La obra y la figura de Virginia Woolf (1882-1941) inspiran este ambicioso ballet en tres partes de Wayne McGregor, estrenado en Covent Garden en 2015 y ganador de premios como el Olivier y el Nacional de la Crítica. Ya un clásico del repertorio de la compañía, ‘Woolf Works’ sigue representándose con asiduidad, y en 2026 vuelve a las tablas pocas semanas antes de que el propio McGregor presente en Londres un nuevo programa triple de su autoría. El sábado 14 de febrero a las 18:00 horas, Cines Van Gogh retransmite una grabación de esta misma semana.
Cada una de las partes de ‘Woolf Works ‘se basa en un libro de la inglesa, autora fundamental del modernismo de principios del siglo XX. Sin embargo, McGregor y su equipo se alejaron de lo literal y trataron de representar más bien el espíritu de su escritura, que hoy día sigue resultando innovadora: las perspectivas múltiples, la narrativa no lineal y abstracta y su reconocible técnica del «flujo de conciencia», con sus largos monólogos interiores. El ballet los potencia cuando distintos personajes se expresan a la vez sobre el escenario.
Como sucede con ‘Jewels’, de Balanchine, las partes de este tríptico son muy diferentes tanto en su escenografía, su estilo visual y hasta su enfoque coreográfico. La primera, ‘I Now, I Then’, adapta ‘La señora Dalloway’ (1925). El argumento relata las historias paralelas de Clarissa, una mujer de la alta sociedad inglesa que prepara una gran fiesta, y de Septimus, veterano de la I Guerra Mundial con estrés postraumático. La acción se desarrolla a lo largo de un día. El ballet no profundiza en su tono de sátira social, pero sí alude a la represión sexual y a la nostalgia por el paso del tiempo. Al comienzo, oímos la voz real de la propia Woolf, en la única grabación que se conserva. Eso da pie a McGregor a entrelazar pasajes de la novela con otros de la biografía de la escritora, que convirtió en tema de ficción su propia enfermedad mental.
La segunda parte, ‘Becomings’, se adentra en territorios abstractos. Un escenario oscuro y minimalista, que con sus láseres y niebla casi recuerda a una ‘rave’, acoge una coreografía visceral, concebida libremente a partir de ‘Orlando’ (1928). Igual que en el libro un personaje fantástico vive cientos de años sin envejecer, y en el camino cambia de sexo, el ballet evoca ese universo vasto y ese espíritu transitorio. La vida como energía que atraviesa distintas formas e identidades fluidas: de ahí que los bailarines se vayan despojando de capas de vestuario.
Por último, el elegiaco ‘Tuesday’ nace de dos fuentes: ‘Las olas’ (1931), el más experimental de sus libros (una reacción de Woolf a su infertilidad), y la vida real de la novelista, su deterioro mental y su suicidio, cuando se adentró en el río Ouse con el abrigo lleno de piedras. El ballet avanza hacia la abstracción, los símbolos y el silencio, con una presencia constante del imaginario submarino, que fascinaba a la autora. Aquí se refleja en el cuerpo de ballet, que imita a las olas.
Como cabía esperar de McGregor -Coreógrafo Residente del Royal Ballet desde 2006, y el primero de formación contemporánea en ese puesto-, ‘Woolf Works’ no es un ballet narrativo. En su lugar, se fija en los ricos mundos interiores de la autora de ‘Un cuarto propio’, su libertad y feminismo, su realismo moderno, su gusto por el ‘collage’. El británico (1970, Stockport), responsable de una veintena de títulos, entre ellos ‘Chroma’, ‘Yugen’ y ‘The Dante Project’, suele explorar el cuerpo humano mediante contorsiones muy dinámicas, piernas estiradas hasta el extremo, ángulos y fragmentación, y amplía el lenguaje clásico al incorporar artes plásticas, vídeo, informática, humo…
Para ‘Woolf Works’, su primer trabajo de larga duración para la compañía londinense, se zambulló al completo en la escritora, también en sus cartas, ensayos y diarios. Buscaba que el público, al verlo, casi la leyera a ella, su sonoridad, su luz, su mezcla de sueño y realidad. En cuanto a la música, se la encargó a Max Richter (1966), con quien había colaborado en el ballet ‘Infra’ y en la ópera de cámara ‘Sum’. El compositor escocés, maestro del minimalismo conocido por su actualización de las ‘Cuatro estaciones’ de Vivaldi y por bandas sonoras de cine (este año aspira al Oscar por ‘Hamnet’), añade a la orquesta tradicional capas de música electrónica y solistas vocales, con un resultado envolvente y fascinante.