De ocultar su pasión por la danza a ser la estrella del Royal Ballet

Yasmine Naghdi y el galés William Bracewell protagonizan la obra maestra de MacMillan, ‘Manon’, que será retransmitida este sábado en los Cines Van Gogh

Javier Heras
28/10/2026
 Actualizado a 28/10/2026
Un instante de la obra maestra de Kenneth MacMillan. | CINES VAN GOGH
Un instante de la obra maestra de Kenneth MacMillan. | CINES VAN GOGH

Desde 1974, fecha de su exitoso estreno, ninguna temporada del Royal Ballet estaría completa sin ‘Manon’; solo allí se ha representado más de 250 noches. Su coreógrafo, Kenneth MacMillan (1929-1992), fue fundamental para la compañía londinense, al frente de la cual sucedió al maestro Frederick Ashton, y su segundo trabajo de larga duración enamoró al público gracias a un cúmulo de virtudes. Por un lado, su argumento universal, acerca de una joven humilde, en apariencia inocente -pero llena de ambición por la riqueza- que en su camino de degradación arrastra al estudiante Des Grieux. Por otro, sus números brillantes, en especial sus dúos románticos, que narran la historia: por ejemplo, cuando los amantes son felices, ella permite que él la levante por los aires, en señal de confianza. También merecen destacarse los lujosos decorados de su ilustre colaborador Nicholas Georgiadis (1923-2001), que reflejó el París del siglo XVIII.

El sábado 31 de octubre a las 18:00 horas, Cines Van Gogh retransmite desde Londres una grabación de esta misma semana de ‘Manon’. Como protagonistas, la inglesa Yasmine Naghdi (1992), formada en la escuela del Royal Ballet y reconocida como Young British Dancer en 2009, aún como estudiante. En su ascenso al escalafón más alto de las bailarinas, ha encarnado a todas las princesas del repertorio clásico: Giselle, Odile, Aurora, Kitri… Incluso ha colaborado con creadores contemporáneos (Wayne McGregor, Christopher Wheeldon) en la elaboración de sus nuevas obras, y en 2015 logró el premio de la Academia de las Artes.

Junto a ella, el galés William Bracewell (1991), primer bailarín de su país que alcanza el grado de Principal en esta compañía. Hijo de un jardinero, nadie de su familia bailaba, y para evitar las burlas él contaba en el colegio que entrenaba kárate en vez de ballet. Hasta que se matriculó en la Royal Ballet School, donde pronto alzó el galardón a Joven Bailarín Británico (2008), al que seguiría el Nacional de Danza (2015), el Best Male Dancer (2023) y el debut como príncipe de ‘La cenicienta’ o ‘La bella durmiente’. Ya ha bailado a MacMillan en ‘Romeo y Julieta’, donde destacó su naturalidad y precisión técnica.

‘Manon’ se basa en la conocida novela de 1731 del abate Antoine François Prévost. Este romance tumultuoso, censurado en Francia, ya había inspirado dos óperas muy populares, la de Puccini (1893) y la de Massenet (1884), cuya música acompaña las piezas de este ballet. La ambigüedad de su (anti)heroína, a la vez voluble y víctima de su entorno machista, dio mucho juego a MacMillan, que siempre tendía al tono tortuoso y psicológico (ningún ejemplo mejor que su magistral ‘Mayerling’). El papel titular es un sueño para las bailarinas por su dramatismo y exigencia técnica, aunque también uno de los más ambiguos y atípicos que existen. Manon no es una princesa ni una «buena chica», sino una (anti)heroína egoísta y obsesionada con el dinero. Difícil quererla; pero aún más resistirse a ella.

En la carrera del coreógrafo escocés, un tema recorrió todos sus títulos: la muerte. Huérfano de madre desde los 12 y de padre desde los 16, «se rebeló contra la danza como entretenimiento ligero. Fue el primero que expresó lo que no podía verbalizarse, la ansiedad de la generación de posguerra», señala su biógrafa Jann Parry. En ‘Manon’ insiste en una línea realista que aborda en profundidad problemas sociales como ese conflicto entre el amor y el dinero. Sin alejarse de la tradición (neo)clásica pero aportando más instinto teatral y emociones a flor de piel, compone una coreografía rítmica, terrenal, compleja. Y nos conquista gracias a unos personajes verídicos, que parecen latir gracias a los detalles que los caracterizan, como ese caminar sobre las puntas (en pointe) de la propia Manon, reminiscencia de su timidez.

En cuanto a la partitura, la articuló el compositor contemporáneo Leighton Lucas, que se encargó de recopilar distintos extractos del romántico francés Massenet. Entre ellos no hay ni una nota de su ópera homónima, sino de otras como ‘El Cid’, ‘Cendrillon’ o ‘Don Quichotte’, así como de oratorios o suites para orquesta (‘La Navarraise’). Lucas consiguió darle cohesión a ese collage de «grandes éxitos», en gran parte gracias al uso de los leitmotive, como el de la protagonista (la canción ‘Crepuscule’) o el del amor (el tema ‘Élégie’).

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