta sección hace un par de sábados.
En resumidas cuentas, que ahora busco en el estante de los libros estancados –a la izquierda languidecen los que aguardan a ser consignados y a la derecha esperan entre aburridos y resignados los que tengo pendientes de leer, sin saber si serán aireados o condenados al silencio– y sé que me toca ocuparme por fin de este. Y caigo en el motivo casual que me ha llevado a emplear un adverbio tosco como «normalmente» para iniciar esta recensión (y poco después otro tan pomposo como «incuestionablemente»). En cierto modo, se trata de una asociación de ideas. Ha bastado con tener el libro entre mis manos y él mismo me ha hablado enseguida de la diferencia entre literatura sublime y mercadeo editorial, y me he acordado de otro Fernando, que era diplomático y que fue capaz de argamasar su apellido –Schwartz– con una sola vocal cortejada por consonantes. Aquel ganó el premio Planeta (tan de actualidad estos días) con una novela –no voy a recurrir a san Google ni a la IA (que coincide con las iniciales de Isabel Allende) para recuperar su título– que, en el formato que amagué con leer, empachaba la media página impresa inicial con una legión de adverbios terminados en «mente», que me quitaron las pocas ganas que tenía de seguir leyendo, no fuera a atragantárseme la ídem.
Y expongo estas consideraciones preliminares para centrarme –me niego a utilizar el adverbio «definitivamente»– en la novela de Fernando Parra Nogueras y en las preguntas que me hago al sentir el tacto rugoso de la cartulina verjurada de su cubierta, que acaricio con las yemas de mis dedos. Cómo conocí la literatura del autor tarraconense afincado en Alicante, quién me habló de su novela ‘Las cinco vidas del traductor Miranda’, laureada (y con razón) y publicada, como esta, por Funambulista, una editorial que encuaderna y presenta sus libros con originalidad cuadricular y se sostiene y equilibra sobre el alambre, gracias a su buen gusto a la hora de abigarrar su catálogo. Y caigo en la cuenta de que fue otro escritor –el extraterrestre Antonio Tocornal (reciente ganador, por cierto, del premio de novela de la Fundación Monteleón)– el faro que me iluminó sobre la anterior novela de Parra Nogueras y me advirtió hace unos meses de que esta, que hoy nos ocupa, es todavía más extraordinaria.
Me pregunto también cómo es posible que Fernando y yo no hayamos coincidido, entonces o ahora, cuando hemos estado varias veces muy cerca. Pero antaño por una latosa lesión de rodilla y hace unas semanas quién sabe por qué tímida razón, solo nos hemos relacionado –no voy a decir «vagamente›»– por güasap.
Tengo el libro martirizado de esquinas dobladas (agoté los post-it de colores con la novela de Isolda) y rara es la página en la que no he subrayado una frase o una reflexión memorable, o incluso excelsa. De verdad que no exagero.
La novela, que delata la erudición literaria del autor, habla sobre la depresión, sobre el dolor intelectual propio (pero también del físico y ajeno), sobre el amor, sobre el apoyo de la familia y sobre los amigos que te dan la espalda cuando la vida te niega una sonrisa, sobre el suicidio cuando más que en tentación se convierte en alternativa, y sobre el miedo y la huida, que aparecen disfrazados con diversos ropajes esquivos. Recuerdo también que los dos capítulos que Fernando Parra sitúa al principio, a modo de avanzadilla, deberían ocupar otro lugar central en la trama; que luego enfatiza en su ostracismo en un refugio ancestral; y en la parte final -donde cura heridas y abre ventanas a la esperanza- refiere su resurgir y su regreso al mundo cotidiano, a la relación con su amada Bea, al olor adolescente, sudoroso y rebelde de las aulas de un instituto.
Paladeé, en la página inaugural, «el sofá sin ella es la intemperie». Y con eso caí ya noqueado. Qué hermosa manera de definir la soledad y la ausencia. Traté luego de incorporarme, como el púgil que ha besado la lona del cuadrilátero, pero cuando en el segundo capítulo convierte la rutinaria lista de la compra del Mercadona en una cartografía narrativa de dimensiones descomunales, me rendí y, a partir de ahí, no pude parar de leer.
Tengo anotado, con mi caligrafía encabritada, que el autor recurre a la autoficción, y reconoce varias veces en el interior que la emplea como terapia, aunque ‹‹no como una manera de abonarse al exhibicionismo gratuito del dolor››. También he destacado que la novela es intimista y busca una excusa para pedir perdón, una rendija para provocar reconciliaciones, para reencontrarse con el amor, por más que la llama de la pasión se haya consumido. Quizás por eso haya escrito algo que podría servirme de titular, «el corazón habitado»; pero me pregunto –no voy a decir «infructuosamente»– qué me empujó en su momento a utilizar esa frase que tanto me agrada. Como me pregunto, sin discernirlo, por qué anoté algo acerca de Martina, una niña ciega que comerciaba con los instantes felices.
Lo que sí recuerdo haber garabateado es que dudo de que una novela sea sensacional y alcance miles de lectores «solo» por el uso delicado del lenguaje, por sus metáforas, por su prosa poética, tabicada de frases tan largas que roban el aliento, y que surgen en innumerables ocasiones, como pastelillos empapados de licor y cuyo almíbar se escurre entre la comisura de los labios; si bien acabo coincidiendo con el autor en que la mejor literatura es la que sobrevive al amparo de las palabras. Por mucho que se venda muy poco.
Quedan otras preguntas más triviales, que me hice hace un mes y que rescato mientras atisbo la línea de meta. Qué fisioterapeuta será capaz de recomponer una espalda que ha dormido demasiadas noches dentro de un arcón, qué marca de coches empieza por la letra Z o qué gran portero de fútbol de talla mundial puede iniciar su apellido con la enmudecida H.
Y ahora, como cuando la leí, pero con más poso y convicción, estoy seguro de que en una temporada excesiva de catas poco satisfactorias –tampoco quiero recurrir en este caso al «literariamente» hablando–, ‘Herida y ventana’ es la obra mejor escrita que ha llegado a mis manos. Y por esa razón, y aun sabiendo que no siempre vencen quienes más lo merecen, como el Real Madrid que gana los partidos decisivos en los minutos añadidos, y del que el autor se declara enamorado en los agradecimientos, también es posible que sea, en mi clasificación particular, una digna candidata a conseguir la Champions League de las novelas.
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