Orwell 'in love'

José Ignacio García comenta el libro de Aida Sandoval 'Animales hambrientas'

José Ignacio García
11/02/2023
 Actualizado a 11/02/2023
‘Animales hambrientas’
Aida Sandoval
Editorial Difácil
Novela
142 páginas
16 euros

No sé si le habrá pasado a alguno o a alguna de ustedes: estar en lo mejor del asunto y, cuando se está a punto de llegar al éxtasis, de estallar de placer, deshacerse de dolor porque se le sube la bola inadecuada o se crispa cualquiera de esos músculos inoportunos que hasta entonces uno solo creía que estuvieran en posesión de los futbolistas de élite que salen en la prensa deportiva o en los epílogos de los informativos (creo que el término Telediario pasó a la historia) de cualquier cadena de televisión.

Pues a mí, que soy un destripador de básculas, un desequilibrador de romanas, y que suelo tener la sensación de que produzco más placer después que durante, me pasa con cierta frecuencia. Se me solivianta un cuádriceps o se me tensa un abductor o me da por saco un gemelo. Algo parecido a lo que le sucede a la cuarentona protagonista de ‘Animales hambrientas’ en la primera escena de la novela, cuando se está abandonando a un desarbolado frenesí enroscada entre los tentáculos de un amante al que saca quince años y que es todo fogosa pasión por cada poro de su piel que no hace mucho que dejó atrás el rastro del acné adolescente.

Quizás por eso me haya dejado atrapar enseguida por la exitosa novela –en apenas unos meses ha alcanzado ya la tercera edición– de la escritora asturiana Aida Sandoval. O quizás porque su argumento, el humor ácido y la inteligencia con que plasma la trama, han servido de bebedizo que –como a la legión de devotas y acamisoladas seguidoras que integran su club de fans– me ha hechizado sin dejarme tomar un respiro a lo largo de ciento cuarenta páginas intensas, de esas que no les sobra ni una coma, que no han tenido que encorsetarse en un corpiño para comprimir otras cien o doscientas cuartillas evitables y que solo darían un volumen prescindible a la obra a la que se adherirían como unas lorzas a la cintura de un adicto a los bocatas de nocilla o de butifarra.

En esta novela no sobra nada. Todo está en su sitio. Todo es preciso y ajustado. Y todo está premeditado por una mente mucho más estructurada que la de la protagonista, una mujer en continua búsqueda de la identidad perdida, de su verdadero yo, del lugar que ocupa en un mundo en el que no encaja. Y para eso, Aida Sandoval, rodea a la protagonista de un marido recluido en una residencia por culpa de una enfermedad precoz y devastadora; de una hermana y madre soltera afectada por un ictus; de una sobrina de padre desconocido a la que adora pero cuya convivencia está llena de luces y sombras; de una perra vieja, que responde al nombre de Tula (quizás haciéndonos un guiño unamuniano), y que es «una mil razas de color negro con algún antepasado de labrador y un instinto nato para dar cariño»; y de ese amante que le pone los músculos en tensión y con el que mantiene una relación guadianesca a lo largo de la novela. Un «ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio», que diría la copla.

Y, por si fuera poco, Sandoval añade un desestabilizador ingrediente de misterio, al poner en boca del marido desnortado un nombre femenino que no deja de traer por las avenidas del desasosiego a la protagonista en cada capítulo de una obra que, por otra parte, y dada su temática, las interrelaciones familiares, afectivas y desafectivas de los personajes, y los continuos conflictos que no cesan de surgir, no es para tomársela a broma, por muchas pinceladas de humor –como decía hace un rato– que plasme la autora sobre este delicado lienzo narrativo.

Pero eso no es todo. Hay otros dos aglutinantes fundamentales en la novela, uno endógeno y otro en forma de burbuja que lo recubre todo.

Esos dos nexos son, en primer lugar, la propia conciencia de la protagonista, que ella disfraza de psicoanalista, terapeuta, psicólogo y no sé cuántos términos médicos más, relacionados con el cerebro, las neuronas y los trastornos de personalidad; y con la que ella se confiesa o se interroga constantemente. Y, en segundo plano, y no por eso menos importante, el paralelismo que la novela mantiene con ‘Rebelión en la granja’, la mítica novela de Orwell. Un paralelismo que se manifiesta en los títulos de los capítulos, que reproducen los mandamientos que crearon en su momento Napoleón, Snowball y el resto de los animales que se adueñaron de la granja «orgüeliana», y que convierten en simétricos los comportamientos de aquellos cerdos, burros y vacas con los de estas mujeres y hombres que, en multitud de ocasiones, se dejan llevar más por los instintos y los deseos animales que por los designios de la razón humana.

La novela de Orwell es un mantra, un fanal que marca e ilumina la travesía y, sin embargo, por mucho amor que la autora asturiana manifieste por la obra del genial escritor británico, mantiene en todo momento una identidad propia, una frescura innata y peculiar que pone de manifiesto su habilidad creativa y su buen gusto, tanto a la hora de elegir las palabras que utiliza como a la de decantarse por un buen vino que la pareja principal se meterá entre pecho y espalda antes de entregarse de manera desaforada a una nueva refriega carnal.

Y es que la novela está llena de sentimiento, de sensualidad, de emociones contrapuestas, de brotes de ternura, de accesos de incomprensión, de ramalazos de cólera y de un erotismo vibrante que, por fortuna, en ningún momento resulta rancio, desagradable o barriobajero. Por muy de barrio que sea una protagonista que acarició las mieles de la riqueza y de las urbanizaciones adineradas antes de que las enfermedades sacudieran a su esposo y a su hermana, y tuviera que volver a la querencia de un hogar familiar. Algo que no siempre es fácil de sobrellevar y créanme que –como con el tema de los tirones musculares a la hora de echar un polvo– sé muy bien de lo que hablo.

Emplea un prefacio la autora en el que asegura que «a veces hay que escoger, acabar rota o romper con todo», y el final de la novela se convierte en un grito de esperanza, en una necesidad acuciante de aferrarse a la vida, de quitarse disfraces, de avanzar por caminos de tierra y barro. Y siempre con Orwell y los revolucionarios animales de su granja como paradigma de estos personajes que hacen su propia revolución, cada uno a su manera y con las fuerzas que la salud o el destino les reparte.

‘Animales hambrientas’ es, a la vez, un buen orgasmo literario y un calambre espiritual. Sus páginas dan pie al placer y al dolor. Disfruten del primero, o de ambos, si son ustedes un poco masocas.

José Ignacio García es escritor, crítico literario y coordinador del proyecto cultural ‘Contamos la Navidad’.
Archivado en
Lo más leído