Palomas y palomares

Desaparecen del paisaje sin que nos demos cuenta de su lenta extinción ya que ha desaparecido su razón de ser, lo que motivó su construcción

Martín Muñoz Navarro
20/08/2026
 Actualizado a 20/08/2026
Palomar del Monasterio de Carracedo. | MARTÍN MUÑOZ
Palomar del Monasterio de Carracedo. | MARTÍN MUÑOZ

Los palomares desaparecen de nuestro paisaje a pasos agigantados sin que nos demos cuenta de su lenta extinción. Ha desaparecido su razón de ser, lo que motivó su construcción y expansión por todas las comarcas leonesas, que era dotar a los propietarios de sabrosa carne durante todo el año. Hoy, la facilidad de acceso a los alimentos y las enfermedades asociadas a las aves, hacen que los palomares en explotación sean realmente escasos. Los propietarios, sin esa utilidad primaria los desatienden sin evitar su ruina, cuando no la provocan por resultar un estorbo en la explotación de sus fincas. A los palomares solo les queda la belleza de su estructura, la evocación de un tiempo pasado y la nostalgia de cuantos creemos que su altiva figura resulta indispensable para comprender nuestras raíces.

Levantados, en su mayor parte, con muros de tapial y adobe, especialmente en la zona de Tierra de Campos, de ladrillo, mampostería y piedra donde estos materiales eran fáciles de adquirir, su permanencia en el tiempo, sin un cuidado constante, es efímera. Existe algún ejemplar en ruina del siglo XV y del XVIII, pero la mayoría de los que permanecen en pie fueron construidos en los siglos XIX y XX.

Sin un catálogo definitivo en nuestra provincia, resulta difícil estimar su número aproximado. En el año 1993, Santiago Díez-Anta, ingeniero agrónomo que ocupó en nuestra provincia la dirección del Ministerio de Obras Públicas y Urbanismo, publicó una obra titulada Los palomares en la provincia de León, imprescindible para el estudio de este tipo de arquitectura rural. Estimó que en nuestra provincia existían 1.200 palomares. La investigadora leonesa, Irma Basarte, presidenta de la Asociación Amigos de los Palomares, autora de los libros, 'Palomares singulares de España' y 'Palomares de Castilla y León', inventarió los palomares leoneses, años después, siguiendo la obra de Anta, estimando que su cifra rondaría los 1.300, incluyendo aquellos que se encontraban en ruina y vestigios de su existencia.

Gigoso de los Oteros.MARTÍN MUÑOZ
Gigoso de los Oteros. | MARTÍN MUÑOZ

Yo creo que en la actualidad su número es sensiblemente menor. Esta primavera decidí tomar al azar mi motocicleta y recorrer una de las múltiples rutas de los palomares, de las muchas que pueden ser elegidas en nuestra provincia, concretamente la que recorre los pueblos de parte de la Vega del Esla y la zona sur del Páramo. Comencé en Villamañán, y finalicé en Valencia de Don Juan, pasando por Laguna de Negrillos, Villaquejida y Toral de los Guzmanes. El resultado no pudo ser más desalentador. Aunque pude fotografiar bellos palomares, aún en buen estado, en muchos casos me fue imposible localizarlos ni con ayuda de los vecinos. Significativo fue lo que me ocurrió en Toral de los Guzmanes. Después de recorrer todo el perímetro del pueblo pregunté a un vecino de edad avanzada por los palomares de Toral y con pesar me confesó que, en su día, recordaba haber contado doce palomares, pero que en la actualidad no podía recordar ninguno porque todos habían ido desapareciendo, hundidos por la falta de atención de sus propietarios. Recuerdo de aquel viaje un hermoso palomar restaurado en Villaquejida y el solitario y señero palomar de planta cuadrada, en San Millán de los Caballeros.

