La maravillosa idea de reunir los artículos que Paz Martínez publicó durante cuatro años en Astorga Redacción ha hecho que, juntos, respiren de otro modo: como un cuerpo único, un collage deslumbrante por su sencillez y su luz.
Prepárense los lectores: estos relatos no son como los de ahora. Tienen conflicto, momentos de tensión y decisiones vitales que intensifican la historia; sirven para que no confundamos la vida con un cuento, para que aprendamos a amar las raíces y no solo las flores, y para saber qué hacer cuando llegue el otoño.
Podría describir la experiencia de la lectura recurriendo a las palabras que ella misma utiliza tras visitar una exposición dedicada a la obra de Frida Kahlo: impresionante, demoledora e incluso dolorosamente bella. La pintora no busca la mirada del espectador, sino la propia, para reconocerse en su congénito dolor y reproducirlo en la obra sin hacerlo evidente en la vida cotidiana, como si portara una máscara. Mientras leía, pensé que quizá también hablaba de sí misma.
Adentrarse en 'Serendipias' implica caminar de la mano de pastores poetas; de abuelas ensimismadas que miran sus manos o la nada hasta que el carrillón del reloj las conduce al ángelus. Recrea lentas jornadas de pastoreo, verdaderos manantiales de horas sin fin para la lectura o la abstracción.
Paz bebió de esas fuentes rebosantes de páginas durante las largas tardes de verano y descubrió a los primeros poetas y escritores que la llenaron de palabras y le revelaron horizontes ignorados. Lo comparte, no se lo guarda. Tiempo después reconocía escribir movida por el sentimentalismo de aquella infancia: las horas de lectura en el campo, los primeros versos propios y ajenos a la sombra de las paleras, mientras sesteaban las ovejas y pastaban las vacas.
Y sin saber cómo, al arrullo de sus palabras, puede ocurrir que uno vuelva a ser niño; que regrese a aquellas tardes en las que, refugiado en una siesta que nunca hacía, encontraba cobijo en la penumbra de los libros. El tiempo no corría: se mitigaba.
Son tantas las ideas, tantos los temas que se intuyen en este cuaderno de bitácora, que cualquier escritor podría prolongarlos en decenas de relatos. «Yo nací mirando a un cementerio. Es la metáfora de mi vida». El ventanuco de la casa de su abuela daba a pie de camposanto.
También aparecen intuiciones que rozan lo revolucionario: «Aún hoy me pregunto qué necesidad hay de diferenciar por géneros más allá de lo puramente biológico». ¿Se imaginan un mundo sin géneros? Y cuando el desaliento amenaza, ofrece un pensamiento mayor: la muerte forma parte de la vida; todos morimos, aunque nadie deja de existir del todo, porque somos polvo de estrellas.
Quizá algunas heridas familiares procedan de ser hijos de los niños de la posguerra. Hijos de unos niños.
Mientras avanzaba en la lectura me pregunté si eso no sería la esencia misma de escribir: dejar que te conozcan mientras te conoces. Encontrar el libro perfecto, ese que muestra lo que aún no habíamos alcanzado a ver o aquello para lo que no supimos encontrar palabras.
Nos recuerda que hay otras formas de pensar, sostenidas en la verdad de una mujer rural, desnuda de clichés, capaz de devolver la vida a una tierra baldía. La aparente sencillez de sus artículos nace del oficio y acerca su pensamiento huyendo de estereotipos que distancian realidades.
Ante la enfermedad, la levedad del ser o el vértigo de la nada propone otra manera de permanecer invictos: «Soy el encargado de mi destino. Soy el capitán de mi alma».
Dialoga en silencio con Frida Kahlo: Imposible de explicar y, sin embargo, basta clavar la mirada en sus trazos para comprender aquello que las palabras no alcanzan.
Estos silencios terminan despertando en mí, como escritor, el deseo de continuar las ideas que deja abiertas. Evoca infancias propias y también aquellas que nunca tuve. Sacude incluso en lo cotidiano: la necesidad de pasar el aspirador ante la inminente llegada de una muerte anunciada. ¿La de quién no lo es?
«Nunca he tenido reparo en escribir contando en verso mis miserias…». Solo los valientes hablan tanto del miedo como ella.
Y dispone su remedio contra la tiniebla: «Pienso, necesito y me prescribo poesía». Vaciarse para volver a llenarse.
'Serendipias' es un libro al que regresar más adelante para descubrir cuánto hemos cambiado mientras permanecen intactas las voces de la infancia.
¿Y si ese fuera el verdadero propósito de una vida: ser nadie? ¿Y si para ser alguien tuviéramos que nacer cada día, disputar cada jornada un dinero que se pudre con las horas y conservar del que fuimos ayer apenas un recuerdo lejano?
Persistir en el pensamiento discontinuo. Seguir las huellas de una hormiga. Esperar la idea poética sentado frente al campo, mirando por la ventana.
Cuando creo que ya no puede interpelarme más, esta honesta maestra me entrega «En la cuerda floja», un artículo que dialoga inesperadamente con el cuento largo que yo mismo llevo meses escribiendo: El equilibrista.
Cierro las páginas buscando palabras capaces de resumir el encuentro: profundidad sin imposturas. Un sustrato literario ancho, anchísimo. Lección de vida. También —cómo no— un fino humor.
Entonces escucho con ella a Anne Sexton: «Me gusta pensar que nadie moriría nunca más si todos creyéramos en las margaritas…». Y también a Paul Celan: «¿Quién dice que se nos murió todo cuando se nos quebraron los ojos? Todo despertó, todo comenzó».
Quizá escribir no sea otra cosa que eso: esperar mirando el campo hasta que algo, sin avisar, vuelve a empezar.
