El latinismo ‘íncipit’ significa ‘empieza’ y «se emplea en las descripciones bibliográficas con el sentido de ‘primeras palabras de un escrito o de un impreso antiguo’». Pablo Parra concede al término un sentido más abstracto para aplicárselo a la vida; más en concreto, a «empezar una etapa nueva en la vida».
«Trabajamos con adolescentes sobre todo y el concepto tenía ese componente vital para ellos», continúa uno de los responsables del proyecto de circo y artes del cuerpo La Pequeña Nave, que desde las 12:30 horas de este domingo presenta su función ‘Íncipit’ en el hall de la Facultad de Filosofía y Letras del campus de Vegazana en un evento con taquilla inversa. Es «sobre la potencia de los comienzos» donde empieza a construirse el espectáculo en el que los tripulantes de La Pequeña Nave han estado trabajando durante los últimos meses. «Hemos empezado con improvisaciones a las que se iban añadiendo las rutinas de circo», apunta Parra: «Íbamos escogiendo las escenas con las que más se identificaban o que mejor les funcionaban».
Así, a partir de la improvisación, los once integrantes del elenco de ‘Íncipit’ han ido alumbrando una pieza cuyos protagonistas tienen entre 14 y 35 años. Una pieza que, además, intenta plasmar la emoción que se aparece durante las primeras veces. «Siempre me ha interesado cómo el circo, como técnica, se puede convertir en un lenguaje expresivo», considera el responsable: «No creo que sea necesario alcanzar la proeza, sino buscar la poesía y la belleza de las cosas que salen de lo cotidiano».
No es sencillo expresar con el cuerpo las ideas que normalmente se expresan con palabras. Aun así, el director de ‘Íncipit’ confiesa no tener «tanto interés en que se entienda explícitamente la historia». Al menos, no tanto como «transmitir una serie de emociones» que podrían definirse como «un viaje emocional para el espectador». «Yo creo que el lenguaje corporal tiene el poder de la sugestión, de la sugferencia», opina: «Cada persona puede interpretar una cosa diferente, pero eso, en lugar de preocuparme, me parece que enriquece el hecho escénico».
Esas interpretaciones exigen la existencia de un público. Para que haya público, tiene que haber funciones. Parecen evidencias, pero lo cierto es que habitualmente, de entre las artes escénicas, las que tienen que ver con el circo cumplen un papel casi siempre secundario. «A nivel circuitos y a nivel mercado, en este momento histórico y en este lugar geográfico en el que estamos, son un poco marginales», explica Parra: «Pero he decir que nunca me ha preocupado». El responsable de La Pequeña Nave forma parte de colectivos y asociaciones profesionales «desde las que se reivindica que el circo y las artes del cuerpo tengan un lugar que se merecen o, por lo menos, puedan estar a la par que otras artes escénicas como el teatro o la danza»; lugares en los que –dice– aún no están. «No creo que eso menoscabe la potencia y la capacidad que tiene el circo o el arte del movimiento de comunicar y de crear», añade: «Estaría guay que llegarámos a más público en más lugares, pero eso no hace que la creación o los procesos creativos sean pequeños».
Sobre la razón de que el circo y las artes del cuerpo se vean relegados a permanecer en la sombra de la escena, sostiene Pablo Parra que tiene que ver con motivos «sociológicos e históricos». «La propia palabra ‘circo’ se asocia a un espectáculo de entretenimiento sin más, no como un lenguaje o un arte escénico», señala: «Poco a poco, sí que ha ido ganando esa entidad, pero cuando el circo –al menos en Europa o en España– ha ido ganando esa profundidad, otras artes escénicas como la danza o el teatro ya llevaban mucho más camino recorrido». En sus palabras, que suenan «con cautela, hay un poquito la sensación de estar abriendo ese paso con los codos; dando un poquito de empujón para abrir el hueco» a las funciones de circo. «No se trata de apartar al resto de artes ni mucho menos, simplemente es alzar la voz y decir que nosotros también estamos aquí», termina por decir.
Una manera de hacerlo, aunque sin palabras, es a través de la obra que este domingo se convierte en protagonista del campus de Vegazana. Acompañados de una estructura de ocho metros de alto, telas aéreas, equilibrios acrobáticos y malabares acapararán la atención entre melodías, «dando lugar a un espectáculo de circo como ritual escénico compartido que celebra la vida». Todo en el marco del programa Cul’25 de la Concejalía de Juventud del Ayuntamiento de León, que concedió a la asociación León es Circo –de la que forma parte el proyecto La Pequeña Nave– la oportunidad de crear un espectáculo con la emoción de los comienzos, expresando así los nervios de cualquier primera vez y demostrando que, sin voz, también es posible comunicar.