No pretendo en estas breves líneas aconsejar rutas para encontrar espléndidos ejemplares de esta arquitectura tradicional, aunque ciertamente, un recorrido por los pueblos de la Tierra de Campos leonesas ofrece la seguridad de encontrarte con estas bellísimas atalayas de barro. Deseo simplemente trasladar mi emoción cuando, accidentalmente, me encuentro con estos edificios tan singulares. El tiempo se detiene en su entorno y el aire se serena, mientras las palomas, inconscientes de la belleza que habitan, contemplan el paisaje desde su altura.

Al final de la calle Real, a la salida del pueblo de Villoria de Órbigo, en un solar despoblado, me encontré, por sorpresa, un hermoso palomar de adobe, de planta cuadrada, con el tejado hundido que dejaba ver las vigas que un día le sustentaron. En torno a él se percibía una dulce desolación. Su porte digno y severo nos recordaba valores de otros tiempos, memoria viva que no debemos perder. 

Gigoso de los Oteros. MARTÍN MUÑOZ
Gigoso de los Oteros. | MARTÍN MUÑOZ

En Villarroañe hay un duelo de soledades entre la iglesia parroquial de San Pelayo y el viejo palomar que la observa en la distancia. Ambos están al final de la calle Las Arribas, donde la calle ya no tiene casas y permite a ambos edificios mantener un diálogo en los que ambos lamentan su melancolía. La iglesia es un monumento soberbio que guarda la memoria del pueblo. El palomar de planta circular, perfectamente enfoscado y con un sobre tejado donde tiene ubicadas varias troneras por donde acceden los pichones al interior, sabe que es una memoria humilde de un tiempo fenecido.

Desde la carretera N-601, en dirección a León, a la entrada de Mansilla de las Mulas, se puede observar un palomar restaurado de planta circular y perfectamente encalado. Yo le he visto con sus muros caídos, dejando ver en su herida, los nidales o nichos de los pichones. Se encuentra en la calle Los Almendros, alejado de las primeras casas del pueblo.

Es del todo singular el palomar de Nogales, construido en adobe con un zócalo de cantos rodados, navegando como una balsa a la deriva, en un extenso mar de maíz verde. En la distancia solo se vislumbra la parte superior. Es singular porque su planta es octogonal y porque en su patio interior existe un enorme nogal cuyas ramas asoman por encima de su tejado. A pocos kilómetros se encuentra el monasterio de Santa María de Sandoval y es una buena ocasión para visitar ambos monumentos. No me resultó fácil dar con él, pues su única indicación se encuentra a la entrada del pueblo con un cartel informativo y dos sencillas flechas que indican la dirección del palomar y la playa fluvial. El camino que no se aparta de la orilla del río Porma, entre una chopera inmensa, es apacible y umbrío, pero que nadie espere ninguna información adicional. Después de la playa fluvial, a unos cincuenta o cien metros hay que tomar el primer camino que sale a la derecha y que desemboca en una pista de tierra, perfectamente practicable con bicicleta, moto o turismo, que sale del pueblo y sigue paralela al río. A unos ciento cincuenta metros, a la derecha podemos encontrar el majestuoso palomar. Para acceder a sus inmediaciones hay que cruzar un puente de madera que ofrece escasa seguridad y luego andar un trecho por un camino lleno de hierbas que te llegan casi a la cintura. Vuelvo por la pista de tierra y descubro que ésta sale justo enfrente de la iglesia. Un vecino me informa de lo mal colocada que se encuentra la escasa señalización, pero, a pesar de todo, el paseo resulta placentero en extremo. En el año 2022 fue restaurado por el Ayuntamiento de Mansilla la Mayor y el Instituto Leonés de Cultura.

En Grajal de Campos he tenido ocasión de visitar varios palomares de extraordinaria factura. Quiero reseñar el hermoso palomar que se asienta en el casco urbano del pueblo, en una finca situada en la calle Arenal, muy cerca de la ermita de la Virgen de las Puertas. Tiene planta circular y se encuentra en perfecto estado de conservación, encalado hace años, con su linterna llena de troneras, otea los tejados con curiosidad. Encontrarlo entre calles angostas es una hermosa sensación de que la arquitectura más tradicional puede convivir sin enfrentamientos en nuestros pueblos.

Villarroañe. MARTÍN MUÑOZ
Villarroañe. | MARTÍN MUÑOZ

Cuando los peregrinos a Santiago cruzan por la Tierra de Campos leonesa, el perfil de los palomares diseminados por la ruta se hace familiar, formando parte de un paisaje que les resultará inolvidable. En Calzada del Coto, en la salida del pueblo por la calle Real, hay un grupo de palomares sencillos, de planta rectangular y con el tejado vertiendo a una sola agua. Construidos en adobe, se hallan perfectamente vivos, con palomas que entran y salen constantemente por las troneras. El peregrino puede sentarse en la hierba y contemplar tan bello espectáculo. En Bercianos del Real Camino, a la salida del pueblo en dirección a Santiago, tras la alambrada de una parcela que se inclina hacia la senda, podemos contemplar otro palomar señero, de planta cuadrada, con una esbelta linterna que lo corona.

He dejado para el final la visita al palomar del monasterio de Santa María de Carracedo, uno de los más antiguos de la provincia de León, que fue construido en el año 1769, para surtir de carne a los monjes del tan grandioso cenobio. Se ubica en la parte trasera del monasterio y tiene planta circular, con un alero de protección y un tejado cónico de pizarra. Parece construido recientemente si no fuera porque en el dintel de la puerta de acceso, figura una leyenda con el año de su construcción. Durante los años 2015 y 2016, el palomar que sufría graves deterioros, como el resto del monasterio, fue restaurado por la Asociación de Amigos de los Palomares, gracias a la donación recibida de un matrimonio holandés, apasionado de estas construcciones.

Los que amamos las palomas tenemos conciencia de la crisis por la que atraviesan estos bellos animales, no solo por la desaparición paulatina de sus refugios rurales, como hemos visto, sino por una corriente de opinión creciente que las hace responsables del deterioro monumental en las ciudades, de la suciedad que provocan, de la expansión de ciertas enfermedades contagiosas, llegando a equipararlas con ratas aladas. Debemos expresar firmemente nuestra admiración por las palomas, por su vuelo asustadizo e inocente sobre nuestras cabezas en las calles y plazas de nuestros pueblos y por su monótono arrullo desde los tejados.

Debemos promover el cuidado y atención a los palomares existentes, así como la construcción de nuevos palomares en las ciudades que eviten los aspectos dañinos de su presencia. Las palomas dormirán en ellos en vez de en los campanarios de los templos, facilitando su alimentación, prohibida a los particulares en las ciudades, y el control de su número. En el paseo de Papalaguinda, con una estética de los años sesenta del pasado siglo existe un palomar urbano que persigue estos beneficios y he visto fotografías de palomares urbanos en León que fueron derribados en aras de la modernidad.

Cuando he viajado a algunas ciudades del Mediterráneo, he observado como en muchos parques y jardines, las palomas han sido expulsadas de un territorio que les pertenecía desde tiempo inmemorial, y sustituidas por cotorras, que constituyen ruidosas colonias de un crecimiento imparable, que han expulsado además a aves autóctonas como gorriones, mirlos y estorninos. Este fenómeno se produce de una manera alarmante no solo en Madrid y Barcelona, sino en otras muchas ciudades, como Málaga, Sevilla, Valencia o Zaragoza.

La Patrulla Verde de la Policía Local suele denunciar a intrépidos ciudadanos que osan facilitar comida a las palomas urbanas, vulnerando lo dispuesto en las ordenanzas municipales. La gestión de palomas y palomares en nuestra tierra debe afrontar de una manera más global, nuestro modelo de convivencia con estas maravillosas aves.

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